viernes, 6 de julio de 2018

Al Maestro con cariño

Esto es fútbol, un juego maravillosamente impredecible. Ilógico. Pero es probable que hayamos visto el último partido de Oscar Washington Tabarez en una Copa del Mundo. El Maestro tiene 71 años. Su salud está cada vez más delicada y no sería raro que cerrara pronto una historia grande, que el tiempo sabrá colocar en su justa medida, una donde el nombre del técnico de la Celeste seguro estará en un sitio preferencial. A Tabarez le dicen el Maestro porque fue profesor primario en Cerro, Paso de la Arena y La Teja, pequeñas localidades. Al tiempo comenzó a jugar y pronto a dirigir. Es probable que por su labor de docente, Tabarez sea un técnico distinto. En los tiempos que corren algunas frases del DT parecen sacadas de un cofre legendario. Dice que le interesa formar mejores personas que futbolistas. En la medida que se respetan valores universales eso repercute en todas nuestras acciones, dice el Maestro. En las concentraciones de la selección uruguaya los teléfonos móviles se apagan a la hora de las comidas. Tabarez quiere que los jugadores conversen. Que se conozcan. Al Maestro le hacen caso todos, desde los botijas más jóvenes hasta las estrellas mundiales. Cavani, Suárez, Godín, Cáceres, conocen al técnico desde antes de tener 20 años. Mucho antes que las luces, la fama y los millones de dólares. Cuando Tabarez habla, aunque se ayude con un bastón y su presencia no sea la misma, los jugadores lo escuchan. Como un alumno a su Maestro. En la Copa América del 2011 jugada en Argentina, Tabarez permitió que las familias de los jugadores asistieran en las tardes al hotel de concentración. Eran visitas voluntarias, pues algunos futbolistas le dijeron que en su caso preferían estar solos y concentrados. Pero otros no. No era raro ver a Suárez paseando alrededor del hotel con sus hijos, Lugano jugando con los suyos. Uruguay ganó esa Copa América. Tabarez fue el impulsor de la Casa Celeste, en las afueras de Montevideo, donde entrenan todas las categorías de las selecciones uruguayas. Un chico de 17 años comparte, por ejemplo, con Cavani. Todo bajo la mirada estructural del Maestro. El camino es la recompensa dijo en una conferencia de prensa antes de jugar una final que ganaron. Lo de Tabarez en Uruguay no son sólo buenos resultados puntuales. Es comprender que un trabajo bien hecho deja herencias importantes, en la cancha y fuera de ella. No es perfecto Tabarez. Es cascarrabias. Inolvidable verlo peleando en plena cancha del Monumental cuando dirigía a Boca Juniors contra Colo Colo. Sus declaraciones a veces son destempladas. Pero en sus pifias es donde radica, precisamente, su enorme legado. Francia ganó el partido con justicia. Fue más equipo que Uruguay en todas las líneas. La ausencia de Cavani fue demasiado importante. El segundo gol, regalado por Muslera, cerró el partido. Antoine Griezmann, el autor, quien ha confesado su admiración por los uruguayos, no festejo el gol. La clase no se compra en la farmacia, pero puede contagiarse con actitudes. Oscar Washington Tabarez es un entrenador diferente. Porque es un maestro y enseñar es, por lejos, el más importante y noble de los oficios.

sábado, 30 de junio de 2018

Argentina y la dictadura del éxito

Si Argentina le gana a Nigeria puede pasar a los octavos de final de la Copa del Mundo. En otras condiciones sería un objetivo mínimo y provocaría alabanzas. O al menos una dosis de alivio después de una fase inicial llena de interrogantes. Pero el momento de la albiceleste es tan magro que ni siquiera la clasificación salva al equipo de Jorge Luis Sampaoli. Por años Argentina fue el faro a seguir. Entre 1974 y 1990 tuvo dos entrenadores. César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo. Los dos fueron campeones del mundo. Luego vino Alfio Basile y ganaron dos Copa América. La última data de 1993 y es el último título trasandino a nivel de equipos adultos. En selecciones menores, con Pekerman, Tocalli y Ferraro fueron monarcas de la categoría sub 20. El traspaso a la selección absoluta dio para formar buenos equipos, ser protagonistas y mostrar un estilo. Pero no ganaron. Argentina llegó a tres finales consecutivas. Dos Copa América y el Mundial de Brasil 2014. Pero perdió las tres y a alguien se le ocurrió que eso era un fracaso. La dictadura del éxito fue mal interpretada por quienes tomaban las decisiones. Consideraron que la historia la cuentan solo los ganadores. Craso error. Dilapidaron lo avanzado, sobre todo en la época de Sabella y Martino. Y vino la locura. Por las eliminatorias pasaron tres entrenadores. No hubo una adaptación a las nuevas condiciones. Se consideró que contar con Lionel Messi era suficiente para ganar con el peso de su nombre y de su notable historia. Entraron al Mundial en la última fecha y en la Copa, hasta ahora, sólo han reforzado lo que se ve hace un buen rato. Un desempeño con bajo índice colectivo y construido bajo el alero y soporte del zurdo del Barcelona. Lo de Sampaoli es un estado de confusión absoluto. Su devoción por Messi le ha jugado en contra el propio jugador. Frases como "no le armé el equipo adecuado a Leo", generan alarma y nos confunden respecto al técnico que conocimos en Chile. En la forma de juego y en su modo de actuar, esta versión deslavada de Sampaoli no se parece en nada al que vimos. A un entrenador lo conocemos por su obra. Ohiggins, Universidad de Chile y la Selección siguen siendo el mejor registro del casildense. Argentina no es candidato a ganar el Mundial. Nunca le fue, bajo el prisma del análsis del juego. Si podíamos incluirlo por su historia, por su carácter y por Messi. Pero hoy ni con eso alcanza. Le puede ganar a Nigeria, por supuesto. Y clasificar a la siguiente fase. En las rondas de eliminación directa podría seguir avanzando, por qué no. Tapar bocas dirían algunos. Eso sería, otra vez, un craso error, esos que surgen cuando lo único que importa es ganar, da lo mismo la forma, el cómo, el método. La dictadura del éxito y los ganadores.

viernes, 29 de junio de 2018

Freno de Mano

Se acabó la primera fase del Mundial. Algunos dicen que el torneo de verdad arranca recién en octavos. Discrepo. La fase de grupos es esencial para probar equipos, corregir errores y llegar mejor posicionados a las fases de eliminación directa. Sin el proceso inicial, con todo lo calculador que tienen estos pleitos, veríamos juegos aún más especulativos en las llaves venideras. Con algunas excepciones, ha sido un campeonato de partidos parejos, cerrados. Los grandes ya no parecen gigantes inabordables. En base a la corrección táctica, al juego prolijo y a una preparación física adecuada, los equipos de menor calidad le pelean los duelos a los que ganan siempre. Es cierto, en general siguen pasando los mismos, pero los partidos ya no son pan comido para nadie. Los favoritos son difusos y el peso de la camiseta ya no es suficiente para ganar. Lo de Alemania fue un golpe inesperado. Un fracaso deportivo que tiene varias razones. Todos daban a los germanos como candidatos, menos ellos mismos. El técnico Joachim Low había hecho su diagnóstico hace meses. En noviembre del 2017 señaló que volver a levantar la Copa era una tarea casi imposible. En marzo del 2018 no sólo reforzó esta idea, sino que insinuó que el proceso de recambio que encabezaba no tenía intérpretes tan destacados como en antaño y que difícilmente escalarían muy arriba. Sin embargo el fracaso del campeón del mundo es puntual. El método de trabajo, la planificación, el sistema de recambio, la fuerza de su liga local, ha sido un plan exitoso por más de cinco décadas. Esa es la ventaja cuando el proceso es el que manda. Las caídas son dolorosas, pero puntuales. Pareciera que los buenos equipos aún no se sueltan del todo. El temor a no perder es más fuerte que mostrar el potencial. Brasil es un equipo sólido, pero se enredó contra Suiza, a Costa Rica le ganó en los descuentos y a Serbia lo midió. México le hizo un partidazo a Alemania, pero terminó siendo una caricatura de sí mismo contra los suecos. Los escandinavos hacen todo bien, pero no deslumbran en ningún aspecto. Bélgica muestra buenos antecedentes, posee una plantilla estelar, pero le tocó una zona demasiado sencilla, lo mismo que Inglaterra. Francia tiene un plantel para volar, pero es cauteloso en todo momento. Croacia presenta buenas credenciales, posee futbolistas desequilibrantes, pero no le sobra demasiado. España ganó su grupo, pero no jugó bien ninguno de los tres pleitos. Portugal no es mucho más que un notable Cristiano Ronaldo. Uruguay posee una defensa sólida que cuando sube marca diferencias. Tiene dos delanteros capaces de desnivelar más allá del juego colectivo, pero su grupo tampoco era demasiado complejo. Colombia ganó su zona, aunque quince minutos antes del final estaba quedando fuera de todo. Argentina es un enigma mayúsculo. En 1990 y en el 2014 llegaron a la final sin jugar bien. El 86 levantaron la corona y fueron creciendo a medida que pasaban etapas. Uno de sus mejores planteles, el del 2002, se quedó afuera en la primera ronda. Este equipo jugó tres partidos. Mal contra Islandia, pésimo contra Croacia, buen primer tiempo contra Nigeria, discreta segunda parte. Pero tiene al mejor del mundo en cancha y cuando se enciende, cuesta bajarlo. Freno de mano. Potencialmente hay equipos que podrían barrer con sus rivales, pero han sido egoístas en su exhibición. Eso, o no son tan buenos como algunos creemos. Veamos. Se supone que ahora arranca el mundial de verdad. Al menos eso dicen.

lunes, 25 de junio de 2018

Héroes (prólogo)

La vida de mi amigo Francisco Javier Millar era una mierda. Sé que suena duro. Cruel. Honestamente brutal. Pero es la pura y santa verdad. Lo conocí el primer día de clases del Quinto Año Básico en la Escuela E-15 de Curicó. “La ratonera”, le decían en las escuelas cercanas. La llamaban así porque era un colegio muy pequeño. Contaba con ocho salas de clases, formando un cuadrado perfecto. En el medio estaba la cancha que nos servía para jugar fútbol, básquetbol, hándbol, al pillarse, al sol, al luche o a las bolitas. Un verdadero patio multiuso. La cancha era nuestro sitio de inevitable encuentro. No había forma de pasar desapercibido en la escuela. Los tímidos no teníamos forma de escapar. Tenía 11 años cuando conocí a Millar. Él tenía 16. Había repetido de curso cinco veces. No había manera que pasara. Los profesores decidieron tomar medidas extremas. A partir de ese año lo calificarían con nota 4.0 en todas las pruebas o trabajos que rindiera. Ni siquiera los revisaban. Querían deshacerse pronto de él y no podían expulsarlo. El único modo era que egresara y elaboraron esta estrategia. Su mamá había rogado clemencia. En ninguna otra institución lo aceptarían con sus antecedentes académicos. Mi amigo Millar no tenía un retardo mental. Simplemente el colegio no se le daba. No podía estudiar. Su cabeza no alojaba ningún conocimiento. Todo le costaba. Y a esa altura se había rendido. Ya no luchaba con su condición. Aceptó sin miramientos el acuerdo de los profesores. Con el 7.0 que se sacaba siempre en educación física le alcanzaría para pasar de curso y egresar de la Educación Básica a los 19 años. Y así fue. Millar no tenía amigos. Nadie se juntaba con él. No era particularmente simpático. Le costaba mantener una conversación muy extensa. Pero nosotros lo aceptamos. Formábamos un grupo de amigos con un solo denominador común. La pelota. El amor infinito e indescifrable por el balón. Hacerlo rodar todos los días, a toda hora, sin importar horario, condiciones climáticas, afecciones. La única fidelidad que manteníamos era con el balón, con esas pichangas del recreo que después trasladábamos a la primera cancha que encontrábamos disponible. De pasto, tierra, cemento, baldosa, maicillo, arena. Cualquier superficie servía con tal de armar un partido en el que se nos iba la vida. Millar llegó un día a mirar mientras jugábamos, sin que nadie lo invitara. Se mantuvo atento junto a la línea esperando que alguno de nosotros dijera las palabras mágicas que todo amante del fútbol desea escuchar. -Oye, ¿Quieres jugar? Cuando se lo dije, ingresó feliz. Nunca fue un gran jugador. No era un dechado en virtudes. Discreto control de balón. Técnica irregular. Escasa visión panorámica. Débil en la marca. Pero tenía dos características que escaseaban en nuestro plantel: era zurdo neto y extremadamente rápido. Su velocidad era insuperable para cualquiera de nosotros. Cuando comenzaba a correr, a extrema ligereza, no había forma de frenarlo. El problema es que él tampoco sabía detenerse. Muchas veces partía disparado, raudo, hasta que la línea de sentencia le indicaba que la cancha le había quedado estrecha. Nuestro equipo presentaba jugadores con rasgos variopintos. El Pepe, mi hermano, destacaba por su infalible juego aéreo. Rolando era un goleador de sangre fría. Amo y señor de la segunda pelota. Maldonado salía jugando desde el fondo. Pisaba la pelota con piruetas tan acrobáticas como poco efectivas. El Negro González era voluntarioso, muy rápido, ágil, potente. Su único problema es que el fútbol se jugaba con una pelota y él no sabía cómo tratarla. Le pegaba con fuerza cuando había que acariciarla. El Chito Navarro jugaba bien. Era grandote, zurdo, de buena pegada y pase preciso. Pese a su estatura, esquivaba los cabezazos. Jean Paul era el otro espigado del plantel. También era rápido, pero a veces sobregirado. Con él construimos el gol más bello que aún se recuerda en la cancha de la población Portales. Yo gozaba el fútbol dando pases. Mi placer estaba en ceder una asistencia para que un compañero mejor ubicado convirtiera. En ese gol controlé la pelota que venía muy alta. La anestesié, dejándola dormida junto a mi empeine derecho. Esquivé el Negro González que salió feroz a mi encuentro. La velocidad no estaba entre mis atributos. La habilidad, menos. La técnica atenuaba mis carencias. Eso me permitió asegurar una camiseta en el equipo titular. De reojo vi a Jean Paul corriendo por el costado derecho, marcando la opción de pase. Antes que llegara otro marcador a presionarme, lancé la bola, con una cucharita, directo a mi compañero, quien la tomó de volea y rompió el arco con un derechazo. Hasta los rivales nos aplaudieron. Incluimos a Millar como lateral izquierdo. Cumplía su rol a cabalidad. Siempre jugaba con la misma ropa. Jamás lo vi con un atuendo distinto, aparte del uniforme escolar. Un pantalón grueso de cotelé, color café. Camisa de franela y un felpudo chaleco verde. Invierno o verano. Mañana o tarde, Millar siempre se vistió igual. Eso provocaba que su cuerpo expeliera un olor fétido, nauseabundo, que se impregnaba apenas te acercabas. Nos reíamos de su pestilencia con cierto disimulo. Después no camuflábamos, lo hacíamos con descaro. Millar respondía sólo con una mueca y seguía jugando. Una vez enfrentamos a un equipo de la población Santa Fe. Mi papá, profesor de Estado pero también árbitro de vocación, consiguió que jugáramos en la cancha central del estadio ANFA, en las afueras de Curicó. Él sería el encargado de administrar justicia. Tuvimos que conseguir un par de refuerzos para completar los once. Pese a que nadie me nominó como tal, asumí el rol de capitán del equipo y entrenador de la escuadra. Armar la formación titular era simple. Llegamos justo once. Era cosa de ordenarlos un poco en la cancha. Convertí el primero. Tomé un rebote a la salida del área y le pegué de izquierda, mi pierna menos hábil. El remate ajustado se coló en la esquina del pórtico sur. Pronto nos empataron. Después se pusieron 2-1 arriba. En el arranque del segundo tiempo nos marcaron el tercero. Mi papá siempre fue un árbitro justo. Pero, antes que todo, era un buen padre. Empezó a cobrar faltas inexistentes a favor nuestro. Amonestó a la mitad del equipo contrario. Le decía a nuestros defensores cuando avanzar las líneas y dejar a los adversarios en posición adelantada. En una confusa maniobra Rolando marcó el 3-2. Cuando el partido estaba por terminar, Millar tomó la pelota en campo propio. Avanzó sin que nadie lo marcara. Adquirió velocidad. Cuando la retaguardia intentó detenerlo, ya era demasiado tarde. Mi amigo Francisco Javier Millar, el zurdo, el hediondo, el del suéter verde, iba lanzado. Entró al área y antes que reaccionara el arquero, definió con un toque sutil, borde externo, pegado al palo derecho. Lo gritamos con todo. Olvidamos el hedor que brotaba de su cuerpo y nos lanzamos sobre él formando una pirámide humana con Millar en la base. Apenas terminamos el festejo y quizás temiendo que el empate se nos escapara, mi papá pitó el final del pleito. Maldonado fue a felicitar a Millar efusivamente. -Grande Millar. Que golazo te mandaste-, le dijo mientras palmoteaba su grasienta espalda. -Como los delanteros no servían, tuve que irme arriba y arreglar esto. No podíamos perder-, contestó con una sonrisa limpia y natural. Juro que ese día vi feliz a mi amigo Francisco Javier Millar. Como nunca antes. Como nunca después. Su vida se fue al barranco cuando terminó el colegio. Nuestra escuela sólo impartía educación básica. Terminado el octavo grado debíamos buscar otro establecimiento. Muchas alternativas no existían en ese tiempo. O te ibas a una institución privada, que mis padres no podían pagar o te ibas al Liceo. Nos fuimos todos. La mayoría al Liceo, como yo. Nuestra historia terminó bien. Soy periodista. Mi hermano es fotógrafo. Rolando es abogado. El Negro González un reconocido agrónomo de la zona. El Chito Navarro es Ingeniero. Jean Paul trabaja en educación. Maldonado es profesor, novelista y poeta. Al mismo tiempo que se nos abría el mundo, a mi amigo Francisco Javier Millar se le cerró la única ventana de felicidad que tuvo alguna vez. Su padre tenía una reparadora de calzado, pero nunca se hizo realmente cargo de su hijo. Jamás lo vi. Millar vivía con su madre y hermana, ambas con severos problemas siquiátricos. Cuando terminó la escuela comenzó a buscar trabajo, en cualquier cosa. Las ofició en una barraca. Duró poco. Postuló al servicio militar. Fue rechazado. Intentó laburar como auxiliar en un colegio. Fue despedido. Trató, pero las negativas fueron minando su optimismo. Nos fuimos a estudiar en diferentes ciudades. Santiago, Talca, Chillán, Valparaíso, Temuco. Las pichangas desaparecieron. Millar se quedó sólo, sin nadie con quien jugar. Quizás por esa soledad o por su atormentado destino, se enredó pronto en las adicciones. Las drogas y sobre todo el alcohol, pasaron a dominarlo. De vez en cuando iba a mi casa, sabiendo que yo no estaba, a pedirle dinero a mi mamá. Para que no sintiera que era un regalo, ella le encomendaba algunas tareas de jardinería que siempre hizo mal, pero que le sirvieron para recibir algunas monedas que pronto cambiaba por licor barato. La última vez que vi a mi amigo Francisco Javier Millar yo tenía 26. Cuando se acercó no lo reconocí. Vestía harapos y lucía una barba larga. Su aspecto asustó a mi hijo mayor, de seis años. Cuando le conté que ese señor era un antiguo compañero de colegio, no me creyó. Millar me saludó feliz, sonriendo, insistente. Vivía en la más absoluta miseria, de la caridad. Pedía limosna junto al terminal de buses, frente a la estación de trenes. Bajo ese rostro sucio aún estaba nuestro lateral izquierdo. Con memoria infalible me preguntó por los muchachos. Se acordaba de todos, sin distinción. Conocía sus destinos. En algunos casos estaba más enterado que yo. No pude disimular mi rostro desencajado al ver a mi amigo convertido en un pordiosero. No pudo escapar a un guion que parecía escrito de antemano. Me sentí culpable y se lo dije. -Millar. Perdona si alguna vez se nos pasó la mano con las burlas. En serio. Me miró sereno. Agregó un par de segundos de silencio. -No te preocupes Arcos. Nunca fui tan feliz como en ese tiempo. Ustedes fueron mis únicos amigos. Nos despedimos, sin abrazos, con premura. Me subí al auto de mi padre. Antes de partir sentí que Millar golpeaba mi ventaba. Bajé el vidrio. -Oye. Nos podríamos jugar una pichanguita un día de estos-, me dijo. -Seguro-, contesté. Pocos meses después me enteré que había muerto en plena vía pública como un indigente. No supe si fue un infarto, un severo daño hepático, el crudo frío del invierno o simplemente falleció de pena. Ni siquiera sé dónde está enterrado. Ninguno de nosotros asistió a su funeral porque nos enteramos de su partida semanas más tarde. Millar fue nuestro héroe en ese empate 3-3. Lo que para muchos es apenas una anécdota, un partido entre miles, para él fue la única hazaña de su vida. Recordaba ese zurdazo goleador en cada conversación que teníamos. Este libro reúne historias de héroes. Pero no esos que todo el mundo conoce y admira, sino otros. Los que convivieron con la fama por algunas horas, unos pocos días, unas cuantas semanas y siguieron su camino. Los protagonistas de este libro transitaron con fuerza, pero sin las luces ni la fama. La gloria, para ellos, fue como un destello, un pestañeo, una luz que vacila. Historias de hombres a cara limpia y descubierta, que no bajan la vista. Reconocen errores y penurias. Dueños de una capacidad única para jamás rendirse y darle una vuelta al destino. Encontrarán personajes que no culpan al resto de sus errores. Estos son héroes cuya historia merece ser contada. Para que no queden deudas pendientes como la que mantengo con mi amigo Francisco Javier Millar. Nunca jugamos esa pichanga que me pidió, desaliñado, andrajoso, soñando con ser feliz otra vez. Este libro es para ti amigo mío, dónde quiera que estés.

martes, 13 de marzo de 2018

El Troll

El troll se siente importante. Le escribió al futbolista directamente. Le dice a sus amigos que es valiente, porque dice las cosas a la cara. Pero no las dice, las escribe. Y no es a la cara, es a través de letras. Y no usa su nombre, se esconde en un seudónimo falaz. El troll le escribe al tipo que sale en televisión. Lo insulta. Lo reprueba. Se burla de su apariencia. Lo denuesta. Desconfía de su seriedad profesional. Se rie de eso. Se lo comenta a sus otros amigos troll. Crean un grupo. Un sitio en internet. El troll no usa su nombre, obvio. El chiste se perdería si fuera frontal. La gracia es esconderse. Ocultarse. Si el futbolista o el periodista le contesta, el troll se enoja. Argumenta que no aceptan la crítica, aunque lo único que ha hecho es insultar. Si el futbolista decide seguir el hilo hasta descubrirlo, acusarlo legalmente, el troll dice que exageran. Se esfuma su valentía. Cierra sus cuentas. Le advierte a sus amigos troll que el asunto está escalando. Y los otros troll cierran la cuenta, por un tiempo. Después regresan, con otro nombre. También existe el periodista troll, que crea un personaje, usa un nombre ficticio y dispara contra sus colegas. Y los acusa de todo. A uno le dice que recoge menores de edad en las plazas públicas. A otro le dice que sus alumnos escriben sus libros. A otro le dice que su mujer lo engaña con un vecino. El troll se ríe y sus amigos también. Pero cuando le sacan el velo, cuando descubren su cara, el periodista troll llora desconsoladamente. Miente. Dice que no es culpable. Amenaza con acciones legales. Pide compensación a su honra. Se da cuenta que la vida no es tan agradable cuando lo trollean. Vuelve a su madriguera. A su mediocridad infinita. Lo que el troll no sabe es que nunca dejará de ser un troll. Peor que eso. Un troll del montón.

lunes, 12 de marzo de 2018

Ser del Curi

Si eres del Curi te gusta ganar, pero si pierdes no paras de alentar. Lo haces con más fuerza. Si eres del Curi respetas a quienes visten la camiseta albirroja y los defiendes como si fueran parte de tu familia. Si eres del Curi recuerdas con devoción a tus ídolos. A Lucho Martínez, al Chuleta, a Cáceres, al Lechuga, al Chala, a Churín, al Enano, al Beto y a todos los demás. Si eres del Curi le sigues la pista a los ex albirrojos y te alegras cuando les va bien, jueguen donde jueguen. Si eres del Curi sabes que hay dos partidos que no se pueden perder nunca. Contra Rangers y Ñublense. Si eres del Curi celebraste cuando le ganamos a la U en La Granja, cuando eliminamos a Colo Colo de una Copa Chile, cuando Iquiqque le ganó a Trasandino, cuando le ganamos a Puerto Montt y subimos a Primera. Si eres del Curi lloraste cuando nos fuimos a Tercera y no olvidas la derrota contra Ñublense cuando éramos por lejos, pero por lejos, el mejor equipo del torneo. Si eres del Curi resguardas la imagen del Quito Gutiérrez, del Keno Horta, de Roque Mercury, de Guillermo Páez, de Eduardo Cortázar, de Luis Marcoleta. Si eres del Curi no necesito decirte lo que se siente cuando el albirrojo entra a la cancha. Y si no lo eres, no saco nada con explicártelo. Nunca lo sabrás. Si eres del Curi nunca dejarás de serlo. Ni siquiera cuando dejes de respirar.

Soy Liceano

Egresé del Liceo Luis Cruz Martínez de Curicó hace un par de décadas. Eran otros tiempos. Cuando le digo a mis hijos, a mis amigos, a mis colegas de profesión, que estudié en un colegio con educación pública y de calidad me miran con recelo. No me creen. Me interrogan como si me hubiese criado en otro planeta. Cuando les cuento que en ese tiempo no había jornada escolar completa y que nosotros mismos, los alumnos, coordinábamos para usar nuestra sala de clases en las tardes, donde el mejor de todos nosotros, el Pancho Molina, nos daba verdaderas lecciones de Química, Física o Biología, creen que es una historia inventada. Cuando les recuerdo que la mayor parte de mi curso ingresó a la Universidad a estudiar lo que sus sueños motivaban, me dicen que fui un privilegiado. Y es verdad. Fui un elegido. Tuve mucha suerte de pasar algunos de los mejores años de mi vida en el Liceo que algunos quieren cerrar. Hasta hoy me defino como curicano y liceano, una característica que nos marca. En la esquina de Estado con Membrillar yo aprendí no solo de conocimientos enciclopédicos, sino que aprendí de lealtad, honestidad, esfuerzo, integridad. Valores que me acompañan en cada segundo, más allá de los errores cometidos. Yo no fui un hombre mal criado. Fui un mal aprendido en muchos aspectos de mi vida. Porque siempre me enseñaron el camino correcto y no siempre lo elegí. Cuando salí del Liceo entré a estudiar a la Universidad de Chile, el alma de la República. No sólo no sentí ninguna diferencia en mi aprendizaje. Logré lo que jamás pude en mi paso por el colegio. Fui el mejor alumno de mi promoción. ¿Mérito mío? Nada. Me dieron las herramientas y yo las tomé porque entendí, dentro del aula y también afuera, que estaba esculpiendo mi futuro. En el Liceo aprendí que el hombre exitoso no es el que acumula bienes o tiene un buen pasar económico. El realmente exitoso es aquel capaz de conseguir sus sueños. Yo lo he hecho. Gracias a lo que aprendí en ese lugar que algunos quieren cerrar. Tuve profesores que marcaron mi vida. Los mejores maestros que conocí no fueron en los estudios superiores. Fueron allí. Patricia Calixto creyó en cada uno de nosotros, sus más de treinta alumnos. Se preocupó de nuestro nivel académico, pero estaba mucho más pendiente de nuestras almas. Hasta hoy, de vez en cuando, nos manda un beso y un abrazo fraterno. Poca gente se la jugó por mí como ella, cuando yo era apenas un tímido alumno con deseos de escribirle al mundo que Curicó es la ciudad más hermosa de la tierra. No era nadie cuando ella me empujó a creer. Y eso jamás lo puedo olvidar. María Ester Rojas me contagió el amor por los libros. La esencial, muchas veces, es invisible a los ojos. Eso lo aprendí en uno de los cincuenta libros que me hizo leer. Ella me enseñó a leer. Ella me enseñó a escribir. El Pato Arévalo convirtió las matemáticas en diversión. El Mono Salazar nos trataba por el nombre, jamás por el apellido. Aída Detzel hablaba de historia sin jamás tener un libro para recordar detalles. Isabel Inostroza me enseñó que la única forma de crear una nueva historia es entender y respetar la antigua. Pilar Apraiz era tan amable y gentil que soportaba sus clases de biología pese a que no entendía nada. El cascarrabias de Benito Muñoz era dueño de una inteligencia sobrenatural. El profe Figueroa me puso un siete porque me sabía la formación de Huachipato 74, el equipo del que era fanático hincha. Tantos y tantos. Pero lo más importante del aula eran mis amigos, los mismos a quienes saludo con un abrazo veinte años después. Rolando Calderón, mi hermano. No tengo otra forma de definirlo. Un hermano. Gabriel González, a quien también quiero como un hermano. Mi equipo de fútbol. Moreno, Navarro, Jean Paul, Osorio, Villagra. Mi colega Pablo Véliz, compañero de todas las peleas. El Camilo quien me prestó el teléfono de su casa para saber cómo me había ido en la Prueba de Aptitud. Fue Camilo el primero en abrazarme por los resultados. Los primos Quitral. El Chico Gómez. Sergio Núñez, vecino de mi abuela. Pinar, Sánchez, Aránguiz, Anselmo, Yoao, Cachete, Cristian Olave que se iba a mi casa a almorzar cuando el genial Pancho Molina nos enseñaba con paciencia supina. Alcaíno, su amigo total. Michael Miño y su música satánica. El Flaco Farías de Romeral. Y Malicho, nuestro adorado Malicho, que nos dejó llorando una pena que durará para siempre, pero que cuando lo recordamos solo podemos sonreír, con el alma plena, limpia, como era la suya. Malicho, en primero medio, fue el primero en decirme que me dedicara a lo que trabajo hoy. No hay día que no me acuerde de esa charla, en las salas del fondo, las ratoneras, donde los dos llegamos sin conocer nada, sin conocer a nadie. Estamos en un país que ha despreciado la educación pública. Convirtió la enseñanza en una mercancía donde solo los elegidos pueden tener acceso a los mejores niveles. Lo mismo se replica en la salud, en las carreteras, en la vida y en la muerte. Soy hijo de la educación pública. Lo digo con orgullo. Hace unos años mi hijo peleó con un compañero de curso. Al principio no quería decirme por qué. Hasta que confesó. El otro joven le dijo, a modo de insulto, “te crees alumno de colegio público”. Matías, mi hijo mayor, conocedor de mi origen y mi historia, lo mandó donde se merecía. A la cresta. Y si no lo separan, le pega un combo. “Mi papá estudió en colegio público y es más decente que tú”, fue su respuesta. No puedo sino emocionarme por su amor y su respeto. ¿En serio quieren cerrar el Liceo? Pueden ponerle candado si quieren. Derrumbar los ladrillos. Sacar el cuadro de la Batalla de La Concepción de la entrada. El busto de Luis Cruz Martínez. Pueden derrumbar los cimientos materiales, pero si no lo hacen solo retrataran de lo que están hechos: unos siervos del poder, del dinero, incapaces de mantener un lugar que es mucho más que un colegio. Pueden cerrar por fuera, pero jamás borrarán nuestros recuerdos, el descubrimiento de nosotros mismos. Jamás se llevarán a mis mejores amigos. A las mejores personas que conocí. Jamás podrán revertir la historia de esos profesores que eligieron enseñar a quienes teníamos los bolsillos secos pero muchos sueños por cumplir. ¿Quieren cerrar el Liceo? Lamento decirles que el Liceo A3 Luis Cruz Martínez de Curicó jamás morirá. Para eso estamos. Para impedirlo.

Goles Sagrados

Cuál es el gol que más gritaste en tu vida? Gritar un gol debe ser el acto más sincero que podemos realizar. Nadie te enseña a gritar un gol. Simplemente sale, fluye desde lo más profundo de ese sentimiento irracional que es el amor por la pelota y los colores de una camiseta. Pocas cosas festejamos más que un gol. Ninguna, en realidad. Ni un 7 en el colegio, ni la graduación, ni los sacramentos de la Iglesia. Nada. Volvemos a ser niños, espontáneos. Un grito de gol no se puede fingir, es imposible de simular o de recrear. No se actúa. Nuestros rostros se desencajan y no nos importa. Las extremidades pasan a ser la extensión de nuestras venas inflamadas. A menudo lo acompañamos con un garabato, no sé por qué. Nada se compara con gritar un gol. El periodista Patricio Abarca reúne algunos de los goles más importantes en la historia del fútbol chileno en su libro Goles Sagrados. Hay goles que se gritan porque resaltan una victoria histórica. Otros por su manifiesta belleza. Otros porque destacan un momento en nuestra propia biografía. Fijando como subjetivo límite el año 2000, Abarca repasa el gol de tiro libre de Leonel Sánchez a la URSS por los cuartos de final del Mundial del 62. Un golazo que fue convertido por el zurdo y también por Julio Martínez y su inmortal concepto, justicia divina. Eladio Rojas y el gol, algo reboteado, con que la Roja de Fernando Riera se subió al podio en ese mismo torneo. El de Carlos Caszely a Emelec, donde eludió a cuanto rival se le cruzó en la ruta, le hizo un túnel al arquero y entró a la portería, con balón y todo. El estadio coreó “se pasó, se pasó”. Está el gol iluminado de Elías Figueroa. El cielo se abrió un día nublado en Porto Alegre para alumbrar al mejor jugador chileno de la historia, quien con un certero cabezazo le daba el primer título brasileño al Inter. La chilena de Sandrino Castec, ante Argentina campeón del mundo batiendo a Ubaldo Matildo Fillol, el mejor portero del planeta. Patricio Yáñez a Paraguay en Asunción, los goles del Trapo Olivera por Cobreloa ante Nacional y Peñarol. Los dos de Juan Carlos Letelier a Brasil en el inolvidable 4-0 sobre Brasil en Córdoba por la Copa América de 1987. El Mortero Aravena y su imposible gol de tiro libre a Uruguay. Marcelo Barticciotto a Boca Juniors y Luis Pérez a Olimpia, en el trayecto del Colo Colo campeón de la Libertadores 91. Iván Zamorano y el título del Real Madrid. Marcelo Salas y su infinito gol a Inglaterra en Wembley. Reinaldo Navia, cuando Chile derrotó a un estelar equipo argentino en Londrina y los dejó fuera de los Juegos Olímpicos. Este tipo de recuentos nos invita a recordar, por ejemplo, goles muy gritados después del 2000. Fabián Orellana a Argentina, Mark González a Suiza en el Mundial de Sudáfrica, Charles Aránguiz eliminando a España, campeón del mundo, en Brasil 2014. El Huaso Isla a Uruguay en la Copa América del 2015, los penales de Alexis Sánchez y el 'Gato' Silva para gritar campeón del continente, Eduardo Vargas a Liga de Quito en la final de la sudamericana. El mío fue el 27 de octubre del 2008. Centro de Juan José Albornoz, cabezazo con pique a tierra de Rodrigo Riquelme. Curicó subía por primera vez a la división de honor del fútbol chileno. Mi abuelo, dirigente ad honorem del albirrojo por 35 años, había muerto pocos meses antes, sin cumplir el sueño de su vida: ver al Curi en Primera. Lo grité hasta desgarrar el alma, hasta que se escuchara en el Cielo. Nunca gritaré un gol más que ese. Ese es el mío. Y para ti ¿cuál fue el gol que más gritaste en tu vida?

Chamaco

Cada vez que Esteban Paredes anota un gol, revisamos las estadísticas para ver cuántos goles le faltan para alcanzar el récord de Francisco Chamaco Valdés. Hablamos mucho del actual goleador de Colo Colo, por razones obvias, pero nos referimos poco al poseedor del registro, uno de los mejores jugadores chilenos de todos los tiempos. Hay que decir que Chamaco no era delantero. Pese a eso anotó más goles que nadie en Chile: 215 goles, cifra aún no superada. Repartida a lo largo de los años, porque nunca fue el máximo anotador de un certamen. Lo suyo no fue una racha, fue una secuencia. Siempre había alguien que convertía más goles que él, pero nadie lo hizo durante tanto tiempo. Es el segundo máximo anotador de Colo Colo, con 205 conquistas, tres menos que Carlos Humberto Caszely. Fue uno de los principales estandartes del Colo Colo 73, aquel equipo de Luis Alamos que rozó la gloria en la Copa Libertadores. No era un mozuelo Valdés para esa época. Ya contaba con 30 años. Era un futbolista maduro, con peso. Como los grandes jugadores, Chamaco no destacaba únicamente por sus alardes personales. Generaba que el resto jugara mejor. Sacaba el mejor rendimiento posible a sus compañeros. Caszely, Véliz, Ahumada, Messen, Galindo, vivieron su mejor época cuando jugaron en el mismo equipo con Chamaco. Era un líder dentro y fuera de la cancha. Lo reflejan un par de historias. En pleno proceso rumbo al Mundial de Alemania 74 todos sabían que Valdés y Carlos Reinoso, el crack del América de México, no tenían una buena relación. El Zorro Álamos los conminó a dejar las diferencias de lado porque ambos serían titulares en la Copa. Había que elegir al capitán. Astuto como era, el técnico reunió a todo el plantel para llevar el asunto a votación. Ofreció la palabra. El primero en hablar fue Elías Figueroa. El zaguero del Inter de Porto Alegre argumentó que Chamaco era el indicado. Había muchos jugadores de Colo Colo en el plantel, conocía al cuerpo técnico, venía jugando desde hace años. Para Elías no había dudas. La jineta debía llevarla Francisco Valdés. Álamos se paró en medio del camarín. “Listo. Chamaco entonces. A entrenar”. Nunca hubo votación. La voz de Figueroa era aval suficiente. Ser capitán del equipo no era sólo asistir al sorteo y elegir el lado. Chamaco Valdés intercedió personalmente para que Hugo Lepe, ex mundialista del 62, arquitecto reputado, creador del Sindicato de Futbolistas, fuera liberado tras su detención en el estadio Nacional en los primeros meses de la dictadura. Cuando Chile preparaba el viaje al Mundial de Alemania, una orden emanada desde la Junta, prohibía que el paramédico Hernán Chamullo Ampuero fuera parte de la delegación, por su cercanía política con la izquierda. Consideraban que era un peligro de fuga. Sospechaban que podía pedir asilo en Europa. Chamaco no dejó espacio para la duda. Se reunió con los dirigentes chilenos. -Si Chamullo no viaja, tampoco viajo. Y varios compañeros están dispuestos a sumarse. Ampuero fue incluido. Y no se fugó ni pidió asilo político tras el Mundial. Esteban Paredes se merece los elogios que recibe semana a semana. Es un goleador incombustible. Es probable que supere el récord de Chamaco. Por eso es bueno revisar la historia de Francisco Valdés, todavía el máximo goleador en torneos nacionales. Un hombre cuya historia va mucho más allá de sus 215 goles.

La Fórmula de Beñat

Si vieron jugar a Antofagasta cuando era dirigida por Beñat San José, no debería extrañar el modelo de la UC. Si vieron jugar al Bolívar cuando lo dirigía el técnico vasco, tampoco debería extrañar el desempeño de la Universidad Católica. El entrenador español cree en esta forma de juego. Y le funciona. Hasta ahora. ¿Juega mal la UC? No. Es posible que juegue sin brillo. Que no sea un equipo ofensivo. Que no genere demasiadas ocasiones de gol. ¿Eso significa jugar mal? Nadie que gana cinco partidos de manera consecutiva lo lograría si juega mal. Atacar todo el día y meter muchos goles no es la única forma de jugar bien. Jugar bien también es no perder. Jugar bien también es ser aplicado. Jugar bien también es marcar. El equipo de Beñat hace algo poco común en nuestras canchas: marca. Lo hace en todo el campo. No se desgasta corriendo detrás de la pelota argumentado intensidad. A veces espera, pero recupera la pelota y sale rápido. Jugar bien es recuperar el nivel de jugadores. Ampuero, Lanaro, Voboril, Llanos, Fuenzalida, Buonanotte, Diego Rojas. Todos están jugando mejor que el torneo anterior. En algunos casos mucho mejor. Jugar bien es hacerlo mejor que tu rival. Es cierto que la UC ha ganado algunos partidos con lo justo, pero en los cinco que lleva hasta ahora, no ha sido superado ni en el trámite, ni en las ocasiones, ni en énfasis, ni en la propuesta. Hasta ahora, con apenas cinco fechas en juego, Universidad Católica ganó todos los partidos con justicia. Por mucho, por poco, pero con justicia. Jugar bien es aprovechar el potencial que posee tu plantel. ¿La UC tiene jugadores para jugar de otra manera? ¿Sus futbolistas tienen características para modificar el esquema y con eso mejorar lo exhibido hasta ahora? Sospecho que no. Por eso debe aprovechar este vuelo, porque cuando lo afecten las lesiones, cuando tenga ausencias, le va a tocar perder. Y el ahorro conseguido sirve. Jugar bien es comprometerse. Un nuevo técnico llega, dirige cinco partidos y los gana todos. Si eso no es convicción, no sé qué es. No es lo ideal de fútbol. No es lúcido a la vista. No es muy ofensivo. Pero esta Católica demuestra que no existe una forma exclusiva de ganar. Beñat San José le agrega un matiz al debate futbolero, que a veces peca de uniforme, monocorde y excluyente.

Alexis en el Planeta Mou

Las críticas no tardaron en llegar. Alexis Sánchez no ha brillado en el Manchester United. Lleva apenas un gol y su rendimiento aún no exhibe el desequilibrio que tenía en el Arsenal. Algunos cuestionamientos están alejados de la pelota. Dicen que por ser el jugador mejor pagado de la Liga Premier debería compensar en cancha su alto salario. Nada que ver una cosa con otra. Hablemos de la pelota y encontraremos razones para la ausencia del Alexis impredecible, eléctrico, goleador. En el Planeta Mou los jugadores no están por sobre el esquema. Nunca. Ni en el Porto, ni en el Chelsea, ni en el Real Madrid, ni en el Inter. En todos los equipos ganó, en todos contaba con enormes jugadores, pero en todos ellos el diseño que elabora el portugués es más importante que los intérpretes. Hagamos memoria. El Inter eliminó al Barcelona de Guardiola en una Champions. Lo hizo marcando con una línea de siete, donde Samuel Eto’o las ofició de lateral izquierdo con tal de defender la mínima ganancia. Ese Inter fue campeón de Europa. Mourinho es un técnico que trabaja la pizarra. Sus jugadores son peones, torres, alfiles. Por eso no es extraño que en cada rueda de prensa el portugués alabe al chileno, pese a que sigue lejos del arco. Porque Alexis cae perfecto en su plan. Frente al Liverpool lo usó por la izquierda. Evitó la subida de los laterales. Metió al equipo en su zona hasta quedar 2-0 arriba. Y cuando tuvo que replegarse, terminó marcando y reventando balones sobre el final del partido, pegado a su banda. Como Eto’o hace algunas temporadas en Italia. El técnico sabe que no será campeón este año. La distancia del Manchester City de Guardiola es irremontable. Su objetivo es ubicarse en posiciones de clasificación a Champions y subir todos los peldaños posibles en este torneo, certamen que el portugués ganó dirigiendo al Porto y al mencionado Inter. Mourinho juega con un referente de área. En el Manchester es Lukaku. El esquema ofensivo converge en la figura del belga, quien responde con sacrificio y goles. No es fácil llegar a un equipo a mitad de temporada y ser titular de inmediato. Sánchez lo ha hecho. Y si el técnico lo mantiene, tendrá sus motivos, algunos que son invisibles para los que no ven partidos, solo observan números y highlights. Cuando no le sirva, lo va a sacar, sin que le tiemble la mano, como a cualquiera. Lo ha dicho Mourinho. La próxima temporada debería ser el despegue de su versión de Manchester United. En su plan tiene incluido a Alexis Sánchez. Extrañamos los goles y las actuaciones fulgurantes que el tocopillano tenía en Arsenal. Allá también lo extrañan, aunque no lo asuman públicamente. Pero ahora está jugando de otra cosa. No es la estrella del equipo. En el United la estrella es el entrenador y su esquema. Los soldados cumplen sus instrucciones. En eso el chileno no ha fallado.