martes, 26 de marzo de 2019
Kudelka lo vio venir
Este miércoles 13 de marzo del 2019 terminó, en lo formal, el ciclo de Frank Kudelka al frente de la Universidad de Chile. Pero el proceso terminó mucho antes, desahuciado desde la eliminación en Copa Libertadores a manos del modesto Melgar de Perú. O peor, si hablamos de una identidad futbolística, podemos asegurar que el proyecto del cordobés nunca comenzó. El técnico ofensivo, con identidad de juego, variables de ataque y dinámica frontal que vimos en Talleres de Córdoba, a Chile nunca llegó.
¿Por qué no funcionó Kudelka? Es un técnico serio, un tipo digno, decente. No aceptó que a su espalda la dirigencia de la U negociara con otro entrenador. Tampoco que le condicionaran su permanencia a ganarle el próximo fin partido a la Universidad de Concepción. Porque a la larga o a la carta el equipo iba a perder y extender la agonía no tenía ningún sentido. Más allá de su mala campaña dentro de la cancha, Kudelka lanzó frases en su adiós que describen lo que pasa hace rato en Azul Azul: no hay un proyecto, las decisiones se toman a partir de los miedos y las emociones, el negocio es más fuerte que la identidad. Una lástima para un equipo que hace ocho años, con Sampañoli, mostraba el mejor fútbol del continente.
Razón tiene Kudelka. La falta de un proyecto hace que los rostros de entrenadores se sucedan en la tienda azul y el rumbo aún no se encuentre. Tan dramática es la ausencia de una idea clara que ni siquiera los técnicos que fueron campeones dejaron un legado. Los títulos de Martín Lasarte y Ángel Hoyos se festejaron, pero no entran en la memoria como equipos de gran calidad o con una estela futbolística que se recuerde.
Lo de Kudelka no daba para mucho más. Ni siquiera la buena racha en el torneo pasado daba para un alivio. El equipo no levantaba y la victoria ante Huachipato hace un par de semanas terminó siendo la excepción en medio de la regla. Pero cuando la confusión viene de arriba, entre quienes contratan y toman determinaciones, la debacle no es otra cosa que una profecía autocumplida.
Franco, Hoyos, Lasarte, Becaccece, Castañeda, Hoyos, Kudelka. No es casual. El equipo de Frank Darío Kudelka no jugaba bien, pero el entrenador acertó en su diagnóstico al momento de partir. Sin un proyecto claro pueden traer a Guardiola si quieren y la cosa, difícilmente, va a repuntar.
Las postergadas respuestas de Rueda
Para Reinaldo Rueda siempre hay algún motivo para postergar las definiciones sobre el rendimiento de Chile. Cuando la Roja juega mal, está en período de construcción de un equipo. Cuando el equipo es superado resulta que el proceso de recambio será lento y hay que asumirlo. Cuando el marcador favorece al rival, hay que mirar hacia adelante porque lo importante es la Copa América y, sobre todo, la clasificación al Mundial de Qatar. Al final Chile sigue jugando mal, suma derrotas, el desempeño individual y colectivo no mejora y las perspectivas se ven poco alentadoras.
Ante México la selección recibió un marcador contundente que pudo ser mayor. Después de un primer tiempo correcto, donde el equipo no fue dominado ni le patearon al arco, el segundo lapso fue un desplome en doce minutos, período donde recibió tres tantos. Tras un primer gol azaroso, la solidez defensiva exhibida en el arranque se diluyó rápidamente. Luego vinieron los cambios, una modificación en el esquema y el partido, como expresión de análisis, terminó siendo un desorden táctico que no cosecha demasiadas conclusiones.
Más allá de los goles encajados, la poca elaboración de Chile deja alarmas encendidas. Un activo Nicolás Castillo estuvo casi siempre solitario. Ni Iván Morales ni Felipe Mora fueron factor de compañía. El exclusivo desborde de Mauricio Isla terminó en la asistencia para el gol. Con Arturo Vidal algo agotado, con Hernández y Aránguiz mucho más pendientes de la batalla, el equipo registra poca elaboración y escasas variantes en el libreto. Lo inquietante es la forma de juego, el escaso vuelo futbolístico. Chile no es un equipo recordable, no presenta una identidad de juego, un modo que vaya más allá de los resultados, que en el caso de los amistosos entran en un cajón de menos gravedad. Es cosa de detenerse en los partidos que Chile ha triunfado en la era Rueda. A Suecia se le ganó con un gol de Bolados sobre la hora. A Serbia con un tanto de Maripán, también cerca del final, a México en Querétaro con gol de Nicolás Castillo en los segundos finales y la goleada contra Honduras, un equipo de tono menor.
Entre la Copa América y el arranque de las clasificatorias, hay casi diez meses. Lo que antes podía ser un apretón importante para seguir buscando una idea, ahora se convierte en un certamen urgente para el técnico colombiano. Si Chile no juega bien ni alcanza mejores resultados en el torneo continental, la mano podría cambiar para Reinaldo Rueda al frente de la Roja. Porque el lapso antes de luchar por clasificar al Mundial es un período prudente si la dirigencia decidiera realizar un cambio en la cabina técnica.
lunes, 18 de marzo de 2019
Cuando la mentira es la verdad
La Universidad de Chile hizo las cosas tan mal en su proceso de cambio de entrenador, que pasó a segundo plano lo mal que venía jugando el equipo. El foco estaba en la burda negociación que terminó con la contratación de Alfredo Arias. Kudelka, que nunca hizo jugar bien al equipo, quedó como la víctima de un complot que ni él ni nadie merecía, por más que los resultados y el rendimiento del equipo fueran cuesta abajo. Estas cosas pasan, era el pésimo argumento para justificar el mal procedimiento.
La U de Alfredo Arias, ante la Universidad de Concepción, mostró algunas señales de cambio. Con un entrenamiento en el cuerpo, es injusto evaluar o sacar conclusiones tajantes del desempeño que mostró el equipo azul en Collao. Más todavía cuando el uruguayo decidió un cambio de esquema. Entró a la cancha con tres defensores (Alarcón, Vittor, Carrasco), dos externos (Rodríguez y Camposo Toro), dos volantes en la zona media (Caroca y Martínez), un enlace (Parra) y dos puntas (Henríquez y Guerra). Los primeros minutos fueron auspiciosos. Gol antes de los dos minutos y una media hora donde el equipo controlaba el partido, retrocedía rápido y no permitió un solo remate al arco por parte de los locales.
Pero tras la media el equipo volvió a mostrar los mismos ripios de épocas pasadas. Ya insinuaba al final del primer tiempo, pero en la segunda parte la Universidad de Concepción fue muy superior. Hizo dos goles, Herrera evitó algún otro, el equipo de Bozán desperdició ocasiones claras. Al frente, cuando estaban 1-1, Henríquez falló una ocasión que pudo cambiar la historia del pleito.
No se puede esperar cambios radicales en tan poco tiempo. Hay factores que carecen en la U. La precisión en el último pase parece no estar en la plantilla. Ni Parra ni Oroz aclararon el panorama. Buenos jugadores hay y actitud se mostró. Un cambio de diseño no da garantías de recuperación. Los rendimientos individuales y el tiempo son los que hacen que los equipos funcionen. Arias llegó recién, le queda tiempo. Los desempeños individuales
mantienen su déficit. Universidad de Chile enfrentó a un equipo que fue superior. A veces se olvida, en el análisis, que juegan dos equipos.
Hay cosas que los cambios cosméticos no modifican y golpes de autoridad que sólo satisfacen a quien los da.
La detención del torneo por la fecha FIFA, sin duda, le hará bien a la U.
viernes, 15 de febrero de 2019
Fracaso azul con todas sus letras
En 180 minutos la Universidad de Chile no le pudo hacer un gol al Melgar de Perú. Existe un mundo de diferencia entre ambas instituciones, en todos los sentidos comparables. En historia, infraestructura, presupuesto y plantel. Es cierto, en la cancha no juega la billetera, sino ganarían siempre los equipos millonarios. Pero cuando las distancias son tan amplias en tantos aspectos, se debe notar de alguna manera. Y en esta llave de la Copa Libertadores, la U no mostró avances. No fue más que un equipo muy discreto, como su contrincante peruano. Podemos decir, con cierto grado de certeza, que los azules involucionaron en relación al final del torneo pasado.
Hay maneras y maneras de ganar o perder. Maneras y maneras de quedar eliminado. La Universidad de Chile mostró la peor cara de todas, esa donde no existe un fondo de juego para analizar. Uno puede decir, voz en cuello, que la U jugó mal. Pero antes de eso deberíamos preguntarnos a qué juega la U o que pretende exponer dentro del terreno de juego.
Frank Darío Kudelka llegó el torneo pasado, de emergencia, con un plantel ya armado. Siempre dijo, con razón, que hizo jugar al equipo como podía, no cómo quería. Ahora la valla es diferente. Le trajeron diez refuerzos, todos visados por él. Lo grave no sólo es quedar eliminado. Esto es fútbol y eso puede pasar. Lo realmente grave es que el cuadro azul no mostró nada. Ni fútbol. Ni individualidades. Ni fuerza de voluntad. Nada.
Es cierto que es incómodo jugar la Copa cuando los equipos no tienen rodaje. Pero esa no es excusa. Es la misma fecha para todos. Hay cosas evidentes que el técnico parece no apreciar. El problema en el mediocampo de la U no está en los volantes de contención, en los interiores o en los mixtos. Tiene delanteros por fuera y centro atacantes. La carencia está en la generación de juego. El último pase. El nexo. El que conecta el equipo. Uno mira en la plantilla y no aprecia un jugador con esas características. Ergo, un plantel mal conformado. Descompensado.
Agreguemos un dato más inquietante que traspasa a la Universidad de CHile y afecta a los equipos nacionales que compiten internacionalmente, con honrosas excepciones. Nos ganan todos. De cualquier lado de sudamérica nos ganan. De local. De visita. Los que antes superábamos por camiseta, hoy no sienten ningún temor de venir a jugar a Chile.
Pero nuestra competencia está sana. No se preocupen. Sigan no más. Con hartos extranjeros de medio pelo, con representantes que se compran clubes, con triangulaciones truchas, con escaso trabajo de inferiores. Sigamos. Aún se puede caer más abajo.
miércoles, 6 de febrero de 2019
Vidal quería ser el mejor del mundo
Arturo Erasmo Vidal Pardo acaba de ser confirmado como refuerzo del Barcelona, el equipo donde todo futbolista sueña con jugar. Un club que no sólo está lleno de trofeos y galardones, sino que convirtió su nombre en un adjetivo. Porque el Barcelona tiene un modo de jugar que se arrastra, como herencia sempiterna, desde hace más de 40 años. En el fútbol de alta competencia, donde los dólares y euros son más protagonistas que la pelota misma, el cuadro culé aún cree en eso que llaman estilo, en esa impronta que conciben en La Masía y que salen a buscar cuando no la poseen entre algunos pocos elegidos.
Vidal es uno de esos elegidos.
Repasar su carrera es hacer memoria. Es trasladarse al estadio Monumental cuando un juvenil proveniente de San Joaquín no destacaba demasiado en las series inferiores. No todos auguraban que sería un crack. Mostraba fortalezas poco comunes. Una potencia física inagotable. Una técnica que le permitía pegarle con ambas piernas de la misma forma. Juego aéreo. Despliegue. Su gran enemigo era él mismo. Varias veces lo enviaron a casa por alguna pelea con un compañero, por su falta de compromiso o una palabra mal dicha contra el entrenador de turno. El muchacho partía, magullando su rabia, jurando que jamás volvería a pisar al Monumental. Al otro día siguiente volvía a pedalear su bicicleta y retornaba a entrenar.
Marcelo Espina lo hizo debutar. Con Claudio Borghi se consolidó. Fue transferido al Bayer Leverkusen antes de cumplir 20 años. Esa mañana, ante reporteros que no estábamos acostumbrados a semejante ejemplo de confianza, Arturo Vidal nos dijo que su objetivo era ser el mejor del mundo. Lo miramos con asombro. Nadie le creyó.
El resto de la historia es conocida. Con muchas luces y algunas sombras inolvidables. Títulos en las ligas más importantes del planeta. Escándalos que manchan cualquier historial. Condiciones futbolísticas para reforzar el concepto de que estábamos frente a uno de esos jugadores que en esta tierra nacen cada cinco décadas.
Vidal seguía luchando contra sí mismo. Casi siempre gana, pero a veces pierde. Lo vemos acompañado de muchas personas, pero inexorablemente algunos creemos que está muy solo. Esa dimensión, esa orfandad emocional, ha cultivado su carácter. Un jugador que está convencido que puede ganarlo todo porque no hay imposibles. Si revisamos su biografía sólo podemos concordar con esa creencia. Porque en un país como el nuestro, las chances para un muchacho de San Joaquín, que creció en la pobreza económica y en el abandono de figuras relevantes, son muy escasas. Casi nulas. En un país como Chile estamos llenos de chicos parecidos Arturo Vidal, pero que no llegaron. La cima la alcanzó uno solo, luchando contra sí mismo. Una pelea que no concluye aún, que jamás terminará.
Un futbolista enorme. Para mí el único que puede discutirle a Elías Figueroa el cetro del mejor de todos los tiempos. Juventus, Bayern Munich, Barcelona. Siete títulos locales. Dos Copa América. Aunque parezca extraño algunos aún lo cuestionan y le piden todavía más. Le exigen ser un ejemplo. Comportarse mejor. Inmaculado ¿Cómo no marearse cuando tuviste muy poco y después el mundo se rinde a tus pies? ¿Qué hace nuestra sociedad por chicos como Vidal? Poco. Nada. El triunfo es suyo. Aplaudo con admiración, porque cuando lo escuché decir en la sala de prensa del Monumental que iba a ser el mejor del mundo, no le creí. Y me tapó la boca.
Vamos a decir que No
Esta pudo ser una historia de perdedores, pero terminó de otra forma. Hoy es fácil ser valiente. Enhorabuena. La libertad nos permite expresar, con mayores márgenes de libertad, nuestras preferencias, pensamientos y credos. Antes no. Varios fueron valientes cuando había que serlo. Cuando era necesario.
Para el plebiscito de 1988 algunos deportistas tomaron una clara postura en oposición a la dictadura. Tenían mucho que perder. Su carrera podía verse truncada. Se le cerrarían las puertas en todos lados. Pero también tenían mucho que ganar, para sí mismos, para los colores que defendían y para un país que comenzaba a mirarse a los ojos con menos odio que en antaño.
La participación de Carlos Caszely es parte de la memoria gráfica chilena. No era un misterio la militancia del delantero por la izquierda. Lo que conmovió a todos fue el testimonio de su madre, Olga Garrido, sobre su detención y tortura. Peter Tormen ganó la vuelta ciclista de 1987. El pedalero dijo, para todo el país, que su victoria se la dedicaba a su hermano Sergio, detenido-desaparecido. Los hermanos Tormen fueron capturados cuando el flamante campeón tenía sólo 14 años, en 1974. A los dos días, Peter Tormen fue liberado, con los ojos vendados, en San Diego con Avenida Matta. Aún se desconoce el paradero de Sergio Tormen, su mentor y hermano mayor, campeón nacional de ciclismo.
La dirigencia de la Universidad Católica estaba inquieta. El país seguía revuelto y los ojos estaban encima de todos. No había que dejar detalle al azar. Por eso pidieron expresamente a los jugadores del primer equipo que votaran por la opción Sí. Uno de los más jóvenes del equipo, un muchacho recién ascendido al plantel de honor, alzó la voz. Hablaba poco, pero cuando lo hacía destacaba por su claridad conceptual. “Lo siento. Votaré por el No. Es lo que creo. Yo y mi familia”. Su nombre era Raimundo Tupper. Tenía 20 años.
En la franja del Sí también pudimos ver a grandes figuras deportivas. Elías Figueroa, Hans Gildemeister, Patricio Cornejo. Otros participaron en actos a favor del Régimen, como lo fogata de Chacarillas en 1977: el ciclista Jaime Bretti, el futbolista Jorge Socías.
Es habitual que en las causas políticas se recurra a las figuras deportivas. Son emblemas de un mensaje transversal. Hoy, pese a todos los ripios de nuestra historia reciente, podemos manifestarnos libremente. Pero los grandes hombres se evalúan por sus acciones en los grandes momentos. Ahí aparecen los imprescindibles.
Una década sin JM
Julio Martínez fue periodista antes que existieran las escuelas de periodismo. Pertenece a ese grupo de talentos fundacionales, cuyo efecto atravesó las edades, los grupos sociales y las camisetas. Julio Martínez entendió, antes que nadie, que el fútbol no es sólo fútbol. Comprendió que el respeto por la pelota no es más que el reflejo de nosotros mismos. Don Julio fue un pionero en describir que nuestra biografía es la que entra a la cancha. Cuando amamos una camiseta, amamos nuestro origen y queremos proyectar ese cariño en nuestros hijos, en nuestro porvenir.
Don Julio hoy no sería valorado. En tiempos de redes sociales sería presa de la policía tuitera, la que insulta, busca los errores, se burla de la apariencia física. Lo tratarían de tibio, porque no decía groserías ni era polémico. No le interesaba hablar más fuerte que el resto. Pese a ser muy crítico, a veces corrosivo, don Julio era respetuoso, cuidaba el lenguaje. No usaba sus medios de comunicación para enviar recados. Hoy a don Julio lo harían pedazos porque era hincha de Unión Española y algunos creen que los periodistas pierden el equilibrio por amar una camiseta. O dirían que no era realmente de Unión Española, sino que era una chapa para esconder su cercanía a uno de los grandes. Porque en Chile tienes que ser hincha de uno de los grandes, sino no te creen. A don Julio le dirían que nunca jugó a la pelota, que no tenía idea de fútbol.
Don Julio le puso pantalones largos al periodismo deportivo. No hablaba sólo de fútbol ni de deportes. Era la voz de la clase media chilena. Una clase media muy diferente a la actual. Ilustrada. Republicana. Respetuosa. Conocedora de sus deberes y derechos. Escuchar a don Julio era oír a nuestros abuelos, algunos con muy poca instrucción, a veces sólo con educación básica, pero tremendamente cultos. Julio Martínez representaba a un chileno que no era medido por sus niveles de producción. Era una época en que los chilenos valorábamos la palabra bien dicha, el texto bien escrito, la historia bien narrada. No importaban tanto tu promedio de notas, cuántos puntos sacaste, el auto que tienes o el sueldo que recibes a fin de mes. Don Julio hoy no sería millonario. Ni tendría muchos seguidores en tuiter. Lo sacarían pronto del aire, porque no marcaría mucho rating y en tv vale la audiencia, la apariencia y la polémica.
Don Julio representaba el sentido común, un atributo cada vez más escaso. ¿Cómo es eso que un señor se va a comprar un club o un estadio?, decía a propósito de una eventual venta de su amada Unión Española. ¿Cómo es posible comprar hinchas, pasiones, amores, fracasos y victorias, como quien compra una camisa?, dijo. Pero así es el Chile actual don Julio. Todo se vende. Todo se compra. Todo se transa. La educación. La salud. El transporte. Los caminos. Los puentes. La vida. La muerte. Y el fútbol. Se vendieron casi todos los clubes. El mío no. Curicó Unido es un sobreviviente y no me canso de decirlo y repetirlo. Sigue siendo nuestro. Como lo fue Unión. Como lo fueron todos.
Muchos crecimos mirando a don Julio. Los goles con el Pelao Martínez era un clásico imperdible. Generaciones de compatriotas reconocían su nombre, su figura y su estilo. Don Julio no escribía libretos. Improvisaba todo, con un nivel de oratoria incomparable. Único. Insuperable.
Don Julio Martínez Prádanos falleció el 2 de enero del 2008. Hace diez años.
Ser del Curi
Si eres del Curi te gusta ganar, pero si pierdes no paras de alentar. Lo haces con más fuerza.
Si eres del Curi respetas a quienes visten la camiseta albirroja y los defiendes como si fueran parte de tu familia.
Si eres del Curi recuerdas con devoción a tus ídolos. A Lucho Martínez, al Chuleta, a Cáceres, al Lechuga, al Chala, a Churín, al Enano, al Beto y a todos los demás.
Si eres del Curi le sigues la pista a los ex albirrojos y te alegras cuando les va bien, jueguen donde jueguen.
Si eres del Curi sabes que hay dos partidos que no se pueden perder nunca. Contra Rangers y Ñublense.
Si eres del Curi celebraste cuando le ganamos a la U en La Granja, cuando eliminamos a Colo Colo de una Copa Chile, cuando Iquiqque le ganó a Trasandino, cuando le ganamos a Puerto Montt y subimos a Primera.
Si eres del Curi lloraste cuando nos fuimos a Tercera y no olvidas la derrota contra Ñublense cuando éramos por lejos, pero por lejos, el mejor equipo del torneo.
Si eres del Curi resguardas la imagen del Quito Gutiérrez, del Keno Horta, de Roque Mercury, de Guillermo Páez, de Eduardo Cortázar, de Luis Marcoleta.
Si eres del Curi no necesito decirte lo que se siente cuando el albirrojo entra a la cancha. Y si no lo eres, no saco nada con explicártelo. Nunca lo sabrás.
Si eres del Curi nunca dejarás de serlo. Ni siquiera cuando dejes de respirar.
Los sapos
Pablo Guede habló de sapos. No se refería al anfibio. No hablaba del batracio ni del anuro. Tampoco de la rana, el renacuajo o el urodelo. No señor. El técnico de Colo Colo, después de vencer a la Universidad de Concepción por 3-0 y recuperar la cima del torneo en exclusiva, se refería a los espías internos que habría en el club y que buscan remar para el otro lado de la corriente. Según palabras del ex delantero del Málaga, los sapos son personas que quieren desestabilizar su trabajo y la institución por completo.
No puede pasar inadvertida la acusación del entrenador. Guede hace algo que comúnmente los técnicos no realizan: dice lo que piensa y eso se agradece. Uno puede compartir o no sus postulados, pero los plantea. Enhorabuena. Es el inicio saludable para cualquier debate.
Guede realiza otro ejercicio que comúnmente no ocurre. No lanza sus dardos solamente hacia la prensa. En la confabulación que sostiene, el técnico plantea que los medios son un vehículo de comunicación de informaciones. Sabe Guede, porque lleva años en el fútbol desde diferentes veredas, que las noticias que aparecen en los medios no son inventos de un periodista, no provienen de la mente afiebrada de un tipo que se sienta detrás de un teclado o de un micrófono con la misión de inventar, crear, tramar, urdir, concebir informaciones de la nada. Entiende el ex DT de Nueva Chicago y San Lorenzo, que esos datos provienen de alguna parte y que si uno siguiera ese hilo llegaría a la interna del club. Guede y cualquier persona tienen toda la razón en molestarse cuando en los medios de comunicación aparecen noticias que no son ciertas. Y tiene todo el derecho de criticar esa metodología de trabajo que a ratos confía a ciegas en las fuentes de información, sin contrastar las versiones con el resto de los involucrados. La molestia exhibida por El Topo (así le decían en Argentina cuando jugaba de 9), tiene que ver con eso. Con el ruido interno, con el fuego amigo, con la guerra civil que se vive permanentemente en Colo Colo por una razón bien sencilla: en un país como éste, controlar al Cacique te da poder. Poder de verdad.
Aunque algunos no lo crean, los periodistas no nos reunimos en la mañana y coordinamos la forma de liquidar a un club o jugador determinado. Muchas veces se liquidan ellos mismos. Siempre hay alguien que te dice algo. Siempre hay alguien que filtra la reunión secreta. Labor nuestra es chequear si su historia es fidedigna. Y muchas veces fallamos en eso.
He criticado varios aspectos de Pablo Guede que me han parecido cuestionables. Su trato. Su delirio de persecución. Su forma de sacar del club a gente valiosa. Su método para incluir a profesionales con escaso mérito técnico. Su conducta de hacer su voluntad dentro de un club donde no lleva tanto tiempo. Pero Guede sabe de fútbol. Sabe lo que ocurre adentro (lo más importante) y también sabe cómo se mueven las piezas fuera del rectángulo verde.
Películas repetidas
Colo Colo no hizo méritos para clasificar a la siguiente ronda en la Copa Libertadores. En el partido de 180 minutos, no fue mejor en el primer tiempo en Río de Janeiro, fue superior en la segunda fracción. Y no jugó mejor que Botafogo en Santiago. Es cierto, encontró la llave del gol recién comenzado el partido, pero nunca dejó de caminar por la cornisa del resultado preciso para pasar de ronda. Y ese equilibrio precario se derrumbó cuando el equipo de Guede ya no tenía físico ni ideas para ir por una remontada.
Incluso cuando Colo Colo mejor jugó en su estadio, los primeros 45 minutos, Justo Villar tuvo un par de intervenciones que permitieron que la ilusión se extendiera durante mucho más tiempo.
Hay deudas en este equipo de Guede. Culpas propias y también deudas de arrastre. Soy de los que creen que el ex técnico de Nueva Chicago, Palestino y San Lorenzo, es un técnico con condiciones para dar el gran salto. Sólo depende de él. Cuando sale del personaje, cuando deja de ver fantasmas, cuando deja de creerse más importante que el club, los equipos de Guede vuelan, da gusto verlos jugar, representan una brisa refrescante en medio de los uniformes esquemas que dominan el fútbol nacional y extranjero.
Pero Guede sigue siendo un entrenador en formación. Le faltan porrazos como este, un fracaso como este, un golpe duro como la eliminación, para comprender que necesita más naipes en su baraja. Que no puede tocar una sola tecla. Debe abrirse a otras ideas. Escuchar. Entender que no va a traicionar ningún principio si aprende de sus caídas y es capaz de matizar su idea de juego. Haciendo un símil, es como el Jorge Sampaoli de O’Higgins. Un buen entrenador, camino a convertirse en un gran entrenador. Pero el casildense entendió. Cambió. Varió su juego si era necesario. Y hoy en Sevilla, cumpliendo una gran campaña, se abrió a jugar de acuerdo a los futbolistas que posee, sin renunciar a su idea, a su concepto, a una identidad de juego. Al Sampaolismo.
Pero Colo Colo tiene también deudas de arrastre. Veinte años sin dar vuelta una llave. Muchos sin acceder más allá de los octavos de final en Copa Libertadores. Un reflejo de una visión cortoplacista de quienes manejan Blanco y Negro, que buscan en contrataciones fulgurantes lo que no logran generar en el semillero, aquello que siempre fue una marca registrada del club.
La dirigencia le cree todo a Pablo Guede. Le traen todo lo que quiere. Le contratan todo lo que pide. Si eso es una convicción, deberían respaldarlo. Pero más que el DT argentino, son las cabezas de la institución las que deberían revisar lo que realmente quieren y la forma más adecuada de conseguirlo.
En un partido cerrado se puede quedar fuera. Porque hasta las mejores películas se convierten en aburridas cuando se repiten una y otra vez. Y esta película, de las malas actuaciones de clubes chilenos en Copa Libertadores, está demasiado repetida.
De lo posible se sabe demasiado
Hace unos pocos días recibí un llamado de un viejo buen amigo. No habíamos charlado en mucho tiempo. Mi amigo, al igual que yo, es periodista y provinciano. Es hincha de Santiago Wanderers. Me felicitó por el ascenso de Curicó a la Primera División y lanzó una frase que he escuchado varias veces desde que conseguimos el campeonato de la B
-¿Aparte de Curicó, quién más desciende en el próximo torneo?- espetó en tono de broma.
Después del garabato correspondiente de mi parte, comenzamos a hablar en serio. Mi amigo argumentó su punto y tiene algo de razón: el sistema de descenso para el siguiente certamen es feroz para el equipo que asciende. En el enredo de cada campeonato, el descenso será a través de los promedios ponderados. Quién resulte en la última plaza no baja de manera directa, sino que deberá confrontarse con un equipo de la B que alcance la mejor performance. Un enredo total.
Por eso mismo, el Curi debe tener una buena campaña para evitar llegar a esas instancias. Al ser el recién ascendido, su índice será más alto. Se divide y multiplica por uno. Cada victoria será clave. No perder mucho. Esperar que aquellos que se salvaron raspando, como el equipo de mi amigo, no se recuperen con una buena campaña.
Hay que ser sinceros. Lo que se viene es muy complicado, pero no es imposible. Prometer campañas enormes no tiene sentido. Pero achacarse antes de tiempo tampoco conduce a nada. Para muchos, como mi amigo, somos los candidatos al descenso. Como siempre, lo que opinan los de afuera no importa. Si los curicanos tomáramos en cuenta lo que se dice, lo que se especula, lo que se comenta, jamás habríamos sido campeones con una campaña sobresaliente.
No hay espacio para relajo. No hay minutos para mirar a nadie por debajo del hombro. Pero tampoco por arriba. Los refuerzos deben ser eso. Aportes. Y como ocurrió este año, deben entender que defender esta camiseta es un orgullo para sus carreras y para miles que tenemos el corazón albirrojo.
Morir gritando un gol
Oscar Pérez se levantó el sábado 27 de octubre del 2018 sin imaginar que ese sería el último día de su vida. El único pensamiento que rondaba en su cabeza era el clásico que esa tarde animarían su amado San Luis de Quillota contra los vecinos de Unión La Calera. En los nuevos tiempos pasan cosas tan peculiares como que los canarios serían visitantes ante los cementeros en su cancha, en el Lucio Fariña, el mismo recinto al que do Oscar asistió tantas veces, sumando triunfos, empates y derrotas en sus 89 años de vida en esta tierra.
Cuando Mauro Caballero aprovechó el rebote que dio el arquero calerano y convirtió el 1-0, Oscar Pérez sintió que su corazón se detenía. No es una frase poética para armar un relato épico, ni una metáfora que explicara la alegría por la apertura de la cuenta de su San Luis querido. Es literal. El corazón de este hincha se detuvo. Alcanzó a festejar el gol y se desvaneció cuando el partido recién llevaba ocho minutos de jugado.
Oscar Pérez falleció producto de un infarto festejando el gol con que su equipo, que pelea el descenso, vencía al más tradicional de los rivales.
En 1982 el escritor y caricaturista argentino Roberto Fontanarrossa escribió 19 de diciembre de 1971, un cuento que retrata la historia de un grupo de hinchas de Rosario Central en las semifinales del Torneo Nacional Argentino de ese año, nada menos que ante su clásico rival, Newell’s Old Boys. Angustiados por la necesidad del triunfo, los forofos canallas acuden donde un legendario hincha, el Viejo Casale, famoso porque Central jamás perdió contra la Lepra con él como testigo en las tribunas. Lo invitan a la cancha de River, donde se jugaría la semifinal, pero Casale rechaza la oferta. Una afección cardíaca lo alejó de su pasión hace muchos años. Debía cuidar que su corazón no pasara penurias. Los hinchas no se rindieron y planearon el secuestro del Viejo Casale, quien presenció al cabezazo de Aldo Pedro Poy que le dio la victoria a Rosario Central contra Newell’s. En el cuento, el viejo Casale fallece por la alegría del triunfo producto de un infarto. Pero esa historia es ficticia. La de Oscar Pérez fue real. Se fue celebrando el gol de Caballero, soñando con que San Luis ganaría el partido, creyendo que el equipo de toda su vida seguirá luchando por mantener la categoría.
En medio de la congoja de amigos y familiares, se realizó el sepelio de este fanático. Entre los asistentes, Mauro Caballero, el delantero que para muchos provocó el infarto de Óscar Pérez. Para quienes amamos este juego, Caballero fue quien le dio su última alegría.
Morir gritando un gol de tu equipo en un clásico. Si pudiera elegir una muerte, sin duda sería esa.
Luka Modric, el hijo de la guerra que le ganó a todos
La entrega del Balón de Oro era un verdadero bostezo en la última década. Nada contra Lionel Messi o Cristiano Ronaldo, los dos súper crack que se adueñaron del trofeo en los últimos diez años. Pero la ceremonia carecía de sorpresa. O ganaba el zurdo argentino o era el turno del portugués. Este año hubo un cambio. Le toca a Luka Modric.
El croata es, aparte de un enorme jugador, un sobreviviente. La historia detrás del futbolista sirve para entender cómo construyó su carácter y a partir de allí, una historia deportiva impecable que alcanzó la cima en este 2018.
Modric nació en una pequeña aldea en pleno conflicto de los Balcanes. Una guerra que pulverizó su nación, aniquiló su patria, diseminó su familia, pero no destruyó sus sueños de ser futbolista. Los detalles de su biografía asombran. Su abuelo fue ejecutado, vivió refugiado un par de años, rotando entre albergues, custodias temporales, escondites. En medio de bombas y granadas, el esmirriado Luka corría detrás de una pelota, como si en ello se le fuera la vida.
Se fue a probar al Hadjuk Split, el club por el que latía su corazón, pero fue rechazado por su fragilidad física. El talento no demoró en brotar, ahora con la camiseta del archirrival, el Dynamo Zagreb, que detectó su talento.
El resto es historia conocida. Estación en el Tottenham para recalar en el Real Madrid, donde se erige como el cerebro de un plantel que ya suma cuatro Champions. Su pierna derecha va tatuando el camino a seguir. Un jugador que hace lo que otros piensan. Piensa y ejecuta con certeza, el Mundial de Rusia fue testigo de su fortaleza para llevar a Croacia a su primera final del Mundo.
Modric no ganó esa Copa, pero sí el premio al mejor del certamen. Ahora el Balón de Oro. Un triunfador hace rato. Un sobreviviente capaz de superar su historia, sus demonios y sus propios fantasmas.
La revancha de los Campeones
Esta historia de triunfos comenzó con una derrota. El 28 de junio del 2014, en el estadio Mineirao de Belo Horizonte, los jugadores de la selección chilena cerraron las puertas del camarín tras quedar eliminados del Mundial por Brasil en tanda de penales. Afuera había un verdadero carnaval. Quienes fuimos testigos de las burlas y humillaciones de la torcida brasileña hacia la parcialidad chilena no olvidamos ese día. Y desde aquella jornada queremos que Brasil pierda todos los partidos en el campeonato que sea.
Ajenos al barullo externo, los futbolistas estaban destrozados. Primero sacó la voz Claudio Bravo. Luego Gary Medel. Después Marcelo Díaz. Tras ellos Sampaoli y Beccaccece. Allí, en medio de la frustración y el dolor, ese grupo de jugadores se juramentó ganar la Copa América que se jugaría en Chile en el año siguiente. En su convicción interna ellos sentían que eran la mejor generación de futbolistas nacionales de todos los tiempos. Pero sabían que no podían enarbolar ese discurso mientras no ganaran algo. Sentían que habían quemado etapas. Jugaron dos mundiales sub 20, en el 2005 y 2007. Habían clasificado a dos mundiales seguidos, en Sudáfrica y Brasil. Pero aún no habían ganado nada, frase recurrente para los amargos y soberbios.
En ese camarín, un 28 de junio del 2014, Chile comenzó a ganar la Copa América del 2015. Y también la del 2016, jugada en Estados Unidos.
El fútbol encuentra revanchas sólo en el fútbol. Por eso es el deporte más lindo del mundo. Incomparable con cualquier otro juego. Porque los que pierden saben que tendrán en sus manos, en sus pies, en sus cabezas, la chance de exculpar sus pecados. Sólo los enormes son capaces de aprovechar esa chance que se les cruza. Y Chile acaba de hacerlo.
Porque el fútbol es mágico, cósmico, mítico. Inexplicable a ratos. Tiene paralelos que no resisten explicación lógica. En Brasil 2014, Chile estuvo a punto de ganar el partido en el alargue. En el minuto 119, Mauricio Pinilla estrelló el balón en el palo del arco que defendía Julio César. No fue gol. La Roja cayó en tanda de penales.
Exactamente tres años después, un 28 de junio del 2017, también en el exacto minuto 119, un lanzamiento de Arturo Vidal dio en el poste del arco de Portugal. El rebote lo tomó Martín Rodríguez y la bola fue devuelta caprichosamente por el travesaño.
Penales. Otra vez penales. La misma instancia donde el equipo había ganado en los torneos continentales. Ambas frente a Argentina. Pero esta historia desde los doce pasos había comenzado con una derrota.
Había que vengarse. Chile lo hizo de una forma que ningún guionista podría imaginar. Claudio Bravo había llegado con dudas a la Copa Confederaciones. Una temporada en Inglaterra que no fue feliz. Primero con dudas en su desempeño. Después recupera el arco y una lesión lo deja al margen del epílogo del certamen. No sólo se pierde los amistosos de Chile, sino también los dos primeros partidos. Y aparece en la instancia más importante hasta ahora. Como el penal que le atajó a Banega. O el que le atajó a Biglia. Ahora fueron tres. Bravo sigue demostrando, en instancias importantes, que es el mejor arquero chileno de toda la historia. Discutirlo a esta altura habla más del porfiado enjuiciador que del golero.
Ni idea cómo saldrá la final. Ojalá tenga final feliz. Ganen o pierdan, la generación de los Campeones hoy logró su propia venganza. La del 28 de junio. La revancha del palo de Pinilla y del penal de Jara que devolvió el poste izquierdo.
Tobar y los Héroes del 62
La muerte de Armando Tobar fue paulatina y dolorosa. Con esa maldita enfermedad que nos ha llevado a seres amados de a poco, con una angustia que nos carcome. Desaparece la memoria, los recuerdos, las imágenes de una vida plena. Pero el cuerpo se queda, aferrado a esta tierra, como queriendo postergar el adiós definitivo.
En los últimos 12 años Armando Tobar no recordaba quién fue. Un héroe del fútbol nacional. Un héroe en Wanderers y la Universidad Católica. Un héroe porque perteneció a un grupo de jugadores y dirigentes que soñaron con hacer un Mundial en Chile. Y lo hicieron. Y lo jugaron. Y se subieron al podio. Una idea que hoy sería una quimera, una absoluta locura. ¿Organizar un Mundial en Chile ahora? Imposible.
El gran mérito de esa generación fue creer en imposibles. Más allá de los resultados, más allá de las falencias o no en la organización, se atrevieron a planear con la vista en el infinito y la creatividad propia de hombres que pensaban en el país mucho más que en los méritos personales. No le temieron al rechazo. Le sacaron la lengua al ridículo. Llegaron con una idea. Organizar un Mundial en el país más lejano del mundo, azotado por el terremoto más feroz de la historia moderna. Y lo consiguieron.
Esos hombres creyeron en un entrenador que tenía una preparación diferente. Lo dejaron trabajar. Por años. No estaban preocupados de los resultados inmediatos, ni los sponsors, ni los derechos de televisión, ni la tajada que podían cortar. Ellos pensaban sólo en llevar la máxima fiesta del fútbol mundial al último lugar del mundo.
Había jugadores enormes. Luis Eyzaguirre fue considerado el mejor lateral derecho del mundo. Hoy valdría millones de dólares. Raúl Sánchez fue el ejemplo en el que se basó Elías Figueroa, el mejor jugador chileno de todas las eras. Eladio Rojas hoy jugaba en cualquier liga. Cualquiera. Jorge Toro se fue a jugar a Italia donde aún es recordado. Jaime Ramírez transitaba la banda derecha hasta hacerla suya. Leonel Sánchez estaría hoy entre los grandes precios del mundo. Alberto Fouillioux habría vendido camisetas como loco y sería ídolo de multitudes. Honorino Landa y sus medias abajo dejaba pasmado a compañeros y rivales. Armando Tobar quizás era un actor de reparto en este grupo, pero no menos importante. Como Manuel Rodríguez, Carlos Campos, Adán Godoy, algunos que no eran titulares pero fueron parte de ese sueño.
No entraré en la discusión si es o no la mejor generación de futbolistas chilenos en la historia. Es inconducente. Estrafalaria. Injusta con la actual generación, que aún puede dar más. Pero por sobre todo no entraré en ese debate porque Armando Tobar y sus compañeros, así como el cuerpo técnico y directivo, son héroes nacionales. Y a los héroes se les respeta. Y jamás se les cuestiona.
Goles sagrados
¿Cuál es el gol que más gritaste en tu vida? Gritar un gol debe ser el acto más sincero que podemos realizar. Nadie te enseña a gritar un gol. Simplemente sale, fluye desde lo más profundo de ese sentimiento irracional que es el amor por la pelota y los colores de una camiseta. Pocas cosas festejamos más que un gol. Ninguna, en realidad. Ni un 7 en el colegio, ni la graduación, ni los sacramentos de la Iglesia. Nada. Volvemos a ser niños, espontáneos. Un grito de gol no se puede fingir, es imposible de simular o de recrear. No se actúa. Nuestros rostros se desencajan y no nos importa. Las extremidades pasan a ser la extensión de nuestras venas inflamadas. A menudo lo acompañamos con un garabato, no sé por qué.
Nada se compara con gritar un gol.
El periodista Patricio Abarca reúne algunos de los goles más importantes en la historia del fútbol chileno en su libro Goles Sagrados. Hay goles que se gritan porque resaltan una victoria histórica. Otros por su manifiesta belleza. Otros porque destacan un momento en nuestra propia biografía. Fijando como subjetivo límite el año 2000, Abarca repasa el gol de tiro libre de Leonel Sánchez a la URSS por los cuartos de final del Mundial del 62. Un golazo que fue convertido por el zurdo y también por Julio Martínez y su inmortal concepto, justicia divina. Eladio Rojas y el gol, algo reboteado, con que la Roja de Fernando Riera se subió al podio en ese mismo torneo. El de Carlos Caszely a Emelec, donde eludió a cuanto rival se le cruzó en la ruta, le hizo un túnel al arquero y entró a la portería, con balón y todo. El estadio coreó “se pasó, se pasó”. Está el gol iluminado de Elías Figueroa. El cielo se abrió un día nublado en Porto Alegre para alumbrar al mejor jugador chileno de la historia, quien con un certero cabezazo le daba el primer título brasileño al Inter. La chilena de Sandrino Castec, ante Argentina campeón del mundo batiendo a Ubaldo Matildo Fillol, el mejor portero del planeta. Patricio Yáñez a Paraguay en Asunción, los goles del Trapo Olivera por Cobreloa ante Nacional y Peñarol. Juan Carlos Letelier a Venezuela cuando Chile fue local en Mendoza antes del Maracanazo. El Mortero Aravena y su imposible gol de tiro libre a Uruguay. Marcelo Barticciotto a Boca Juniors y Luis Pérez a Olimpia, en el trayecto del Colo Colo campeón de la Libertadores 91. Iván Zamorano y el título del Real Madrid. Marcelo Salas y su infinito gol a Inglaterra en Wembley. Reinaldo Navia, cuando Chile derrotó a un estelar equipo argentino en Londrina y los dejó fuera de los Juegos Olímpicos.
Este tipo de recuentos nos invita a recordar, por ejemplo, goles muy gritados después del 2000. Fabián Orellana a Argentina, Mark González a Suiza en el Mundial de Sudáfrica, Charles Aránguiz eliminando a España, campeón del mundo, en Brasil 2014. El Huaso Isla a Uruguay en la Copa América del 2015, los penales de Alexis Sánchez y el gato Silva para gritar campeón del continente, Eduardo Vargas a Liga de Quito en la final de la sudamericana.
El mío fue el 27 de octubre del 2008. Centro de Juan José Albornoz, cabezazo con pique a tierra de Rodrigo Riquelme. Curicó subía por primera vez a la división de honor del fútbol chileno. Mi abuelo, dirigente ad honorem del albirrojo por 35 años, había muerto pocos meses antes, sin cumplir el sueño de su vida: ver al Curi en Primera. Lo grité hasta desgarrar el alma, hasta que se escuchara en el Cielo. Nunca gritaré un gol más que ese.
Ese es el mío. Y tú, ¿Cuál es el gol que más gritaste en tu vida?
El viaje eterno de Emiliano Sala
Emiliano Sala sentía que todo le costaba el doble. Que debía esforzarse más que el resto de sus compañeros. Era discutido por la afición pese a que convertía goles. Recordaba los años en su Argentina natal, donde comenzó a jugar muy pequeño, pero nunca logró enrolarse en un equipo profesional. Cuando un hombre decide perseguir la pelota como profesión, el destino lo puede conducir a latitudes lejanas. Por eso Sala, casi sin percatarse, terminó haciendo carrera en Francia, demasiado lejos de Cululú, su pueblo natal y de Progreso, en Santa Fe, donde dormían sus afectos.
Emiliano hizo goles. Vivía para convertir. Lo suyo no era la prolijidad o la abundancia de atributos. Conocer sus defectos mejoró su desempeño. De derecha, con empeine, la canilla, de rebote, desde el suelo, el argentino entendió que los tantos no valen dobles cuando son de bella factura. Así construyó una carrera laboriosa. Jugando por Orleans y Niort hizo muchos goles en divisiones menores. El salto a Primera le costó y en el Caen y Burdeos no anduvo. Hasta recalar en Nantes. Encontró allí su lugar en el mundo. Esa combinación inexplicable que nos regala el fútbol, cuando el futbolista se une con el técnico, sus compañeros y la afición, en una alianza que permite exhibir su mejor versión. Su nombre circulaba entre los hinchas. Su camiseta se vendía a montones. Los goles se multiplicaban, tanto que llegó a acercarse a la lista de máximos anotadores del torneo galo, compartiendo la cima con un campeón del mundo como Kylian Mbappé.
Hasta que llegó la oferta del Cardiff. No lo convencía por completo. La Premier League es un torneo tentador, uno de los mejores del planeta, pero el club peleaba los lugares secundarios de la tabla. Estaba cómodo en Nantes. Después de bregar tanto, al fin sentía que Francia era su segunda patria, pero el Nantes era su club. La oferta fue irrechazable, tanto para él como para el cuadro francés. El Cardiff nunca había ofertado tanto por un jugador. Confiaba en los goles de Sala.
Emiliano partió esa noche del 21 de enero del 2019. Eran las 20.15. El clima no parecía demasiado severo. El cielo encapotado no se veía como una amenaza, pese a la fragilidad en la aeronave que abordaría. Emiliano Sala pasó por el campo de entrenamiento. Se despidió de sus compañeros, su técnico y los funcionarios del club donde militó los últimos cuatro años. Prometió avisar cuando llegara a Gales. Llamó por teléfono a sus amigos y parientes. Estaba nervioso. Por primera vez jugaría fuera de Francia. Ya era grande, 28 años. Sabía que, como siempre, tendría que demostrar sus condiciones con más esfuerzo que el resto.
Despegó. Con la esperanza intacta. No hay sueño más pletórico que perseguir una pelota, en cualquier cancha. Ser niño para siempre. Como cuando en Cululú soñaba con ser jugador de fútbol. Cardiff lo esperaba. El frío, la lluvia, los hinchas, la Liga Premier. Emiliano Sala estaba feliz. Muy feliz. Lo mejor estaba por venir.
El ruido
Mauricio Cereceda era un buen amigo que conocí en el Liceo Luis Cruz Martínez de Curicó. Fue siempre el payaso del curso. Todos lo amábamos porque era divertido, simpático, chistoso, jovial. Sentado al fondo del aula, en un colegio sólo de hombres, interrumpía las clases con sus salidas jocosas que irritaban a los maestros. Por eso cuando la profesora de Historia entraba a la sala, saludaba con un cordial buenos días y decía ante todos: “Cereceda, fuera”. Mauricio se paraba y no tardaba en replicar. “Pero si no hice nada”. La respuesta de la profesora era demoledora. “Pero lo va a hacer. Váyase”. Cereceda tomaba su chaqueta, decía una broma antes de partir y abandonaba el salón.
Algo parecido pasa con Arturo Vidal. Esté o no involucrado en un acto de indisciplina, es apuntado de inmediato por los medios y la policía tuitera. Antes de conocer los hechos en detalle se da por descontado que el volante del Bayern Munich es culpable. Y se enarbolan múltiples teorías. Se recuerdan sus incidentes pasados. Se cuestiona su entorno. Se levantan teorías sobre su origen. Se culpa al consumo de alcohol de todos sus males. Se habla de que en Chile existe una supuesta impunidad hacia los tipos famosos. Se responsabiliza al entrenador por no tener mano dura. Se hace todo eso antes de determinar una pregunta que es clave. ¿Será cierto lo que dicen? ¿Es verdad la denuncia? ¿Qué dicen todos los involucrados?
Vidal padece una condena social de la que ha sido culpable en buena parte. Porque efectivamente ha protagonizado incidentes graves, donde ha cometido delitos. Manejar con alcohol en el cuerpo es un delito para todos en este país. Pudo provocar tragedias que por suerte no llegaron a concretarse. Pero esos hechos lo han marcado de modo tal que ahora, cuando alguien escucha un ruido que suene a indisciplina, la culpa es del hombre de San Joaquín. Sea cierto o no. Si la información no es precisa, da lo mismo. Lo importante es la severidad, la mano de hierro, al látigo y los castigos ejemplares.
Este martes hubo un incidente en el casino Monticello. Todo indica que están involucrados cercanos al futbolista. Que él estuvo allí, pero abandonó antes el lugar. En su día libre. Llegó a entrenar a la hora. No hay denuncia. No hay delito. No hay nada. Pero me pongo en la posición contraria. Asumamos que sea cierto, que existiera el día de mañana una denuncia real. ¿No es necesario comprobarla primero? ¿Vidal, o cualquiera, será siempre juzgado por lo que hizo alguna vez? ¿La gente no reconoce errores, no puede cambiar? ¿Se es culpable por sospecha?
La prisa le gana a la precisión. El prejuicio es más potente que la comprobación. El castigo más relevante que la solución. El grito más sustancioso que la verdad. Yo suponía que debía ser al revés.
PD. Mi amigo Mauricio Cereceda no dejó nunca de ser el genial payaso del curso. Por eso lloramos tanto cuando se fue y no hay día que no lo recordemos.
El peso del director deportivo
Si uno menciona el nombre de Ramón Rodríguez Verdejo quizás nadie lo conoce. Si decimos Monchi lo detectarán algunos pocos, los más futboleros. Uno de los grandes méritos del actual director deportivo de la Roma es pasar casi desapercibido para el gran público. Pero su trabajo silencioso lo ha convertido en una estrella en el fútbol del más alto nivel.
Monchi fue un arquero discreto. Una vez retirado siguió trabajando en el Sevilla, su último club, hasta llegar a ser director deportivo del club andaluz. Desde ahí trazó las directrices de su nuevo oficio. El equipo blanco venía de un gris período deportivo y su caja económica era escuálida. Por eso Monchi puso el foco en las divisiones inferiores y en un trabajo de captación de jugadores jóvenes y baratos no sólo en España, sino que contrató veedores en todo el mundo. Eso que los siúticos llaman scouting.
Los resultados no llegaron de un día para otro. En el Sevilla entendieron que la construcción de este nuevo club era lenta pero potente. Monchi golpeó la mesa con un concepto que en este lado del mundo no se entiende aún: el director deportivo arma el plantel. Él contrata, transfiere, arma el equipo, busca los refuerzos. El entrenador se dedica a dirigir, gestionar lo que tiene.
En su período al frente del club surgieron de la cantera futbolistas como Sergio Ramos, José Antonio Reyes Calderón, Jesús Navas. Todos transferidos después en cifras millonarias. Contrató a Julio Baptista, Dani Alves, Carlos Bacca, Luis Fabiano, Gary Medel, Seydou Keita, Alvaro Negredo, Federico Fazio, Franco Vásquez. Todos rindieron en la cancha y después fueron traspasados en cifras muy superiores a su adquisición.
En su período el Sevilla ganó cinco Europe League con dos entrenadores. Juan de Ramos y Unay Emery, dos casi desconocidos antes de fichar en el equipo andaluz.
La temporada anterior el mercado de fichajes sorprendió por un traspaso inédito. La Roma contrataba no a un jugador pretendido por todos, sino que sumó a un nuevo director deportivo: Monchi dejó el Sevilla después de quince años para asumir ese rol en el cuadro italiano. En su primera temporada llegaron a las semifinales de Champions eliminando al Barcelona. Luego vendieron al arquero brasileño Alisson Bécker al Liverpool a cambio de 87 millones de dólares. Hoy Monchi aparece en la órbita del Manchester United.
En Chile muchos se sorprenden que el Tati Buljubasich y Marcelo Espina armen los planteles en Universidad Católica y Colo Colo, antes incluso de contratar a un entrenador. Les comunico que es el sino de los tiempos. Para allá va la cosa. En Europa mandan los directores deportivos. Hay que actualizarse o, al menos, no sorprenderse tanto.
El Mecanismo
El Mecanismo es una notable serie brasileña que emite Netflix. Está inspirada en el origen del caso Lava Jato. Describe como los entrampados poderes económicos en Brasil terminan contaminando todas las esferas. Política, millonarios, policía, fiscales, empresarios medianos, medios de comunicación, incluso la forma de operar de los trabajos más artesanales. Todo. Porque lo importante no son los montos en dinero ni los sobornos millonarios. Lo realmente dañino es el mecanismo para conseguir el poder.
El mecanismo es lo que afecta las instituciones del fútbol chileno, graficadas esta semana en Colo Colo y en el regreso de Gabriel Ruiz Tagle a la testera de Blanco y Negro. Cambie los nombres y el color de la camiseta y verá que el mecanismo es idéntico. Cambie la pelota de fútbol por una sala de colegio, una camilla de hospital, un peaje en la carretera, un féretro en un cementerio y verá que lo que se reitera es, otra vez, el mecanismo.
Porque en Chile un dirigente como Gabriel Ruiz Tagle puede volver al fútbol. Cerebro de la colusión del papel higiénico, una maraña que generó que por años todos los chilenos pagáramos el doble y triple por un producto de uso diario. En Chile la legislación permite que las empresas que realicen estos fraudes después puedan autoinculparse, buscar una salida alternativa, prometer un monto compensatorio, no pagarlo y que no les pase nada. Nada. Pese a que los estatutos de la ANFP sancionan a los dirigentes que mantengan vínculos con barristas, en el caso Ruiz Tagle esto resulta ser letra muerta. Sus nexos con la barra brava de Colo Colo fueron reconocidos por ambas partes. En Chile pueden sentarse en una mesa a conducir el club más popular de todos, un empresario cerebro de la colusión, otro involucrado en el caso Cascadas, el abogado de un reconocido sacerdote abusador. ¿Por qué? Porque pueden.
El espíritu insaciable es lo que no deja de sorprender. Ya son propietarios de todo. De la educación, de las carreteras, de los hospitales, de los medios de comunicación, de la vida y de la muerte. Pero el hambre insaciable de poder los llevó al fútbol. La pelota es transversal. Llega a todos y eso genera dividendos económicos y políticos. Mauricio Macri en Argentina, Sebastián Piñera en Chile, Horacio Cartes en Paraguay, son ejemplos de aquello.
El mecanismo se reproduce. Se regula. Y tiene la habilidad de camuflarse. Se esconde en un clásico ganado, en un gol convertido, en una vuelta olímpica, en una entrada de cortesía, en un nuevo director deportivo, en un técnico carismático. Porque la pelota es mágica. Todo lo puede.
No se equivoque. El problema no son sólo los nombres. Es el mecanismo. A ese cambio hay que apuntar.
El Matador de Wembley
11 de febrero de 1998. Uno de esos días que no se pueden olvidar. Para los que somos futboleros, la pelota va marcando nuestra biografía. La línea de tiempo la marcamos con esos partidos imborrables, sean victorias enormes o derrotas que calan en el alma.
No vi el golazo de Marcelo Salas hasta varias horas después. Ese mismo día tocaba U2 en Chile por primera vez. Una banda enorme que venía en un momento donde su evidente decaída musical era apenas una insinuación. Aún estaban arriba. Tenía Entrada en galería. Había que llegar temprano al estadio. No era fácil sacrificar el partido entre Inglaterra y Chile que se jugaba en Wembley.
Con los audífonos instalados y la radio sintonizada, grité el primero. Escuchaba a los narradores y describían una belleza. Quienes esperaban el concierto me preguntaban detalles. De Salas. Gol de Salas, les conté. Eran otros tiempos. Ganar en Europa era impensado. Hoy no es así. El tiempo a veces transcurre para mejor.
Segundo tiempo y se repite la escena. Penal, grité. Y los vecinos de galería seguían atentos a mi relato. Grité el gol alargando el festejo. Un espontáneo Ceacheí se escuchó muy fuerte cuando les anuncié que el partido había terminado.
El concierto fue un cañón. Mezcla de canciones nuevas, que nos obligábamos a seguir, con clásicos estelares de los irlandeses. Un show que yo jamás había visto. Llevaba dos años en Santiago. Los conciertos eran un mundo que recién estaba conociendo.
Las luces se apagaron. La música jamás dejó de sonar. Pasaron algunos minutos. Tres o cuatro, no más. La pantalla gigante se encendió y la imagen del Coto Sierra nos avisaba la sorpresa que U2 nos regaló a los asistentes. Ahí, en pantalla gigante, con Bono, The Edge, Larry Mullen y Adam Clayton ataviados con la camiseta de la selección chilena, vimos el brinco equilibrado de Marcelo Salas, el latigazo de zurda, una acrobacia perfecta, un golazo maravilloso. El estadio estalló. Acto seguido, Marcelo Salas encarando al defensor Sol Campbell. Le muestra la pelota, se la esconde, gambetea, sale por el otro costado. Penal. Ejecución perfecta. U2, irlandeses, cada derrota de Inglaterra es un gustito mayor para ellos. Y para nosotros, chilenos que aún ganábamos poco, era una noche celestial. Perfecta.
Dios es guionista de fútbol. 15 de noviembre del 2013. Chile vuelve a jugar contra Inglaterra en Wembley por segunda vez. Otra vez gana 2-0. Dos goles de Alexis Sánchez, un futbolista que creció admirando a Marcelo Salas más que a cualquier otro. Esa noche el Matador estaba en el estadio. Ya retirado, recibió un homenaje. Todavía era el máximo anotador en la historia de la Roja. El propio Sánchez necesitaría cuatro años para superarlo.
Esa noche de noviembre estuve en Wembley. Como dice un amigo mío, gracias fútbol. Entrevisté a Marcelo Salas. Cuando terminó la charla subió a la tribuna. Antes de tomar la escalera, un corpulento hombre lo detiene. Se dan un enorme abrazo. Era Sol Campbell. Esta vez sí logró detenerlo, pensé.
El camino es la recompensa
Muchos dicen que ganar es lo único que vale. Que la historia tiene un sitio reservado únicamente para quienes se suben en la parte más alta del podio. Ser hincha de Curicó es aprender desde chico que eso no es cierto. Que cada historia merece ser contada. Que en cada caída se abre una nueva oportunidad y que el dulce sabor de la victoria no se obtiene de casualidad, sino que es producto de la lucha, del entusiasmo, del trabajo y esa condición infinita que se llama ilusión.
Esta vez la historia del albirrojo tiene un final feliz. Hay que gozarla y recordarla como se merece. Somos nosotros, los testigos privilegiados de una campaña formidable, los encargados de no dejar que este período quedé sepultado alguna vez por las garras del olvido. Dicen los ancianos, los más antiguos de la tribu, que solo se muere quien es olvidado. Inmortal es todo aquel que es recordado. Dicen los vetustos que la historia está condenada a ser recuperada. Solo quien respeta la historia puede construir una nueva y mejor aún.
El camino es la recompensa. Este trabajo busca eso. No contarles sólo el final de la película. Narrar a través de imágenes y testimonios cada uno de los peldaños para llegar a la cumbre. Perseguir el detalle minucioso que pudo cambiar el relato. Descubrir aquello que no se ve a simple vista y que guarda en su esencia la verdadera razón de este campeonato magnífico. Lo esencial, muchas veces, es invisible a los ojos.
Hay nombres, rostros, testigos, protagonistas, secundarios, dirigentes, jugadores, titulares, suplentes, cuerpo técnico, funcionarios, fanáticos y no tan fanáticos. Todos. Hay más días buenos que malos. Hay muchos triunfos y pocas derrotas. Hay prudencia y explosión al final. Hay una caravana al norte, una peregrinación al desierto, El Salvador, nueva tierra santa para estos colores. Por cada victoria hay un homenaje a todos quienes alguna vez vistieron esta camiseta con la fe de ser campeones y que no pudieron lograrlo. Su camino también es una ofrenda. El respeto por ellos también es tan inmenso como perpetuo.
El camino es la recompensa. No se puede gritar campeón sin haber perdido. No se puede ser el mejor sin haber visto de cerca el color de la derrota más feroz.
Este es el repaso de la mejor campaña de Curicó Unido en toda su historia deportiva.
Saludos campeones.
Don Lucho
Advierto que esta columna es parcial y subjetiva. Si usted espera que el cronista sea una especie de ente equilibrado, no siga leyendo. Este texto nace desde el agradecimiento de un periodista que, como todos, también es hincha de un club.
La primera vez que fui al estadio La Granja de Curicó tenía dos años. Mi abuelo me llevó el día en que dejé de usar pañales. Fuimos a un partido de Tercera División. El rival y el resultado no fueron retenidos por quienes me contaron esta historia. Ya con memoria, fui por años, domingo a domingo, al mismo sitio. Ningún panorama era mejor que ir a ver al Curi. Muchos años en Tercera División. Otros tantos en Segunda. Provengo de una familia que participó en la fundación del club y en su mesa directiva. Las reuniones muchas veces fueron en mi casa. A los futbolistas los conocí ahí. Entré a la cancha, al vestuario, viajé con el plantel de honor a todas partes. Fui un niño feliz. Muy feliz.
El sueño de mi vida era ver jugar a Curicó en Primera. Algo que para muchos es una condición obvia, mínima. Yo no pedía más que eso. Jugar alguna vez en la división de los grandes. Ser parte de la mesa central. Con eso me conformaba.
Estuvimos cerca varias veces, pero el sueño siempre quedó trunco. El partido que más sufrí en mi vida fue cuando Ñublense nos arrebató el ascenso de Tercera a Segunda en el último minuto de partido. El técnico de los chillanejos era Luis Marcoleta. Por eso cuando, el mismo técnico que me hizo tanto sufrir, fue anunciado como nuestro entrenador, fui uno de los frunció el ceño. Por suerte me equivoqué.
En un año Marcoleta, junto al grupo de jugadores, me cumplieron aquel sueño imposible de ascender. Lo criticaban que jugaba feo, que el equipo era mezquino, que ganaba siempre por la mínima. Don Lucho defendió con argumentos su forma de ver el fútbol, de jugar de acuerdo a los futbolistas que tenía disponibles.
Después bajamos. El técnico se fue. Al poco tiempo regresó y volvimos a ser campeones. Más de 20 fechas sin perder, el equipo perdió un solo partido en el campeonato. Subimos tres partidos antes del cierre.
Yo sé que pocos lograrán entender esta columna. Porque estamos en la dictadura de los ganadores, la que olvida que para jugar al fútbol necesitas mucha gente. Entrenadores, jugadores, hinchas, que saben que jamás serán campeones. Nosotros somos así. Aunque cueste creerlo, no nos interesa ganar. No al cualquier costo. No es nuestra exclusiva prioridad. Como dice un buen amigo, soy del Curi aunque gane.
Pocos técnicos son más respetados por sus pares que Luis Marcoleta. No estamos hablando de un santo. El hombre es taimado. Es porfiado. Testarudo. Un poco cascarrabias. Pero nadie ha tenido la paciencia de explicarme un partido como lo hizo don Lucho conmigo.
Especialista en ascensos le dicen. Claro, lo consiguió con Talcahuano, Ñublense, Antofagasta, Curicó, Arica. Marcoleta es más que eso. Defiende un modo de jugar que no va a la moda de los tiempos. Y remar contra la corriente genera mi completa admiración, en el ámbito que sea.
Hace un tiempo, en el aeropuerto de Copiapó, con la Copa de campeón entre sus manos, don Lucho se me acercó. Me abrazó a mí y a mi hermano. “Este título es también para tu abuelo que ya no está”, me dijo.
A un tipo así, yo lo respetaré por siempre. No cabe otra opción.
Dando pena
El diagnóstico está claro hace rato. Ni siquiera es discutible. Hace un buen rato los equipos chilenos dan la hora en los torneos continentales. La eliminación de la Unión Española, anteriormente la de Colo Colo, dejó a los representantes chilenos en la fase de grupos de la Libertadores reducidos a lo que podrá hacer la Universidad Católica e Iquique, los dos que accedieron a la gesta de manera directa. Es decir, la opción de aumentar los cupos se desvaneció rápidamente. La chance se perdió en cancha, lo que es peor.
Lo de Unión Española fue inapelable. El equipo de Martín Palermo fue superado futbolísticamente en los dos partidos. Porque en el primero, jugado en Santa Laura, The Strongest fue superior. Con más voluntad que juego los rojos igualaron en el segundo final. El desastre en La Paz, la goleada sufrida, refleja lo que ocurrió en cancha. No fue una caída con marcador exagerado. El equipo de Martín Palermo fue menos en todos los aspectos del juego. Fútbol. Dinámica. Velocidad. Aspecto físico. Concreción. Todos
La pregunta es ¿Por qué?
¿Por qué los equipos chilenos no son protagonistas de los torneos internacionales?
¿Por qué, con escasas excepciones, hace al menos cinco años ninguno avanza a frases protagonistas?
¿Por qué crecen clubes de Ecuador, Bolivia, Uruguay, Colombia y no de Chile?
¿Por qué el último bicampeón de América a nivel de selección no tiene correlato en los clubes?
Las respuestas son variadas, pero provienen de un tronco común. El declive sostenido de la competencia interna y la pulverización del trabajo en cadetes.
Muchos creen que para andar bien en el terreno internacional basta con contratar cuatro o cinco refuerzos potentes. Error. La experiencia lo demuestra. Y no sólo en Chile. Para un éxito sostenido y no pasajero, la claridad y coherencia en la política deportiva es clave. El presupuesto es importante. El cuerpo técnico es relevante. Los sponsors son valiosos. Pero nada de eso vale sin material humano de calidad. Y eso se consigue con buenos torneos locales y un trabajo en menores.
De todos los yerros que se pueden asignar a las sociedades anónimas deportivas a la chilena, el pecado más grande es el retroceso a nivel de cadetes. No han comprendido que salir campeón del torneo local no es la vara. Es pelear afuera. Es sacar jugadores. Es darle un sentido social a una actividad que se nutre, precisamente, de pasiones. Muchas sociedades anónimas a la chilena piensan que inyectarle dinero al primer equipo es suficiente. No es así. No han conseguido siquiera ser campeones locales.
Hay excepciones. La Universidad Católica mantiene un cuerpo técnico en el tiempo. Lo respaldó en los peores momentos. Mantiene una base de jugadores hace rato. Pero padece de competencia interna para dar el salto internacional. Iquique viene trabajando bien. Ohiggins, Huachipato, Wanderers, se nutren históricamente de la cantera.
Los torneos cortos reducen toda competencia. A los cuatro o cinco partidos, con malos resultados, los técnicos salen de la banca. Porque ya va un tercio del campeonato y la pelea por levantar la corona o por no descender, ya está demasiado avanzada. Usar juveniles por decreto y no por calidad propia termina siendo un balazo en los pies, una solución contraproducente. No existe un apoyo al trabajo, sino un reglamento obligatorio que cumplir.
El diagnóstico lo conocen todos. Pero a la hora de levantar la mano para votar en el Consejo de Presidentes, los parámetros son la reducción económica, el ahorro, los menores desplazamientos, los contratos más cortos. Todo alejado de la pelota. Alejado de los futbolistas. Y muy alejado del señor que se sienta en la galería. En la época en que los clubes han recibido mayores aportes económicas en toda la historia del balompié nacional.
Mientras tanto, seguimos dando pena. Porque cuando un equipo chileno fracasa a nivel internacional, fracasamos todos. Todos los clubes. Toda la competencia. Toda la industria. Todos los que juegan. Y también los que no jugamos. Todos.
27 de octubre del 2008
Era lunes. Rara vez se juegan partidos los lunes. Pero ese día era lunes. En la víspera se habían realizado elecciones municipales en todo el país. El campeonato estaba suspendido.
Curicó Unido se jugaba esa tarde en el estadio La Granja el partido más importante de su historia. Una bitácora escrita por algunos socios que en medio de su delirio, en el primer lustro de la década del 70, tuvieron la idea de reunir a todos los equipos de la ciudad en uno solo. Un equipo que lograra aglutinar voluntades y pasiones y crear una sola identidad. Fundaron Curicó Unido. Uno de esos geniales dementes fue mi abuelo Osvaldo Arcos Méndez, el socio número 5 del club.
Ese lunes era el final de una historia y el comienzo de otra. Me crie en ese estadio. En el antiguo. Ese de madera añeja, con los mismos porteros semana a semana. Ese del antiguo marcador y la pista de ciclismo al costado. Mi abuelo me llevaba a la cancha desde que aprendí a caminar. Me metió a la cancha. Al camarín. Era mi casa. Sigue siendo mi casa. Vi al equipo en Tercera, en Segunda, en Primera B. Si ganábamos ese lunes 27 de octubre del 2008, lo vería por primera vez en la división de honor, en la máxima categoría, en Primera División. Los gigantes que veía por tv llegarían a jugar a mi estadio. Ni siquiera en mis sueños alcanzaba a dimensionar eso. Yo me confortaba con ver jugar al Curi, al albirrojo de mi corazón, contra quien fuera. Es difícil de explicarle a los hinchas de equipos grandes el sentimiento de crecer sin ser protagonista. Sin querer serlo tampoco. Radicar tu sentimiento en otros valores. Aprender a porrazos. Con llantos. Perder mucho más que ganar. Y seguir queriendo. Querer todavía más. Nunca dejar de cantar. Nunca dejar de amar.
¿Y si perdíamos ese lunes? ¿Si el equipo de Marcoleta, del Chuleta Vásquez, Riquelme, el Cachi, el Mariachi Núñez, el Jota Albornoz, el de Bibencio Servin, del Guagua González, de Juan Carlos Muñoz no era capaz de vencer a Puerto Montt esa tarde? No pasaba nada. Nada que no hubiera ocurrido antes. Al domingo siguiente estaríamos igual. Algunos físicamente. Otros a distancia, con el oído y el corazón pegado a nuestra tierra. Porque nosotros no somos hinchas del Curi. Nosotros somos el Curi. El Curi es nuestro. No de un millonario inversor que se lo compró como quien adquiere un juguete, una prenda de ropa o un negocio lucrativo. Es nuestro. De los viejos y de los nuevos. De los que crecimos en el estadio que se caía, pero también de los actuales. En el Curi no sobra nadie. Por eso debemos cuidarlo.
Pero esa tarde ganamos. El Paragua Riquelme saltó por arriba de todos. Le ganó a todos. Acertó un cabezazo y provocó el grito de gol más eufórico y desgarrador que aún recuerdo. Lo grité tanto, con tanta fuerza, que estoy seguro que el socio número 5, que se había ido de este mundo pocos meses antes, lo escuchó con nitidez. Nadie merecía más que él estar ahí. Y no estaba.
El Curi no es mi equipo. No son mis colores. Es mi casa. Es mi familia. Es uno más en la mesa de mi almuerzo. Es mi infancia. Mi recuerdo más bello. Mi único panorama. Mi inquietud. Mi preocupación. Mi llanto. Mi alegría.
El Curi es mi amor.
Ese 27 de octubre del 2008 fuimos campeones. Ascendimos. Duramos poco. Pero eso nunca nos importó. Como dice mi amigo Claudio Olmedo, curicano hasta los huesos, yo soy siempre del Curi. Aunque gane.
Oportunista
Primera y última vez que explicaré algo tan básico que no merece explicación, pero en vista a los ataques burdos, ególatras y gratuitos surgidos en los últimos días a propósito de la publicación de una investigación periodística titulada Bonvallet: Descubriendo la Historia del Gurú, es necesario. En el 2016 hay gente que llama a boicotear libros. No comprarlos. Están en su derecho de decir y pensar lo que quieran. Así como yo y cualquier periodista está en su derecho, el 2016, de investigar sobre un tema, personaje y fenómeno y publicar esos resultados, sobre todo si tiene una editorial que lo respalda.
En este país mucha gente peleó y hasta murió por defender la libertad de expresión. Lo fácil es defender la opinión que compartimos o esa que nos favorece. Lo complicado es defender la libertad de quien piensa diferente a nosotros. Defender su derecho a expresarse aunque no comparta nada de lo que dice. Yo no llamo ni llamaré a no leer a mis críticos. No llamo ni llamaré a cambiar de radio o bloquearlos por twitter. No diré que son poco éticos u oportunistas. Diré, porque creo en la verdadera libertad de expresión y no en la censura, que tienen todo el derecho a pensar, decir y expresar lo que quieran, aunque no deje de pensar que a ratos son injustos y profundamente irrespetuosos.
Me acusan de ser poco ético por escribir un libro de Eduardo Bonvallet por no haber sido su adherente, incluso un crítico feroz a su forma. Lo sigo siendo en algunos aspectos. No es personal, sino conceptual. Estuve, estoy y estaré en contra de cualquier comentario racista, xenófobo, clasista, venga de quien venga. ¿Es necesario explicar eso? Parece que sí. Si uno lee el libro, en la primera página, primera página, asumo mis diferencias con Bonvallet. Asumo, reconozco y admito que más de alguna vez provoqué sin razón, dije comentarios de picado, por algún palo gratis que me había pegado. Asumo y reconozco mi inmadurez y mi error. Para entender eso hay que leer el libro. Ni siquiera completo. Con dos páginas bastaría. Criticar un texto sin leerlo nos lleva a cometer errores de interpretación gigantes.
No era amigo de Eduardo Bonvallet. No era cercano. ¿Eso me inhabilita a investigar a un comentarista que, me guste o no, representó un fenómeno de masas, un fenómeno que escapó a una cancha de fútbol y que influyó en miles y miles de chilenos? ¿Los periodistas reporteamos solo aquello que nos gusta? ¿Es necesario escribir solo de los amigos? Un argumento tan baladí que se cae solo. Patricia Verdugo no debió escribir Los Zarpazos del Puma. María Olivia Monckeberg no debió escribir sobre la Maquinaria para Defraudar. Jorge Baradit no debió meterse en la historia de Chile. Manuel Salazar y Ascanio Cavallo no debieron reportear La Historia Oculta del Régimen Militar. Juan Cristóbal Guarello no debió escribir junto a Luis Urrutia sobre Las Historias Ocultas del Fútbol Chileno. No debí escribir sobre Gary Medel. No soy su amigo. No soy su cercano. Lo he reporteado mil veces. Pensé que de eso se trataba este trabajo.
Si alguien piensa que yo utilizaré mis plataformas de trabajo para pasar cuentas, demuestra una vez más que no ha leído el libro. Criticar un libro que no se ha leído es, conceptualmente, incomprensible. Llamar a no comprarlo, a no leerlo, es aún más grave, sobre todo si viene de personas con quienes compartimos profesión u oficio. El periodista jamás, nunca, en ninguna circunstancia, es noticia. Primera clase, primera hora, primer día de periodismo, primer año. Eso me enseñaron y al menos yo entendí.
¿Por tener diferencias con Bonvallet significa que escribiré cosas en su contra? Una muestra más que no han leído nada del libro. Un pequeño spoiler. Ex compañeros como Claudio Palma, Rodolfo Araos, Eugenio Cornejo, Rodrigo Sepúlveda, narran historias increíbles, donde a través de diferentes ejemplos muestran a un Bonvallet capaz de pelearse con quien sea para defender a su gente. Mario Alcaide, su mejor amigo en la vida, alejado del fútbol, cuenta como fue capaz de levantarse de sus peores caídas, en un testimonio estremecedor. Juan Pablo Dávila relata como la experiencia de la cárcel los terminó uniendo para siempre. León Cohen siquiatra y ex compañero en la Universidad de Chile, relata con detalles minuciosos la estructura siquiátrica de un hombre que padecía un trastorno bipolar, que lo hacía tener estados de genialidad y brillantez y caer en pozos muy profundos. Dice Cohen que hablar del caso de Bonvallet es detenerse en la salud mental de los chilenos, un tema aún tabú. Carlos Espinosa, volante de la UC, campeón con el equipo de Mario Salas, cuenta cómo volvió al fútbol profesional que había abandonado, por la influencia de quien fue su entrenador universitario. Douglas Rebolledo, conocido artísticamente como Douglas, relata una historia increíble. Fue Bonvallet, su jefe en Adidas, quien impulsó su carrera como cantante. Jean Pierre Bonvallet, su hijo, no esconde detalles con la generosidad de quien no tiene nada que ocultar, para que los lectores conozcan aspectos desconocidos de su padre. Porque era su padre. Tanto Jean Pierre como Daniela, su hija mayor, han tenido una generosidad enorme con quien escribe. Han sido respetuosos de mi trabajo. No han puesto trabas. No han hecho llamados públicos a no leer el libro. No han llamado a quemar las páginas. Emiten juicios respetuosos en privado y en público. Ellos, ambos, me dijeron una frase que no olvido. “Mi padre podría estar muy en contra tuya, podías caerle muy mal, pero jamás te iba a censurar”.
No todos hablan bien de Bonvallet en el libro. Porque es parte de su historia. Parte el personaje. Luces y sombras.
Pero para eso hay que leer el libro antes de criticarlo.
Oportunista, me dicen, por escribir un libro de Bonvallet, por lucrar con su imagen. Ninguno de ellos, ninguno, me dijo algo parecido por escribir libros sobre Gary Medel o sobre esta generación notable de futbolistas. ¿Lucran los periodistas deportivos por escribir sobre Vidal, Bravo, Alexis? ¿Lucra el periodista argentino Pablo Paván de la figura de Jorge Sampaoli en su notable trabajo No Escucho y Sigo, la mejor biografía del casildense publicada? ¿Lucra el periodista español Guillem Balague al escribir Pep Guardiola, Otra Manera de Ganar? ¿Lucra Javier Rebolledo, gran periodista chileno, del dolor de las víctimas al escribir La Danza de los Cuervos, libro que todos deberíamos leer? Argumento al revés. ¿Quiénes dicen que soy aprovechador, que lucro por escribir sobre Bonvallet, no hacen lo mismo al ponerse en una vereda extrema opuesta? ¿No sería eso lucrar de la figura de Bonvallet? ¿No han lucrado por años de su popularidad? Yo creo que no. No haré llamados a comprar el libro tampoco. Cada uno puede opinar y pensar lo que quiera. Yo también tengo ese derecho. Daniella Bonvallet me dijo que su padre era tan grande que podían escribir 500 libros sobre él y todos con temáticas diferentes. Y yo creo que tiene razón.
Dicen que me las doy de biógrafo de Bonvallet. Llamativo, cuando el primer capítulo del libro se titula Esto No es una Biografía. Es cosa de leer antes de juzgar.
Si se trata de escribir solo de los amigos, que los buenos amigos de Eduardo Bonvallet escriban un libro o varios. Yo los leería feliz. Jamás, pero jamás, llamaría a boicotearlo, a no leerlo. Y no lo juzgaría sin antes leerlo. Por prudencia. Por educación. Por ética profesional.
Las manos de Bravo
Claudio Bravo es un buen arquero. Un muy buen arquero. Para mí gusto, un gran arquero, el mejor de la historia nacional. Las cifras, las estadísticas, las copas y las presencias así lo demuestran. Pero no lo está pasando bien en su primera temporada en Manchester City.
En el fútbol, la mejor actitud es la aptitud. En eso Bravo no falla. Pero el fútbol también es confianza, tanto personal como colectiva. Y el cuidavallas de la selección falla en ambas instancias.
El oriundo de Viluco es autocrítico. Seguramente sabe mejor que nadie que esta no ha sido su mejor temporada. Nadie debe decírselo. La crítica inglesa ha sido feroz, despiadada, a ratos con inusuales faltas de respeto, esas que uno no lee cuando se trata de futbolistas europeos. Ha tenido responsabilidad individual en algunos goles encajados. Uno ve jugar a Bravo en el City y la diferencia de confianza con el que se pone bajo el arco de la Roja es evidente. El que juega por Chile parece inexpugnable. Irradia seguridad.
Pero en la mayoría de los goles que le han convertido, las culpas son compartidas. La defensa del Manchester City otorga licencias enormes en cada partido. Y eso se debe a varios factores. Hay un nuevo entrenador, uno de los mejores del mundo como Pep Guardiola, pero que aún no logra adaptar su modelo al fútbol inglés. En el catalán el sistema está por sobre los nombres. Y parece que aún no logra percatarse que su notable visión de fútbol no puede ser ejecutada por cualquier jugador. Una buena melodía es básica, inspiradora, pero requiere de intérpretes destacados. No es lo mismo un equipo con Messi, Xavi, Iniesta, Busquets, Villa, Pique, Dani Alvés, Puyol, en el 2010, que Zabaleta, Otamendi, Kompany, De Bruyne, Agüero, el 2016, por buenos jugadores que sean.
En el caso de la defensa, la falta de confianza, la comunicación, la descoordinación, generan desastres como los primeros veinte minutos contra el Leicester. No sólo jugaron mal. No sólo fueron permeables. No sólo falló Bravo, con responsabilidad quizás en uno de los goles, sino que el equipo jugó como más le acomoda al once de Ranieri.
El camino en una campaña es importante para el análisis y para la evaluación. Pero lo más relevante es ver cómo termina la historia. Van 15 fechas. Son 38. ¿Alguien imaginaba en el torneo anterior, con esta cantidad de partidos jugados, que el campeón sería el Leicester?
Yo creo que no.
Por último ¿En serio creen que Joe Hart es mejor arquero que Claudio Bravo?
Ya poh.
Pónganse serios.
Hablemos en serio.
Chile ganó…
La primera final perdida que recuerdo fue en la Copa América de 1987. Chile cayó con Uruguay por la mínima. Lloré desconsolado. Sentí que la gloria siempre se iba a brazos ajenos. A nosotros los chilenos nunca nos tocaba. Tuve que esperar hasta el 2015 para celebrar un título con la selección.
Esta derrota en la final de la Copa Confederaciones fue diferente. Estoy más viejo, pero lloro más que antes cuando la emoción aparece sin anunciar. No derramé una sola lágrima. Sentí rabia. Fastidio. Este equipo no mereció perder la final. Al menos no jugó menos que su rival de turno. Caer nunca es bueno, menos en un deporte de alta competencia. Pero este cotejo, este sinsabor, sólo confirma lo que algunos defendemos con pasión. La forma siempre es importante. Fundamental. El modo. El método. No es lo mismo ganar jugando mal con un penal inventado que vencer por goleada mostrando un buen juego. Y no es lo mismo perder colgados al travesaño, haciendo la hora, pegando chuletas, que caer peleando, dominando las acciones, generando ocasiones, ahogando al rival, sea quien sea. Es perder igual, estamos de acuerdo, pero enfocarse en la forma es la pócima para encontrar un estilo, preservarlo y defenderlo. Eso hace Chile. Eso, por definición, es una victoria.
Chile perdió la Copa Confederaciones, pero ganó. Ganó en la confianza renovada de Claudio Bravo, elegido el mejor arquero del torneo. Llegó al certamen tras una temporada agria en el Manchester City. Una lesión le impidió estar en los amistosos y los dos primeros pleitos. Volvió con la seguridad propia de uno de los mejores del mundo en su puesto. Contra Portugal tuvo una noche heroica.
Chile ganó. Ganó dos laterales que hicieron un torneo formidable. Mauricio Isla y Jean Beausejour son indiscutibles, casi irremplazables. Lo mismo que la pareja de centrales, Gary Medel y Gonzalo Jara. Paulo Díaz asomó como un reemplazo a tener en cuenta.
Chile ganó. Ganó jugadores de jerarquía extraordinaria, como Alexis Sánchez y, sobre todo, Arturo Vidal, que demuestra partido a partido que su nivel alcanza registros asombrosos. Ganó Charles Aránguiz quien no tuvo una buena temporada en la Bundesliga y jugó contra Portugal uno de esos partidos que se quedan enquistados en la memoria.
Ganó Chile. Ganó en Pedro Pablo Hernández una nueva variante. Me atrevería a decir que en esta Copa Confederaciones el Tucu Hernández se quedó con una camiseta de titular para las eliminatorias.
Perder nunca es agradable. Será el cuerpo técnico y los jugadores quienes saquen conclusiones más tajantes. Los de afuera, los de palo, solo opinamos, sin que nuestra voz sea necesariamente relevante. Desde esa vereda secundaria me parece que esta historia no ha terminado. Chile debe asegurar su clasificación al Mundial de Rusia del próximo año, para ir a recuperar aquello que un accidente le arrebató. El sueño de seguir mostrando una forma, un estilo, una ideología que ya parece adjetivo: jugar a la chilena. Y eso es una victoria por dónde se le mire.
Chamaco
Cada vez que Esteban Paredes anota un gol, revisamos el tablero de las estadísticas para ver cuántos goles le faltan para alcanzar el récord de Francisco Chamaco Valdés. Hablamos mucho del actual goleador de Colo Colo, por razones obvias, pero nos referimos poco al poseedor del registro, uno de los mejores jugadores chilenos de todos los tiempos.
Hay que decir que Chamaco no era delantero. Pese a eso anotó más goles que nadie en Chile. 215 goles, cifra aún no superada. Repartida a lo largo de los años porque nunca fue el máximo anotador de un certamen. Lo suyo no fue una racha, fue una secuencia. Siempre había alguien que convertía más goles que él, pero nadie lo hizo por tanto tiempo. Es el segundo máximo anotador de Colo Colo, con 205 conquistas, tres menos que Carlos Humberto Caszely.
Fue uno de los principales estandartes del Colo Colo ’73, aquel equipo de Luis Alamos que rozó la gloria en la Copa Libertadores. No era un mozuelo Valdés para esa época. Ya contaba con 30 años. Era un futbolista maduro, con peso. Como los grandes futbolistas, Chamaco no destacaba únicamente por sus alardes personales. Generaba que el resto jugara mejor. Sacaba el mejor rendimiento posible a sus compañeros. Caszely, Véliz, Ahumada, Messen, Galindo, vivieron su mejor época cuando jugaron en el mismo equipo que Chamaco.
Era un líder dentro y fuera de la cancha. Lo reflejan un par de historias. En pleno proceso rumbo al Mundial de Alemania 74, todos sabían que Valdés y Carlos Reinoso, el crack del América de México, no tenían una buena relación. El Zorro Álamos los conminó a dejar las diferencias de lado, porque ambos serían titulares en la Copa. Había que elegir al capitán. Astuto como era, el técnico reunió a todo el plantel para llevar el asunto a votación. Ofreció la palabra. El primero en hablar fue Elías Figueroa. El zaguero del Inter de Porto Alegre argumentó que Chamaco era el indicado. Había muchos jugadores de Colo Colo en el plantel, conocía al cuerpo técnico, venía jugando desde hace años. Para Elías no había dudas. La jineta debía llevarla Francisco Valdés.
Álamos se paró en medio del camarín.
“Listo. Chamaco entonces. A entrenar”. Nunca hubo votación. La voz de Figueroa era aval suficiente.
Ser capitán del equipo no era sólo asistir al sorteo y elegir el lado. Chamaco Valdés intercedió personalmente para que Hugo Lepe, ex mundialista del 62, arquitecto reputado, creador del Sindicato de Futbolistas, fuera liberado tras su detención en el estadio Nacional en los primeros meses de la dictadura. Cuando Chile preparaba el viaje al Mundial de Alemania, una orden emanada desde la Junta, prohibía que el paramédico Hernán Chamullo Ampuero fuera parte de la delegación, por su cercanía política con la izquierda. Consideraban que era un peligro de fuga. Sospechaban que podía pedir asilo en Europa. Chamaco no dejó espacio para la duda. Se reunió con los dirigentes chilenos.
-Si Chamullo no viaja, tampoco viajo. Y varios compañeros están dispuestos a sumarse.
Ampuero fue incluido. Y no se fugó ni pidió asilo político tras el Mundial.
Esteban Paredes se merece los elogios que recibe semana a semana. Es un goleador incombustible. Es probable que supere el récord de Chamaco. Por eso es bueno revisar la historia de Francisco Valdés, todavía el máximo goleador en torneos nacionales. Un hombre cuya historia va mucho más allá de sus 215 goles.
El Big Bang del fútbol chileno
Julio del 2007. La selección chilena sub 20 disputaba el Mundial de la categoría en Canadá. El plantel conducido por José Sulantay entrenaba esa tarde en las afueras de Edmonton, una de las tantas sedes que tuvimos que recorrer como enviados especiales. El equipo chileno se había instalado en la llave de los cuartos de final. Debía viajar pronto a Montreal para enfrentar a Nigeria. Había sido uno de los elencos estelares en el campeonato. Jóvenes jugadores como Vidal, Isla, Medel, Toselli, Carmona, Suárez, Larrondo, Currimilla, habían mostrado un nivel que prometía y eso que su principal figura, Alexis Sánchez, había jugado a cuentagotas por una rebelde lesión.
Julio del 2007. A muchos kilómetros de ahí, en Venezuela, la selección absoluta disputaba la Copa América. El técnico era Nelson Acosta. El flamante presidente de la ANFP, Harold Mayne Nicholls, trazaba las primeras líneas de su plan de acción. Tras una jornada libre, varios futbolistas chilenos protagonizaron un escándalo en el hotel que los alojaba en Puerto Ordaz. Alcohol, lanzamiento de quesos y jamones, acoso a una de las empleadas del hospedaje, entre otras perlitas. Una vez más el fútbol chileno mostrada lo peor de su rostro.
En Norteamérica nos enterábamos del incidente ocurrido en Venezuela. Tras el entrenamiento me quedé charlando, como casi todos los días en ese torneo, con José Sulantay. En confianza le comenté que la información que manejábamos es que Nelson Acosta no seguiría al frente de la Roja tras ese bochornoso episodio. El plantel se le había ido de las manos. Otra vez.
-Y a usted profe, quién le gustaría que fuera el próximo técnico de Chile.
Sulantay no tardó ni tres segundos en darme su candidato.
-Bielsa. No hay otro. Marcelo Bielsa.
Mi cara de incredulidad fue inmediata.
-No se viene ni cagando-, le contesté.
El técnico de la sub 20 me lanzó una batería de argumentos.
-Bielsa sabe que fuimos hace dos años a un Mundial sub 20. Ahora estamos jugando otro. Ya tiene más de 30 jugadores con potencial. Hay una nueva dirigencia. Está todo dado para que diga que sí. Hay que ofrecerle algo serio.
No le creí. Y como casi siempre, el Negro tenía razón. Porque Bielsa dijo que sí. El rosarino tomó a esas dos generaciones de mundialistas juveniles para trazar un trabajo potente. El paso del trasandino por la banca de Chile fue como el de Fernando Riera a finales de los 50 y comienzos de los 60. Fundacional. Más que obtener resultados, dejó un camino trazado. Claridad en los conceptos. Ética del trabajo. Estilo de juego. Y un cambio de mentalidad que partió en una cancha de fútbol y se extendió a las gradas, a los hinchas y también a la prensa. Su germen tiene a Chile, diez años después, en una situación muy diferente a la narrada hace una década. El archivo no muerde. De vez en cuando es bueno mirarlo y darse cuenta cuando comenzó esta parte de la historia. El Big Bang del fútbol chileno.
Hace diez años nuestras estrellas se lanzaban jamón por la cabeza. Hoy acaban de perder la final de la Copa Confederaciones, han ganados dos Copa América y luchan por clasificar a su tercer mundial consecutivo. No todo tiempo pasado fue mejor.
Alguna vez que nos toque
Final feliz.
Partido raro.
Resultado justo.
Trámite variable.
Cambios acertados.
Errores arbitrales a favor.
Actuaciones individuales enormes.
Todo eso es cierto. Todo eso ocurrió en noventa minutos, en el triunfo más importante de Chile en esta clasificatoria. Porque al vencer a Uruguay la Roja suma 20 puntos, con 18 unidades aún por jugar. Restan tres partidos en casa ante rivales abordables. En el papel. Paraguay, Venezuela y Ecuador. Si Chile gana los tres va a Rusia. Y si rescata unidades en visitas complejas como Argentina, Brasil o Bolivia, mejor todavía.
Pero eso es futurismo. Fútbol ficción. Hablemos del presente.
En el primer tiempo, Uruguay le dio un toque a Chile. Antes del gol de Cavani, la Celeste tuvo tres ocasiones claras de gol. Claras. Nítidas. Gol del delantero de PSG a los 16 minutos de juego. Y después un evidente penal no cobrado por falta de Claudio Bravo a Luis Suárez.
Alguna vez que nos toque.
En el último minuto del descuento del primer tiempo, el equipo de Pizzi alcanzó el empate. Sin merecerlo. Jugada enorme de Alexis Sánchez, primer centro preciso de Jean Beasejour y Vargas, sin despegarse del suelo, ante la indiferencia de la zaga uruguaya, anota el empate. El gol que siempre le hacen a Chile.
Alguna vez que nos toque.
El segundo tiempo Chile marcó diferencias a través de un partido deslumbrante de Alexis Sánchez. Los 40 mil asistentes al Nacional podrán decir que vieron una presentación histórica del nortino. Hizo el segundo tras un regate antológico y el tercero tras una cesión magistral de Marcelo Díaz y soportando la marca de la defensa celeste, que se preocupó más de bajar al delantero que de la pelota.
Alguna vez que nos toque.
Pero el partido fue más que eso. Pizzi acertó con los cambios. Vidal, un enorme futbolista, no estaba en condiciones físicas. Entró un Valencia explosivo, sin nada que perder. Ingresó Roco a soportar. A los líricos seguramente no les gustó que Chile defendiera con cinco, pusiera tres al medio y dejara dos atacantes. Porque eso no es “ofensivo”. Pamplinas. No hay mejor forma de ser ofensivo que planear un partido y que te dé resultados.
Al otro lado Tabarez sacó a Carlos Sánchez, el mejor del primer tiempo. Cavani y Suárez, el mejor 9 del mundo, fueron controlados. Chile se soltó después del segundo gol. Hubo espacio hasta para el burlesco olé.
Chile pateó tres veces al arco. Hizo tres goles.
Alguna vez que nos toque.
Sobre el final, Claudio Bravo tapa un penal a Luis Suárez, demostrando por enésima vez, pese a las incomprensibles críticas, que es un golero de otra categoría. Y Chile termina abrochando un partido duro, complejo, que en el primer tiempo pintaba para goleada en contra. Suma cuatro de seis puntos en esta doble fecha eliminatoria. Y Rusia ya no se ve tan lejos.
Alguna vez que nos toque.
Abre los ojos, somos campeones
Era una promesa. Una de esas que uno anuncia sin creer que deberá cumplir. El primer día en suelo norteamericano, en la víspera al partido de Chile contra México en San Diego, le comenté a mis amigos que en la maleta venía una sola camisa y una sola corbata. “Si llegamos a la final, me la pongo para ir al estadio”. Los testigos se rieron, pues me conocen y saben que pocas cosas me provocan mayor irritación que vestirme de esa forma. Eso que algunos llaman formal.
Lo odio. Con el alma.
Chile perdió con México. Después perdió con Argentina en el debut. Jugó pésimo contra Bolivia pero ganó un partido que quizás no merecía. Pero ganó. Después se goleó a Panamá, pero era lo de menos. Las críticas llovían de todos lados. Que la generación estaba agotada. Que sin Sampaoli el equipo no andaba. Que Bravo atajaba sólo en Europa. Que Sánchez había extraviado el fuego sagrado. Que Vidal pasaba puro peleando. Que Vargas no le hacía un gol a nadie. Quienes no criticábamos tanto al equipo éramos apuntados con el dedo. Nos decían blandos y otra serie de improperios que no vale la pena detallar. No sabíamos de fútbol, obvio. Tratábamos de quedar bien, obvio.
Hasta que Chile llegó a Santa Clara a enfrentar a México. Lejos, el mejor estadio de la Copa Centenario. Una verdadera ciudadela con todo lo necesario para ver el partido, disfrutarlo, para trabajar, para salir en vivo y con una cancha magnífica para jugar. Una verdadera experiencia. Calor sudoroso allí, a una hora de San Francisco, donde esa mañana en el muelle de Alcatraz recibí un llamado que ya agendaba nuestro retorno por si el equipo perdía.
Nunca, en los años que llevo reporteando, vi tanto hincha del contrincante chileno en el estadio. El porcentaje de mexicanos era una locura. Un estadio para noventa mil personas, repleto de hinchas del Tri.
Somos unos privilegiados en este trabajo. Vemos fútbol. Viajamos. Cubrimos eventos importantes y nos pagan por eso. Y de pronto, entre la vorágine del despacho, de la transmisión radial, de la cuña precisa, del satélite, tenemos la suerte de presenciar días históricos, que tú sabes que jamás se van a repetir. Esa tarde, en una caseta inmensa, junto a Patricio Barrera, Rodrigo Sepúlveda, Diego Sáez y la Carola Fernández, vimos a la Roja pulverizar a un rival de peso. Como nunca antes. Como nunca después. En cada uno de los siete goles nos mirábamos con asombro. Esto no para. No se detiene. El equipo sigue y sigue atacando. Y los que criticaban a Pizzi, Bravo, Medel, Sánchez, Jara, Vargas, mutaron de forma inmediata. Los blandos ya no éramos tan blandos. Los amargos, obviamente, le bajaban el perfil a un triunfo que no tenía comparaciones. El marcador es engañoso. 7-0. No es para volverse locos. Este México no es el de antes.
Lo que aún no han visto los amargos es que este Chile no es el de antes.
Nos fuimos a Chicago. Semifinal contra Colombia. Leímos que para la hora del partido se reportaba una tormenta diluviana. Antes de eso, Chile le había hecho dos goles a Colombia. La tormenta fue puntual y nos obligó a una transmisión eterna, con el entretiempo más largo de todos los tiempos. Volví a recibir los pasajes aéreos para volver al día siguiente. La reserva estaba hecha. Pero Chile ganó otra vez. Volvió a clasificar a una final de Copa América. Y otra vez contra Argentina.
Los amargos nos decían que Argentina no perdería esta chance. Que es otra cosa. Que el cuadro se abrió para la Roja. Que el equipo no mostraba grandes méritos más allá del orden. Que éramos obsecuentes.
Me tuve que poner la corbata. Con 30 grados, en Nueva Jersey y yo, con camisa y corbata. Nos instalaron en un mesón detrás de uno de los arcos, hacia donde atacó Chile en el primer tiempo. Ciento veinte minutos y Messi, Agüero, Di María, Higuaín, Lavezzi no le hicieron goles a Chile. Expulsaron a Marcelo Díaz, Alexis jugó lesionado, Vidal a media máquina.
Penales. Uno tras otro. El relato del Pato Barrera era dueño del sonido en ese sector donde estábamos rodeados de hinchas argentinos. Bravo, que ya le había sacado a Agüero un cabezazo con una tapada sobrenatural, le ataja el penal a Biglia. Si Chile anotaba era campeón.
Entre que el Gato Silva tomó la pelota en sus manos y la puso en el punto penal, la memoria futbolística se activó. Las veces que vi perder a Chile. El llanto en la final del 87 contra Uruguay. Mi papá consolándome, prometiéndome que alguna vez seríamos campeones. El penal de Alexis casi un año antes. El grito delirante. Los mismos amargos de ahora, que ya eran amargos antes, celebrando igual que todos. Mis tres hijos, pegados a la tele, con la fe de ver a la Roja ser campeón. Campeón. Ganar. Un verbo que yo jamás pude conjugar en la infancia. Porque nos enseñaron a perder, pero no a ganar. Porque crecí en un país lleno de miedo, de carencias, de puertas cerradas, de poco cuidado. Porque el Gato Silva nos podía convertir en bicampeones de América. Dos veces seguidas. Contra el mejor del mundo al frente.
Y fue gol. Y lo grité sin contenerme nada. Porque la objetividad no existe. Porque ganar se siente bien. Porque nunca grité un gol de chico. Porque mi hijo menor, de seis años, ya vio a Chile ganar dos veces la Copa América. Yo me demoré casi cuarenta años. Y mi abuelo no lo vio nunca.
Igual que el 2015, me abracé con mi amigo Diego Sáez. El destino nos puso juntos, otra vez, mientras el Pato Barrera se rompía la garganta alargando el grito de gol.
-Abre los ojos Bombo. Somos campeones-, le dije, con emoción. Con pasión. Con algo de rabia.
Los argentinos que estaban alrededor se comportaron como unos señores. Hidalgos. Mentiría si digo que escuché una mala palabra o un insulto. Nada. El dolor era demasiado. Y fuimos respetuosos, en esa mesa llena de cables, con quienes perdieron esta vez.
Somos privilegiados. Nos tocó cubrir a la mejor generación chilena de todos los tiempos. La más ganadora. La única ganadora. La que nos obligó a aprender a ganar. A querer ganar. A soñar con ganar.
Abre los ojos. Somos campeones. Mi frase en el turbulento 2016.
Esa noche, reporteando hasta la madrugada, no había cansancio. En Times Square, con Sáez, con la Carola Fernández, con el Pato Barrera, nos encontramos con chilenos que festejaban. Los americanos nos miraban sin entender nada. No había nada que explicar.
Ahí recién abrí el correo con el pasaje de regreso.
PD. Los amargos dijeron que el torneo era de tono menor. Es que los amargos son como el Boca de Carlos Bianchi. No pierden nunca.
28 años
No fue idea mía. Guillermo Le Fort, productor de Deportes de Chilevisión Noticias llegó con la noticia. La noche anterior había debutado en Cobreloa por Copa Libertadores un muchacho de 15 años. Era toda una novedad. Un registro histórico. La precocidad del delantero que había enviado a la cancha Nelson Acosta era llamativa.
-Se llama Alexis Sánchez-, me dijo Guillermo.
Partí al aeropuerto Arturo Merino Benítez. Cobreloa pasaría por Santiago pues debía viajar al sur, a un destino que no recuerdo con precisión, a jugar por la liga local. Mi misión era hacerle una entrevista al muchacho Sánchez.
Admito que no lo conocía. Su nombre ya circulaba. Había ingresado en algunos partidos, pero en mi mente no tenía registrado su rostro. Esperaría ahí, en la zona de salida y abordaría al más joven del plantel.
A lo lejos distingo a Nelson Tapia, entonces arquero del cuadro loíno. Nos conocíamos hace un tiempo, sobre todo por los reporteos a la selección chilena.
-Oye – le digo- tengo que entrevistar a Alexis Sánchez. Y la verdad es que no lo ubico-. Mi confesión despertó una carcajada en el cuidavallas.
-Yo te lo traigo. Tranqui-.
A los pocos minutos aparece con un chico menudo, muy bajo de estatura, delgado, moreno, algo despeinado, con un polerón oscuro con tintes naranjas, propiedad del club.
-¿Cómo estás Alexis? – le digo, estirando la mano.
-Bien y usted-, me respondió con amabilidad, marcando de entrada nuestra evidente diferencia de edad.
Antes de comenzar la nota, a la que accedió de inmediato, Tapia le hizo una especie de coaching.
-“Ya Alexis. Respuestas cortitas y directas. No se meta en jardines”, le dijo mientras le ordenaba un poco el rebelde cabello.
La entrevista no duró mucho. El joven delantero de Cobreloa era de pocas palabras, que denotaban cierta timidez, aunque siempre estuvo dispuesto al diálogo.
El joven Sánchez me dio un par de declaraciones que en esta década hemos repetido en el noticiario una y otra vez, porque reflejan no sólo la pureza de un futbolista que soñaba en grande, sino que confirman que desde aquellos años estábamos en presencia de un jugador con una mentalidad diferente.
-“A mí no me gusta hablar mucho. Yo hablo en la cancha”. Esa fue una.
-“Estoy recién partiendo. Escucho todo lo que me dicen mis compañeros, porque no quiero que se me suban los humos a la cabeza”. Otra.
-¿Mi sueño? Yo quiero ser campeón del mundo”. Feroz para un chico de 15 años, que jugaba en Cobreloa y tenía pocos minutos en Primera División.
El resto de la historia ustedes la conocen tanto como yo. El talento de Sánchez y su precocidad llamaron de inmediato la atención. A los 16 jugaba en la selección adulta, fue tercero del mundo con la sub 20, jugó en Colo Colo, partió a Argentina, exitosa escala en Italia, palabras mayores en Barcelona, ídolo total del Arsenal, dos mundiales adultos, dos Copa América ganadas, futuro goleador histórico de la selección.
Alexis representa al Chile profundo. Esforzado. Provinciano. Lleno de carencias económicas y de educación, pero con la fuerza legendario que te dan los sueños por cumplir. A Alexis Sánchez le gusta el fútbol. Sigue jugando a la pelota. Rescata, como cada niño en este país, la energía y vitalidad que te embruja al ver correr un balón y perseguirlo. Alexis quiere pasárselos a todos y meter muchos goles. Eso es. La esencia del juego. La inocencia que aún tiene el fútbol. Fuera de las luces, los contratos, los triunfos, los fracasos, las coronas, la fama, el dinero, está jugar a la pelota. Simplemente divertirse con el juego más hermoso y democrático del mundo.
¿Por qué queremos tanto a Alexis? Porque pese a que hoy gana más dinero, es más grande, tiene un cuerpo más trabajado, hace más comerciales, mete goles en las mejores canchas, se codea con lo más selecto del planeta fútbol, sigue siendo ese chico en el aeropuerto, que a los 15 años, le confesaba a un desconocido que quería ganarlo todo. Absolutamente todo.
Hoy, 19 de diciembre del 2016, Alexis Alejandro Sánchez cumple 28 años. Y todavía quiere ser campeón del mundo.
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