martes, 13 de marzo de 2018
El Troll
El troll se siente importante. Le escribió al futbolista directamente. Le dice a sus amigos que es valiente, porque dice las cosas a la cara. Pero no las dice, las escribe. Y no es a la cara, es a través de letras. Y no usa su nombre, se esconde en un seudónimo falaz. El troll le escribe al tipo que sale en televisión. Lo insulta. Lo reprueba. Se burla de su apariencia. Lo denuesta. Desconfía de su seriedad profesional. Se rie de eso. Se lo comenta a sus otros amigos troll. Crean un grupo. Un sitio en internet. El troll no usa su nombre, obvio. El chiste se perdería si fuera frontal. La gracia es esconderse. Ocultarse. Si el futbolista o el periodista le contesta, el troll se enoja. Argumenta que no aceptan la crítica, aunque lo único que ha hecho es insultar. Si el futbolista decide seguir el hilo hasta descubrirlo, acusarlo legalmente, el troll dice que exageran. Se esfuma su valentía. Cierra sus cuentas. Le advierte a sus amigos troll que el asunto está escalando. Y los otros troll cierran la cuenta, por un tiempo. Después regresan, con otro nombre. También existe el periodista troll, que crea un personaje, usa un nombre ficticio y dispara contra sus colegas. Y los acusa de todo. A uno le dice que recoge menores de edad en las plazas públicas. A otro le dice que sus alumnos escriben sus libros. A otro le dice que su mujer lo engaña con un vecino. El troll se ríe y sus amigos también. Pero cuando le sacan el velo, cuando descubren su cara, el periodista troll llora desconsoladamente. Miente. Dice que no es culpable. Amenaza con acciones legales. Pide compensación a su honra. Se da cuenta que la vida no es tan agradable cuando lo trollean. Vuelve a su madriguera. A su mediocridad infinita. Lo que el troll no sabe es que nunca dejará de ser un troll. Peor que eso. Un troll del montón.
lunes, 12 de marzo de 2018
Ser del Curi
Si eres del Curi te gusta ganar, pero si pierdes no paras de alentar. Lo haces con más fuerza.
Si eres del Curi respetas a quienes visten la camiseta albirroja y los defiendes como si fueran parte de tu familia.
Si eres del Curi recuerdas con devoción a tus ídolos. A Lucho Martínez, al Chuleta, a Cáceres, al Lechuga, al Chala, a Churín, al Enano, al Beto y a todos los demás.
Si eres del Curi le sigues la pista a los ex albirrojos y te alegras cuando les va bien, jueguen donde jueguen.
Si eres del Curi sabes que hay dos partidos que no se pueden perder nunca. Contra Rangers y Ñublense.
Si eres del Curi celebraste cuando le ganamos a la U en La Granja, cuando eliminamos a Colo Colo de una Copa Chile, cuando Iquiqque le ganó a Trasandino, cuando le ganamos a Puerto Montt y subimos a Primera.
Si eres del Curi lloraste cuando nos fuimos a Tercera y no olvidas la derrota contra Ñublense cuando éramos por lejos, pero por lejos, el mejor equipo del torneo.
Si eres del Curi resguardas la imagen del Quito Gutiérrez, del Keno Horta, de Roque Mercury, de Guillermo Páez, de Eduardo Cortázar, de Luis Marcoleta.
Si eres del Curi no necesito decirte lo que se siente cuando el albirrojo entra a la cancha. Y si no lo eres, no saco nada con explicártelo. Nunca lo sabrás.
Si eres del Curi nunca dejarás de serlo. Ni siquiera cuando dejes de respirar.
Soy Liceano
Egresé del Liceo Luis Cruz Martínez de Curicó hace un par de décadas. Eran otros tiempos. Cuando le digo a mis hijos, a mis amigos, a mis colegas de profesión, que estudié en un colegio con educación pública y de calidad me miran con recelo. No me creen. Me interrogan como si me hubiese criado en otro planeta. Cuando les cuento que en ese tiempo no había jornada escolar completa y que nosotros mismos, los alumnos, coordinábamos para usar nuestra sala de clases en las tardes, donde el mejor de todos nosotros, el Pancho Molina, nos daba verdaderas lecciones de Química, Física o Biología, creen que es una historia inventada. Cuando les recuerdo que la mayor parte de mi curso ingresó a la Universidad a estudiar lo que sus sueños motivaban, me dicen que fui un privilegiado. Y es verdad. Fui un elegido. Tuve mucha suerte de pasar algunos de los mejores años de mi vida en el Liceo que algunos quieren cerrar.
Hasta hoy me defino como curicano y liceano, una característica que nos marca. En la esquina de Estado con Membrillar yo aprendí no solo de conocimientos enciclopédicos, sino que aprendí de lealtad, honestidad, esfuerzo, integridad. Valores que me acompañan en cada segundo, más allá de los errores cometidos. Yo no fui un hombre mal criado. Fui un mal aprendido en muchos aspectos de mi vida. Porque siempre me enseñaron el camino correcto y no siempre lo elegí.
Cuando salí del Liceo entré a estudiar a la Universidad de Chile, el alma de la República. No sólo no sentí ninguna diferencia en mi aprendizaje. Logré lo que jamás pude en mi paso por el colegio. Fui el mejor alumno de mi promoción. ¿Mérito mío? Nada. Me dieron las herramientas y yo las tomé porque entendí, dentro del aula y también afuera, que estaba esculpiendo mi futuro. En el Liceo aprendí que el hombre exitoso no es el que acumula bienes o tiene un buen pasar económico. El realmente exitoso es aquel capaz de conseguir sus sueños. Yo lo he hecho. Gracias a lo que aprendí en ese lugar que algunos quieren cerrar.
Tuve profesores que marcaron mi vida. Los mejores maestros que conocí no fueron en los estudios superiores. Fueron allí. Patricia Calixto creyó en cada uno de nosotros, sus más de treinta alumnos. Se preocupó de nuestro nivel académico, pero estaba mucho más pendiente de nuestras almas. Hasta hoy, de vez en cuando, nos manda un beso y un abrazo fraterno. Poca gente se la jugó por mí como ella, cuando yo era apenas un tímido alumno con deseos de escribirle al mundo que Curicó es la ciudad más hermosa de la tierra. No era nadie cuando ella me empujó a creer. Y eso jamás lo puedo olvidar.
María Ester Rojas me contagió el amor por los libros. La esencial, muchas veces, es invisible a los ojos. Eso lo aprendí en uno de los cincuenta libros que me hizo leer. Ella me enseñó a leer. Ella me enseñó a escribir.
El Pato Arévalo convirtió las matemáticas en diversión. El Mono Salazar nos trataba por el nombre, jamás por el apellido. Aída Detzel hablaba de historia sin jamás tener un libro para recordar detalles. Isabel Inostroza me enseñó que la única forma de crear una nueva historia es entender y respetar la antigua. Pilar Apraiz era tan amable y gentil que soportaba sus clases de biología pese a que no entendía nada. El cascarrabias de Benito Muñoz era dueño de una inteligencia sobrenatural. El profe Figueroa me puso un siete porque me sabía la formación de Huachipato 74, el equipo del que era fanático hincha. Tantos y tantos.
Pero lo más importante del aula eran mis amigos, los mismos a quienes saludo con un abrazo veinte años después. Rolando Calderón, mi hermano. No tengo otra forma de definirlo. Un hermano. Gabriel González, a quien también quiero como un hermano. Mi equipo de fútbol. Moreno, Navarro, Jean Paul, Osorio, Villagra. Mi colega Pablo Véliz, compañero de todas las peleas. El Camilo quien me prestó el teléfono de su casa para saber cómo me había ido en la Prueba de Aptitud. Fue Camilo el primero en abrazarme por los resultados. Los primos Quitral. El Chico Gómez. Sergio Núñez, vecino de mi abuela. Pinar, Sánchez, Aránguiz, Anselmo, Yoao, Cachete, Cristian Olave que se iba a mi casa a almorzar cuando el genial Pancho Molina nos enseñaba con paciencia supina. Alcaíno, su amigo total. Michael Miño y su música satánica. El Flaco Farías de Romeral. Y Malicho, nuestro adorado Malicho, que nos dejó llorando una pena que durará para siempre, pero que cuando lo recordamos solo podemos sonreír, con el alma plena, limpia, como era la suya. Malicho, en primero medio, fue el primero en decirme que me dedicara a lo que trabajo hoy. No hay día que no me acuerde de esa charla, en las salas del fondo, las ratoneras, donde los dos llegamos sin conocer nada, sin conocer a nadie.
Estamos en un país que ha despreciado la educación pública. Convirtió la enseñanza en una mercancía donde solo los elegidos pueden tener acceso a los mejores niveles. Lo mismo se replica en la salud, en las carreteras, en la vida y en la muerte. Soy hijo de la educación pública. Lo digo con orgullo.
Hace unos años mi hijo peleó con un compañero de curso. Al principio no quería decirme por qué. Hasta que confesó. El otro joven le dijo, a modo de insulto, “te crees alumno de colegio público”. Matías, mi hijo mayor, conocedor de mi origen y mi historia, lo mandó donde se merecía. A la cresta. Y si no lo separan, le pega un combo. “Mi papá estudió en colegio público y es más decente que tú”, fue su respuesta. No puedo sino emocionarme por su amor y su respeto.
¿En serio quieren cerrar el Liceo? Pueden ponerle candado si quieren. Derrumbar los ladrillos. Sacar el cuadro de la Batalla de La Concepción de la entrada. El busto de Luis Cruz Martínez. Pueden derrumbar los cimientos materiales, pero si no lo hacen solo retrataran de lo que están hechos: unos siervos del poder, del dinero, incapaces de mantener un lugar que es mucho más que un colegio. Pueden cerrar por fuera, pero jamás borrarán nuestros recuerdos, el descubrimiento de nosotros mismos. Jamás se llevarán a mis mejores amigos. A las mejores personas que conocí. Jamás podrán revertir la historia de esos profesores que eligieron enseñar a quienes teníamos los bolsillos secos pero muchos sueños por cumplir.
¿Quieren cerrar el Liceo? Lamento decirles que el Liceo A3 Luis Cruz Martínez de Curicó jamás morirá. Para eso estamos. Para impedirlo.
Goles Sagrados
Cuál es el gol que más gritaste en tu vida? Gritar un gol debe ser el acto más sincero que podemos realizar. Nadie te enseña a gritar un gol. Simplemente sale, fluye desde lo más profundo de ese sentimiento irracional que es el amor por la pelota y los colores de una camiseta. Pocas cosas festejamos más que un gol. Ninguna, en realidad. Ni un 7 en el colegio, ni la graduación, ni los sacramentos de la Iglesia. Nada. Volvemos a ser niños, espontáneos. Un grito de gol no se puede fingir, es imposible de simular o de recrear. No se actúa. Nuestros rostros se desencajan y no nos importa. Las extremidades pasan a ser la extensión de nuestras venas inflamadas. A menudo lo acompañamos con un garabato, no sé por qué.
Nada se compara con gritar un gol.
El periodista Patricio Abarca reúne algunos de los goles más importantes en la historia del fútbol chileno en su libro Goles Sagrados. Hay goles que se gritan porque resaltan una victoria histórica. Otros por su manifiesta belleza. Otros porque destacan un momento en nuestra propia biografía. Fijando como subjetivo límite el año 2000, Abarca repasa el gol de tiro libre de Leonel Sánchez a la URSS por los cuartos de final del Mundial del 62. Un golazo que fue convertido por el zurdo y también por Julio Martínez y su inmortal concepto, justicia divina. Eladio Rojas y el gol, algo reboteado, con que la Roja de Fernando Riera se subió al podio en ese mismo torneo. El de Carlos Caszely a Emelec, donde eludió a cuanto rival se le cruzó en la ruta, le hizo un túnel al arquero y entró a la portería, con balón y todo. El estadio coreó “se pasó, se pasó”. Está el gol iluminado de Elías Figueroa. El cielo se abrió un día nublado en Porto Alegre para alumbrar al mejor jugador chileno de la historia, quien con un certero cabezazo le daba el primer título brasileño al Inter. La chilena de Sandrino Castec, ante Argentina campeón del mundo batiendo a Ubaldo Matildo Fillol, el mejor portero del planeta. Patricio Yáñez a Paraguay en Asunción, los goles del Trapo Olivera por Cobreloa ante Nacional y Peñarol. Los dos de Juan Carlos Letelier a Brasil en el inolvidable 4-0 sobre Brasil en Córdoba por la Copa América de 1987. El Mortero Aravena y su imposible gol de tiro libre a Uruguay. Marcelo Barticciotto a Boca Juniors y Luis Pérez a Olimpia, en el trayecto del Colo Colo campeón de la Libertadores 91. Iván Zamorano y el título del Real Madrid. Marcelo Salas y su infinito gol a Inglaterra en Wembley. Reinaldo Navia, cuando Chile derrotó a un estelar equipo argentino en Londrina y los dejó fuera de los Juegos Olímpicos.
Este tipo de recuentos nos invita a recordar, por ejemplo, goles muy gritados después del 2000. Fabián Orellana a Argentina, Mark González a Suiza en el Mundial de Sudáfrica, Charles Aránguiz eliminando a España, campeón del mundo, en Brasil 2014. El Huaso Isla a Uruguay en la Copa América del 2015, los penales de Alexis Sánchez y el 'Gato' Silva para gritar campeón del continente, Eduardo Vargas a Liga de Quito en la final de la sudamericana.
El mío fue el 27 de octubre del 2008. Centro de Juan José Albornoz, cabezazo con pique a tierra de Rodrigo Riquelme. Curicó subía por primera vez a la división de honor del fútbol chileno. Mi abuelo, dirigente ad honorem del albirrojo por 35 años, había muerto pocos meses antes, sin cumplir el sueño de su vida: ver al Curi en Primera. Lo grité hasta desgarrar el alma, hasta que se escuchara en el Cielo. Nunca gritaré un gol más que ese.
Ese es el mío. Y para ti ¿cuál fue el gol que más gritaste en tu vida?
Chamaco
Cada vez que Esteban Paredes anota un gol, revisamos las estadísticas para ver cuántos goles le faltan para alcanzar el récord de Francisco Chamaco Valdés. Hablamos mucho del actual goleador de Colo Colo, por razones obvias, pero nos referimos poco al poseedor del registro, uno de los mejores jugadores chilenos de todos los tiempos.
Hay que decir que Chamaco no era delantero. Pese a eso anotó más goles que nadie en Chile: 215 goles, cifra aún no superada. Repartida a lo largo de los años, porque nunca fue el máximo anotador de un certamen. Lo suyo no fue una racha, fue una secuencia. Siempre había alguien que convertía más goles que él, pero nadie lo hizo durante tanto tiempo. Es el segundo máximo anotador de Colo Colo, con 205 conquistas, tres menos que Carlos Humberto Caszely.
Fue uno de los principales estandartes del Colo Colo 73, aquel equipo de Luis Alamos que rozó la gloria en la Copa Libertadores. No era un mozuelo Valdés para esa época. Ya contaba con 30 años. Era un futbolista maduro, con peso. Como los grandes jugadores, Chamaco no destacaba únicamente por sus alardes personales. Generaba que el resto jugara mejor. Sacaba el mejor rendimiento posible a sus compañeros. Caszely, Véliz, Ahumada, Messen, Galindo, vivieron su mejor época cuando jugaron en el mismo equipo con Chamaco.
Era un líder dentro y fuera de la cancha. Lo reflejan un par de historias. En pleno proceso rumbo al Mundial de Alemania 74 todos sabían que Valdés y Carlos Reinoso, el crack del América de México, no tenían una buena relación. El Zorro Álamos los conminó a dejar las diferencias de lado porque ambos serían titulares en la Copa. Había que elegir al capitán. Astuto como era, el técnico reunió a todo el plantel para llevar el asunto a votación. Ofreció la palabra. El primero en hablar fue Elías Figueroa. El zaguero del Inter de Porto Alegre argumentó que Chamaco era el indicado. Había muchos jugadores de Colo Colo en el plantel, conocía al cuerpo técnico, venía jugando desde hace años. Para Elías no había dudas. La jineta debía llevarla Francisco Valdés.
Álamos se paró en medio del camarín. “Listo. Chamaco entonces. A entrenar”. Nunca hubo votación. La voz de Figueroa era aval suficiente.
Ser capitán del equipo no era sólo asistir al sorteo y elegir el lado. Chamaco Valdés intercedió personalmente para que Hugo Lepe, ex mundialista del 62, arquitecto reputado, creador del Sindicato de Futbolistas, fuera liberado tras su detención en el estadio Nacional en los primeros meses de la dictadura. Cuando Chile preparaba el viaje al Mundial de Alemania, una orden emanada desde la Junta, prohibía que el paramédico Hernán Chamullo Ampuero fuera parte de la delegación, por su cercanía política con la izquierda. Consideraban que era un peligro de fuga. Sospechaban que podía pedir asilo en Europa. Chamaco no dejó espacio para la duda. Se reunió con los dirigentes chilenos.
-Si Chamullo no viaja, tampoco viajo. Y varios compañeros están dispuestos a sumarse.
Ampuero fue incluido. Y no se fugó ni pidió asilo político tras el Mundial.
Esteban Paredes se merece los elogios que recibe semana a semana. Es un goleador incombustible. Es probable que supere el récord de Chamaco. Por eso es bueno revisar la historia de Francisco Valdés, todavía el máximo goleador en torneos nacionales. Un hombre cuya historia va mucho más allá de sus 215 goles.
La Fórmula de Beñat
Si vieron jugar a Antofagasta cuando era dirigida por Beñat San José, no debería extrañar el modelo de la UC. Si vieron jugar al Bolívar cuando lo dirigía el técnico vasco, tampoco debería extrañar el desempeño de la Universidad Católica. El entrenador español cree en esta forma de juego. Y le funciona. Hasta ahora.
¿Juega mal la UC? No. Es posible que juegue sin brillo. Que no sea un equipo ofensivo. Que no genere demasiadas ocasiones de gol. ¿Eso significa jugar mal? Nadie que gana cinco partidos de manera consecutiva lo lograría si juega mal. Atacar todo el día y meter muchos goles no es la única forma de jugar bien.
Jugar bien también es no perder. Jugar bien también es ser aplicado. Jugar bien también es marcar. El equipo de Beñat hace algo poco común en nuestras canchas: marca. Lo hace en todo el campo. No se desgasta corriendo detrás de la pelota argumentado intensidad. A veces espera, pero recupera la pelota y sale rápido.
Jugar bien es recuperar el nivel de jugadores. Ampuero, Lanaro, Voboril, Llanos, Fuenzalida, Buonanotte, Diego Rojas. Todos están jugando mejor que el torneo anterior. En algunos casos mucho mejor.
Jugar bien es hacerlo mejor que tu rival. Es cierto que la UC ha ganado algunos partidos con lo justo, pero en los cinco que lleva hasta ahora, no ha sido superado ni en el trámite, ni en las ocasiones, ni en énfasis, ni en la propuesta. Hasta ahora, con apenas cinco fechas en juego, Universidad Católica ganó todos los partidos con justicia. Por mucho, por poco, pero con justicia.
Jugar bien es aprovechar el potencial que posee tu plantel. ¿La UC tiene jugadores para jugar de otra manera? ¿Sus futbolistas tienen características para modificar el esquema y con eso mejorar lo exhibido hasta ahora? Sospecho que no. Por eso debe aprovechar este vuelo, porque cuando lo afecten las lesiones, cuando tenga ausencias, le va a tocar perder. Y el ahorro conseguido sirve.
Jugar bien es comprometerse. Un nuevo técnico llega, dirige cinco partidos y los gana todos. Si eso no es convicción, no sé qué es.
No es lo ideal de fútbol. No es lúcido a la vista. No es muy ofensivo. Pero esta Católica demuestra que no existe una forma exclusiva de ganar. Beñat San José le agrega un matiz al debate futbolero, que a veces peca de uniforme, monocorde y excluyente.
Alexis en el Planeta Mou
Las críticas no tardaron en llegar. Alexis Sánchez no ha brillado en el Manchester United. Lleva apenas un gol y su rendimiento aún no exhibe el desequilibrio que tenía en el Arsenal. Algunos cuestionamientos están alejados de la pelota. Dicen que por ser el jugador mejor pagado de la Liga Premier debería compensar en cancha su alto salario. Nada que ver una cosa con otra. Hablemos de la pelota y encontraremos razones para la ausencia del Alexis impredecible, eléctrico, goleador.
En el Planeta Mou los jugadores no están por sobre el esquema. Nunca. Ni en el Porto, ni en el Chelsea, ni en el Real Madrid, ni en el Inter. En todos los equipos ganó, en todos contaba con enormes jugadores, pero en todos ellos el diseño que elabora el portugués es más importante que los intérpretes. Hagamos memoria. El Inter eliminó al Barcelona de Guardiola en una Champions. Lo hizo marcando con una línea de siete, donde Samuel Eto’o las ofició de lateral izquierdo con tal de defender la mínima ganancia. Ese Inter fue campeón de Europa.
Mourinho es un técnico que trabaja la pizarra. Sus jugadores son peones, torres, alfiles. Por eso no es extraño que en cada rueda de prensa el portugués alabe al chileno, pese a que sigue lejos del arco. Porque Alexis cae perfecto en su plan. Frente al Liverpool lo usó por la izquierda. Evitó la subida de los laterales. Metió al equipo en su zona hasta quedar 2-0 arriba. Y cuando tuvo que replegarse, terminó marcando y reventando balones sobre el final del partido, pegado a su banda. Como Eto’o hace algunas temporadas en Italia.
El técnico sabe que no será campeón este año. La distancia del Manchester City de Guardiola es irremontable. Su objetivo es ubicarse en posiciones de clasificación a Champions y subir todos los peldaños posibles en este torneo, certamen que el portugués ganó dirigiendo al Porto y al mencionado Inter.
Mourinho juega con un referente de área. En el Manchester es Lukaku. El esquema ofensivo converge en la figura del belga, quien responde con sacrificio y goles.
No es fácil llegar a un equipo a mitad de temporada y ser titular de inmediato. Sánchez lo ha hecho. Y si el técnico lo mantiene, tendrá sus motivos, algunos que son invisibles para los que no ven partidos, solo observan números y highlights. Cuando no le sirva, lo va a sacar, sin que le tiemble la mano, como a cualquiera.
Lo ha dicho Mourinho. La próxima temporada debería ser el despegue de su versión de Manchester United. En su plan tiene incluido a Alexis Sánchez. Extrañamos los goles y las actuaciones fulgurantes que el tocopillano tenía en Arsenal. Allá también lo extrañan, aunque no lo asuman públicamente. Pero ahora está jugando de otra cosa. No es la estrella del equipo. En el United la estrella es el entrenador y su esquema. Los soldados cumplen sus instrucciones. En eso el chileno no ha fallado.
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