lunes, 12 de marzo de 2018

Soy Liceano

Egresé del Liceo Luis Cruz Martínez de Curicó hace un par de décadas. Eran otros tiempos. Cuando le digo a mis hijos, a mis amigos, a mis colegas de profesión, que estudié en un colegio con educación pública y de calidad me miran con recelo. No me creen. Me interrogan como si me hubiese criado en otro planeta. Cuando les cuento que en ese tiempo no había jornada escolar completa y que nosotros mismos, los alumnos, coordinábamos para usar nuestra sala de clases en las tardes, donde el mejor de todos nosotros, el Pancho Molina, nos daba verdaderas lecciones de Química, Física o Biología, creen que es una historia inventada. Cuando les recuerdo que la mayor parte de mi curso ingresó a la Universidad a estudiar lo que sus sueños motivaban, me dicen que fui un privilegiado. Y es verdad. Fui un elegido. Tuve mucha suerte de pasar algunos de los mejores años de mi vida en el Liceo que algunos quieren cerrar. Hasta hoy me defino como curicano y liceano, una característica que nos marca. En la esquina de Estado con Membrillar yo aprendí no solo de conocimientos enciclopédicos, sino que aprendí de lealtad, honestidad, esfuerzo, integridad. Valores que me acompañan en cada segundo, más allá de los errores cometidos. Yo no fui un hombre mal criado. Fui un mal aprendido en muchos aspectos de mi vida. Porque siempre me enseñaron el camino correcto y no siempre lo elegí. Cuando salí del Liceo entré a estudiar a la Universidad de Chile, el alma de la República. No sólo no sentí ninguna diferencia en mi aprendizaje. Logré lo que jamás pude en mi paso por el colegio. Fui el mejor alumno de mi promoción. ¿Mérito mío? Nada. Me dieron las herramientas y yo las tomé porque entendí, dentro del aula y también afuera, que estaba esculpiendo mi futuro. En el Liceo aprendí que el hombre exitoso no es el que acumula bienes o tiene un buen pasar económico. El realmente exitoso es aquel capaz de conseguir sus sueños. Yo lo he hecho. Gracias a lo que aprendí en ese lugar que algunos quieren cerrar. Tuve profesores que marcaron mi vida. Los mejores maestros que conocí no fueron en los estudios superiores. Fueron allí. Patricia Calixto creyó en cada uno de nosotros, sus más de treinta alumnos. Se preocupó de nuestro nivel académico, pero estaba mucho más pendiente de nuestras almas. Hasta hoy, de vez en cuando, nos manda un beso y un abrazo fraterno. Poca gente se la jugó por mí como ella, cuando yo era apenas un tímido alumno con deseos de escribirle al mundo que Curicó es la ciudad más hermosa de la tierra. No era nadie cuando ella me empujó a creer. Y eso jamás lo puedo olvidar. María Ester Rojas me contagió el amor por los libros. La esencial, muchas veces, es invisible a los ojos. Eso lo aprendí en uno de los cincuenta libros que me hizo leer. Ella me enseñó a leer. Ella me enseñó a escribir. El Pato Arévalo convirtió las matemáticas en diversión. El Mono Salazar nos trataba por el nombre, jamás por el apellido. Aída Detzel hablaba de historia sin jamás tener un libro para recordar detalles. Isabel Inostroza me enseñó que la única forma de crear una nueva historia es entender y respetar la antigua. Pilar Apraiz era tan amable y gentil que soportaba sus clases de biología pese a que no entendía nada. El cascarrabias de Benito Muñoz era dueño de una inteligencia sobrenatural. El profe Figueroa me puso un siete porque me sabía la formación de Huachipato 74, el equipo del que era fanático hincha. Tantos y tantos. Pero lo más importante del aula eran mis amigos, los mismos a quienes saludo con un abrazo veinte años después. Rolando Calderón, mi hermano. No tengo otra forma de definirlo. Un hermano. Gabriel González, a quien también quiero como un hermano. Mi equipo de fútbol. Moreno, Navarro, Jean Paul, Osorio, Villagra. Mi colega Pablo Véliz, compañero de todas las peleas. El Camilo quien me prestó el teléfono de su casa para saber cómo me había ido en la Prueba de Aptitud. Fue Camilo el primero en abrazarme por los resultados. Los primos Quitral. El Chico Gómez. Sergio Núñez, vecino de mi abuela. Pinar, Sánchez, Aránguiz, Anselmo, Yoao, Cachete, Cristian Olave que se iba a mi casa a almorzar cuando el genial Pancho Molina nos enseñaba con paciencia supina. Alcaíno, su amigo total. Michael Miño y su música satánica. El Flaco Farías de Romeral. Y Malicho, nuestro adorado Malicho, que nos dejó llorando una pena que durará para siempre, pero que cuando lo recordamos solo podemos sonreír, con el alma plena, limpia, como era la suya. Malicho, en primero medio, fue el primero en decirme que me dedicara a lo que trabajo hoy. No hay día que no me acuerde de esa charla, en las salas del fondo, las ratoneras, donde los dos llegamos sin conocer nada, sin conocer a nadie. Estamos en un país que ha despreciado la educación pública. Convirtió la enseñanza en una mercancía donde solo los elegidos pueden tener acceso a los mejores niveles. Lo mismo se replica en la salud, en las carreteras, en la vida y en la muerte. Soy hijo de la educación pública. Lo digo con orgullo. Hace unos años mi hijo peleó con un compañero de curso. Al principio no quería decirme por qué. Hasta que confesó. El otro joven le dijo, a modo de insulto, “te crees alumno de colegio público”. Matías, mi hijo mayor, conocedor de mi origen y mi historia, lo mandó donde se merecía. A la cresta. Y si no lo separan, le pega un combo. “Mi papá estudió en colegio público y es más decente que tú”, fue su respuesta. No puedo sino emocionarme por su amor y su respeto. ¿En serio quieren cerrar el Liceo? Pueden ponerle candado si quieren. Derrumbar los ladrillos. Sacar el cuadro de la Batalla de La Concepción de la entrada. El busto de Luis Cruz Martínez. Pueden derrumbar los cimientos materiales, pero si no lo hacen solo retrataran de lo que están hechos: unos siervos del poder, del dinero, incapaces de mantener un lugar que es mucho más que un colegio. Pueden cerrar por fuera, pero jamás borrarán nuestros recuerdos, el descubrimiento de nosotros mismos. Jamás se llevarán a mis mejores amigos. A las mejores personas que conocí. Jamás podrán revertir la historia de esos profesores que eligieron enseñar a quienes teníamos los bolsillos secos pero muchos sueños por cumplir. ¿Quieren cerrar el Liceo? Lamento decirles que el Liceo A3 Luis Cruz Martínez de Curicó jamás morirá. Para eso estamos. Para impedirlo.

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