sábado, 30 de junio de 2018
Argentina y la dictadura del éxito
Si Argentina le gana a Nigeria puede pasar a los octavos de final de la Copa del Mundo. En otras condiciones sería un objetivo mínimo y provocaría alabanzas. O al menos una dosis de alivio después de una fase inicial llena de interrogantes. Pero el momento de la albiceleste es tan magro que ni siquiera la clasificación salva al equipo de Jorge Luis Sampaoli.
Por años Argentina fue el faro a seguir. Entre 1974 y 1990 tuvo dos entrenadores. César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo. Los dos fueron campeones del mundo. Luego vino Alfio Basile y ganaron dos Copa América. La última data de 1993 y es el último título trasandino a nivel de equipos adultos. En selecciones menores, con Pekerman, Tocalli y Ferraro fueron monarcas de la categoría sub 20. El traspaso a la selección absoluta dio para formar buenos equipos, ser protagonistas y mostrar un estilo. Pero no ganaron. Argentina llegó a tres finales consecutivas. Dos Copa América y el Mundial de Brasil 2014. Pero perdió las tres y a alguien se le ocurrió que eso era un fracaso.
La dictadura del éxito fue mal interpretada por quienes tomaban las decisiones. Consideraron que la historia la cuentan solo los ganadores. Craso error. Dilapidaron lo avanzado, sobre todo en la época de Sabella y Martino.
Y vino la locura.
Por las eliminatorias pasaron tres entrenadores. No hubo una adaptación a las nuevas condiciones. Se consideró que contar con Lionel Messi era suficiente para ganar con el peso de su nombre y de su notable historia. Entraron al Mundial en la última fecha y en la Copa, hasta ahora, sólo han reforzado lo que se ve hace un buen rato. Un desempeño con bajo índice colectivo y construido bajo el alero y soporte del zurdo del Barcelona.
Lo de Sampaoli es un estado de confusión absoluto. Su devoción por Messi le ha jugado en contra el propio jugador. Frases como "no le armé el equipo adecuado a Leo", generan alarma y nos confunden respecto al técnico que conocimos en Chile. En la forma de juego y en su modo de actuar, esta versión deslavada de Sampaoli no se parece en nada al que vimos. A un entrenador lo conocemos por su obra. Ohiggins, Universidad de Chile y la Selección siguen siendo el mejor registro del casildense.
Argentina no es candidato a ganar el Mundial. Nunca le fue, bajo el prisma del análsis del juego. Si podíamos incluirlo por su historia, por su carácter y por Messi. Pero hoy ni con eso alcanza.
Le puede ganar a Nigeria, por supuesto. Y clasificar a la siguiente fase. En las rondas de eliminación directa podría seguir avanzando, por qué no. Tapar bocas dirían algunos. Eso sería, otra vez, un craso error, esos que surgen cuando lo único que importa es ganar, da lo mismo la forma, el cómo, el método. La dictadura del éxito y los ganadores.
viernes, 29 de junio de 2018
Freno de Mano
Se acabó la primera fase del Mundial. Algunos dicen que el torneo de verdad arranca recién en octavos. Discrepo. La fase de grupos es esencial para probar equipos, corregir errores y llegar mejor posicionados a las fases de eliminación directa. Sin el proceso inicial, con todo lo calculador que tienen estos pleitos, veríamos juegos aún más especulativos en las llaves venideras.
Con algunas excepciones, ha sido un campeonato de partidos parejos, cerrados. Los grandes ya no parecen gigantes inabordables. En base a la corrección táctica, al juego prolijo y a una preparación física adecuada, los equipos de menor calidad le pelean los duelos a los que ganan siempre. Es cierto, en general siguen pasando los mismos, pero los partidos ya no son pan comido para nadie. Los favoritos son difusos y el peso de la camiseta ya no es suficiente para ganar.
Lo de Alemania fue un golpe inesperado. Un fracaso deportivo que tiene varias razones. Todos daban a los germanos como candidatos, menos ellos mismos. El técnico Joachim Low había hecho su diagnóstico hace meses. En noviembre del 2017 señaló que volver a levantar la Copa era una tarea casi imposible. En marzo del 2018 no sólo reforzó esta idea, sino que insinuó que el proceso de recambio que encabezaba no tenía intérpretes tan destacados como en antaño y que difícilmente escalarían muy arriba. Sin embargo el fracaso del campeón del mundo es puntual. El método de trabajo, la planificación, el sistema de recambio, la fuerza de su liga local, ha sido un plan exitoso por más de cinco décadas. Esa es la ventaja cuando el proceso es el que manda. Las caídas son dolorosas, pero puntuales.
Pareciera que los buenos equipos aún no se sueltan del todo. El temor a no perder es más fuerte que mostrar el potencial. Brasil es un equipo sólido, pero se enredó contra Suiza, a Costa Rica le ganó en los descuentos y a Serbia lo midió. México le hizo un partidazo a Alemania, pero terminó siendo una caricatura de sí mismo contra los suecos. Los escandinavos hacen todo bien, pero no deslumbran en ningún aspecto. Bélgica muestra buenos antecedentes, posee una plantilla estelar, pero le tocó una zona demasiado sencilla, lo mismo que Inglaterra. Francia tiene un plantel para volar, pero es cauteloso en todo momento. Croacia presenta buenas credenciales, posee futbolistas desequilibrantes, pero no le sobra demasiado. España ganó su grupo, pero no jugó bien ninguno de los tres pleitos. Portugal no es mucho más que un notable Cristiano Ronaldo. Uruguay posee una defensa sólida que cuando sube marca diferencias. Tiene dos delanteros capaces de desnivelar más allá del juego colectivo, pero su grupo tampoco era demasiado complejo. Colombia ganó su zona, aunque quince minutos antes del final estaba quedando fuera de todo. Argentina es un enigma mayúsculo. En 1990 y en el 2014 llegaron a la final sin jugar bien. El 86 levantaron la corona y fueron creciendo a medida que pasaban etapas. Uno de sus mejores planteles, el del 2002, se quedó afuera en la primera ronda. Este equipo jugó tres partidos. Mal contra Islandia, pésimo contra Croacia, buen primer tiempo contra Nigeria, discreta segunda parte. Pero tiene al mejor del mundo en cancha y cuando se enciende, cuesta bajarlo.
Freno de mano. Potencialmente hay equipos que podrían barrer con sus rivales, pero han sido egoístas en su exhibición.
Eso, o no son tan buenos como algunos creemos.
Veamos. Se supone que ahora arranca el mundial de verdad. Al menos eso dicen.
lunes, 25 de junio de 2018
Héroes (prólogo)
La vida de mi amigo Francisco Javier Millar era una mierda. Sé que suena duro. Cruel. Honestamente brutal. Pero es la pura y santa verdad.
Lo conocí el primer día de clases del Quinto Año Básico en la Escuela E-15 de Curicó. “La ratonera”, le decían en las escuelas cercanas. La llamaban así porque era un colegio muy pequeño. Contaba con ocho salas de clases, formando un cuadrado perfecto. En el medio estaba la cancha que nos servía para jugar fútbol, básquetbol, hándbol, al pillarse, al sol, al luche o a las bolitas. Un verdadero patio multiuso. La cancha era nuestro sitio de inevitable encuentro. No había forma de pasar desapercibido en la escuela. Los tímidos no teníamos forma de escapar.
Tenía 11 años cuando conocí a Millar. Él tenía 16. Había repetido de curso cinco veces. No había manera que pasara. Los profesores decidieron tomar medidas extremas. A partir de ese año lo calificarían con nota 4.0 en todas las pruebas o trabajos que rindiera. Ni siquiera los revisaban. Querían deshacerse pronto de él y no podían expulsarlo. El único modo era que egresara y elaboraron esta estrategia. Su mamá había rogado clemencia. En ninguna otra institución lo aceptarían con sus antecedentes académicos.
Mi amigo Millar no tenía un retardo mental. Simplemente el colegio no se le daba. No podía estudiar. Su cabeza no alojaba ningún conocimiento. Todo le costaba. Y a esa altura se había rendido. Ya no luchaba con su condición. Aceptó sin miramientos el acuerdo de los profesores. Con el 7.0 que se sacaba siempre en educación física le alcanzaría para pasar de curso y egresar de la Educación Básica a los 19 años.
Y así fue.
Millar no tenía amigos. Nadie se juntaba con él. No era particularmente simpático. Le costaba mantener una conversación muy extensa. Pero nosotros lo aceptamos. Formábamos un grupo de amigos con un solo denominador común. La pelota. El amor infinito e indescifrable por el balón. Hacerlo rodar todos los días, a toda hora, sin importar horario, condiciones climáticas, afecciones. La única fidelidad que manteníamos era con el balón, con esas pichangas del recreo que después trasladábamos a la primera cancha que encontrábamos disponible. De pasto, tierra, cemento, baldosa, maicillo, arena. Cualquier superficie servía con tal de armar un partido en el que se nos iba la vida.
Millar llegó un día a mirar mientras jugábamos, sin que nadie lo invitara. Se mantuvo atento junto a la línea esperando que alguno de nosotros dijera las palabras mágicas que todo amante del fútbol desea escuchar.
-Oye, ¿Quieres jugar?
Cuando se lo dije, ingresó feliz. Nunca fue un gran jugador. No era un dechado en virtudes. Discreto control de balón. Técnica irregular. Escasa visión panorámica. Débil en la marca. Pero tenía dos características que escaseaban en nuestro plantel: era zurdo neto y extremadamente rápido. Su velocidad era insuperable para cualquiera de nosotros. Cuando comenzaba a correr, a extrema ligereza, no había forma de frenarlo. El problema es que él tampoco sabía detenerse. Muchas veces partía disparado, raudo, hasta que la línea de sentencia le indicaba que la cancha le había quedado estrecha.
Nuestro equipo presentaba jugadores con rasgos variopintos. El Pepe, mi hermano, destacaba por su infalible juego aéreo. Rolando era un goleador de sangre fría. Amo y señor de la segunda pelota. Maldonado salía jugando desde el fondo. Pisaba la pelota con piruetas tan acrobáticas como poco efectivas. El Negro González era voluntarioso, muy rápido, ágil, potente. Su único problema es que el fútbol se jugaba con una pelota y él no sabía cómo tratarla. Le pegaba con fuerza cuando había que acariciarla. El Chito Navarro jugaba bien. Era grandote, zurdo, de buena pegada y pase preciso. Pese a su estatura, esquivaba los cabezazos. Jean Paul era el otro espigado del plantel. También era rápido, pero a veces sobregirado. Con él construimos el gol más bello que aún se recuerda en la cancha de la población Portales. Yo gozaba el fútbol dando pases. Mi placer estaba en ceder una asistencia para que un compañero mejor ubicado convirtiera. En ese gol controlé la pelota que venía muy alta. La anestesié, dejándola dormida junto a mi empeine derecho. Esquivé el Negro González que salió feroz a mi encuentro. La velocidad no estaba entre mis atributos. La habilidad, menos. La técnica atenuaba mis carencias. Eso me permitió asegurar una camiseta en el equipo titular. De reojo vi a Jean Paul corriendo por el costado derecho, marcando la opción de pase. Antes que llegara otro marcador a presionarme, lancé la bola, con una cucharita, directo a mi compañero, quien la tomó de volea y rompió el arco con un derechazo. Hasta los rivales nos aplaudieron.
Incluimos a Millar como lateral izquierdo. Cumplía su rol a cabalidad. Siempre jugaba con la misma ropa. Jamás lo vi con un atuendo distinto, aparte del uniforme escolar. Un pantalón grueso de cotelé, color café. Camisa de franela y un felpudo chaleco verde. Invierno o verano. Mañana o tarde, Millar siempre se vistió igual. Eso provocaba que su cuerpo expeliera un olor fétido, nauseabundo, que se impregnaba apenas te acercabas. Nos reíamos de su pestilencia con cierto disimulo. Después no camuflábamos, lo hacíamos con descaro. Millar respondía sólo con una mueca y seguía jugando.
Una vez enfrentamos a un equipo de la población Santa Fe. Mi papá, profesor de Estado pero también árbitro de vocación, consiguió que jugáramos en la cancha central del estadio ANFA, en las afueras de Curicó. Él sería el encargado de administrar justicia.
Tuvimos que conseguir un par de refuerzos para completar los once. Pese a que nadie me nominó como tal, asumí el rol de capitán del equipo y entrenador de la escuadra. Armar la formación titular era simple. Llegamos justo once. Era cosa de ordenarlos un poco en la cancha.
Convertí el primero. Tomé un rebote a la salida del área y le pegué de izquierda, mi pierna menos hábil. El remate ajustado se coló en la esquina del pórtico sur. Pronto nos empataron. Después se pusieron 2-1 arriba. En el arranque del segundo tiempo nos marcaron el tercero.
Mi papá siempre fue un árbitro justo. Pero, antes que todo, era un buen padre. Empezó a cobrar faltas inexistentes a favor nuestro. Amonestó a la mitad del equipo contrario. Le decía a nuestros defensores cuando avanzar las líneas y dejar a los adversarios en posición adelantada.
En una confusa maniobra Rolando marcó el 3-2. Cuando el partido estaba por terminar, Millar tomó la pelota en campo propio. Avanzó sin que nadie lo marcara. Adquirió velocidad. Cuando la retaguardia intentó detenerlo, ya era demasiado tarde. Mi amigo Francisco Javier Millar, el zurdo, el hediondo, el del suéter verde, iba lanzado. Entró al área y antes que reaccionara el arquero, definió con un toque sutil, borde externo, pegado al palo derecho.
Lo gritamos con todo. Olvidamos el hedor que brotaba de su cuerpo y nos lanzamos sobre él formando una pirámide humana con Millar en la base.
Apenas terminamos el festejo y quizás temiendo que el empate se nos escapara, mi papá pitó el final del pleito.
Maldonado fue a felicitar a Millar efusivamente.
-Grande Millar. Que golazo te mandaste-, le dijo mientras palmoteaba su grasienta espalda.
-Como los delanteros no servían, tuve que irme arriba y arreglar esto. No podíamos perder-, contestó con una sonrisa limpia y natural.
Juro que ese día vi feliz a mi amigo Francisco Javier Millar. Como nunca antes. Como nunca después.
Su vida se fue al barranco cuando terminó el colegio. Nuestra escuela sólo impartía educación básica. Terminado el octavo grado debíamos buscar otro establecimiento. Muchas alternativas no existían en ese tiempo. O te ibas a una institución privada, que mis padres no podían pagar o te ibas al Liceo.
Nos fuimos todos. La mayoría al Liceo, como yo. Nuestra historia terminó bien. Soy periodista. Mi hermano es fotógrafo. Rolando es abogado. El Negro González un reconocido agrónomo de la zona. El Chito Navarro es Ingeniero. Jean Paul trabaja en educación. Maldonado es profesor, novelista y poeta. Al mismo tiempo que se nos abría el mundo, a mi amigo Francisco Javier Millar se le cerró la única ventana de felicidad que tuvo alguna vez.
Su padre tenía una reparadora de calzado, pero nunca se hizo realmente cargo de su hijo. Jamás lo vi. Millar vivía con su madre y hermana, ambas con severos problemas siquiátricos. Cuando terminó la escuela comenzó a buscar trabajo, en cualquier cosa. Las ofició en una barraca. Duró poco. Postuló al servicio militar. Fue rechazado. Intentó laburar como auxiliar en un colegio. Fue despedido. Trató, pero las negativas fueron minando su optimismo.
Nos fuimos a estudiar en diferentes ciudades. Santiago, Talca, Chillán, Valparaíso, Temuco. Las pichangas desaparecieron. Millar se quedó sólo, sin nadie con quien jugar. Quizás por esa soledad o por su atormentado destino, se enredó pronto en las adicciones. Las drogas y sobre todo el alcohol, pasaron a dominarlo. De vez en cuando iba a mi casa, sabiendo que yo no estaba, a pedirle dinero a mi mamá. Para que no sintiera que era un regalo, ella le encomendaba algunas tareas de jardinería que siempre hizo mal, pero que le sirvieron para recibir algunas monedas que pronto cambiaba por licor barato.
La última vez que vi a mi amigo Francisco Javier Millar yo tenía 26. Cuando se acercó no lo reconocí. Vestía harapos y lucía una barba larga. Su aspecto asustó a mi hijo mayor, de seis años. Cuando le conté que ese señor era un antiguo compañero de colegio, no me creyó.
Millar me saludó feliz, sonriendo, insistente. Vivía en la más absoluta miseria, de la caridad. Pedía limosna junto al terminal de buses, frente a la estación de trenes. Bajo ese rostro sucio aún estaba nuestro lateral izquierdo.
Con memoria infalible me preguntó por los muchachos. Se acordaba de todos, sin distinción. Conocía sus destinos. En algunos casos estaba más enterado que yo. No pude disimular mi rostro desencajado al ver a mi amigo convertido en un pordiosero. No pudo escapar a un guion que parecía escrito de antemano. Me sentí culpable y se lo dije.
-Millar. Perdona si alguna vez se nos pasó la mano con las burlas. En serio.
Me miró sereno. Agregó un par de segundos de silencio.
-No te preocupes Arcos. Nunca fui tan feliz como en ese tiempo. Ustedes fueron mis únicos amigos.
Nos despedimos, sin abrazos, con premura. Me subí al auto de mi padre. Antes de partir sentí que Millar golpeaba mi ventaba. Bajé el vidrio.
-Oye. Nos podríamos jugar una pichanguita un día de estos-, me dijo.
-Seguro-, contesté.
Pocos meses después me enteré que había muerto en plena vía pública como un indigente. No supe si fue un infarto, un severo daño hepático, el crudo frío del invierno o simplemente falleció de pena. Ni siquiera sé dónde está enterrado. Ninguno de nosotros asistió a su funeral porque nos enteramos de su partida semanas más tarde.
Millar fue nuestro héroe en ese empate 3-3. Lo que para muchos es apenas una anécdota, un partido entre miles, para él fue la única hazaña de su vida. Recordaba ese zurdazo goleador en cada conversación que teníamos.
Este libro reúne historias de héroes. Pero no esos que todo el mundo conoce y admira, sino otros. Los que convivieron con la fama por algunas horas, unos pocos días, unas cuantas semanas y siguieron su camino. Los protagonistas de este libro transitaron con fuerza, pero sin las luces ni la fama. La gloria, para ellos, fue como un destello, un pestañeo, una luz que vacila. Historias de hombres a cara limpia y descubierta, que no bajan la vista. Reconocen errores y penurias. Dueños de una capacidad única para jamás rendirse y darle una vuelta al destino. Encontrarán personajes que no culpan al resto de sus errores.
Estos son héroes cuya historia merece ser contada. Para que no queden deudas pendientes como la que mantengo con mi amigo Francisco Javier Millar. Nunca jugamos esa pichanga que me pidió, desaliñado, andrajoso, soñando con ser feliz otra vez.
Este libro es para ti amigo mío, dónde quiera que estés.
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