lunes, 25 de junio de 2018
Héroes (prólogo)
La vida de mi amigo Francisco Javier Millar era una mierda. Sé que suena duro. Cruel. Honestamente brutal. Pero es la pura y santa verdad.
Lo conocí el primer día de clases del Quinto Año Básico en la Escuela E-15 de Curicó. “La ratonera”, le decían en las escuelas cercanas. La llamaban así porque era un colegio muy pequeño. Contaba con ocho salas de clases, formando un cuadrado perfecto. En el medio estaba la cancha que nos servía para jugar fútbol, básquetbol, hándbol, al pillarse, al sol, al luche o a las bolitas. Un verdadero patio multiuso. La cancha era nuestro sitio de inevitable encuentro. No había forma de pasar desapercibido en la escuela. Los tímidos no teníamos forma de escapar.
Tenía 11 años cuando conocí a Millar. Él tenía 16. Había repetido de curso cinco veces. No había manera que pasara. Los profesores decidieron tomar medidas extremas. A partir de ese año lo calificarían con nota 4.0 en todas las pruebas o trabajos que rindiera. Ni siquiera los revisaban. Querían deshacerse pronto de él y no podían expulsarlo. El único modo era que egresara y elaboraron esta estrategia. Su mamá había rogado clemencia. En ninguna otra institución lo aceptarían con sus antecedentes académicos.
Mi amigo Millar no tenía un retardo mental. Simplemente el colegio no se le daba. No podía estudiar. Su cabeza no alojaba ningún conocimiento. Todo le costaba. Y a esa altura se había rendido. Ya no luchaba con su condición. Aceptó sin miramientos el acuerdo de los profesores. Con el 7.0 que se sacaba siempre en educación física le alcanzaría para pasar de curso y egresar de la Educación Básica a los 19 años.
Y así fue.
Millar no tenía amigos. Nadie se juntaba con él. No era particularmente simpático. Le costaba mantener una conversación muy extensa. Pero nosotros lo aceptamos. Formábamos un grupo de amigos con un solo denominador común. La pelota. El amor infinito e indescifrable por el balón. Hacerlo rodar todos los días, a toda hora, sin importar horario, condiciones climáticas, afecciones. La única fidelidad que manteníamos era con el balón, con esas pichangas del recreo que después trasladábamos a la primera cancha que encontrábamos disponible. De pasto, tierra, cemento, baldosa, maicillo, arena. Cualquier superficie servía con tal de armar un partido en el que se nos iba la vida.
Millar llegó un día a mirar mientras jugábamos, sin que nadie lo invitara. Se mantuvo atento junto a la línea esperando que alguno de nosotros dijera las palabras mágicas que todo amante del fútbol desea escuchar.
-Oye, ¿Quieres jugar?
Cuando se lo dije, ingresó feliz. Nunca fue un gran jugador. No era un dechado en virtudes. Discreto control de balón. Técnica irregular. Escasa visión panorámica. Débil en la marca. Pero tenía dos características que escaseaban en nuestro plantel: era zurdo neto y extremadamente rápido. Su velocidad era insuperable para cualquiera de nosotros. Cuando comenzaba a correr, a extrema ligereza, no había forma de frenarlo. El problema es que él tampoco sabía detenerse. Muchas veces partía disparado, raudo, hasta que la línea de sentencia le indicaba que la cancha le había quedado estrecha.
Nuestro equipo presentaba jugadores con rasgos variopintos. El Pepe, mi hermano, destacaba por su infalible juego aéreo. Rolando era un goleador de sangre fría. Amo y señor de la segunda pelota. Maldonado salía jugando desde el fondo. Pisaba la pelota con piruetas tan acrobáticas como poco efectivas. El Negro González era voluntarioso, muy rápido, ágil, potente. Su único problema es que el fútbol se jugaba con una pelota y él no sabía cómo tratarla. Le pegaba con fuerza cuando había que acariciarla. El Chito Navarro jugaba bien. Era grandote, zurdo, de buena pegada y pase preciso. Pese a su estatura, esquivaba los cabezazos. Jean Paul era el otro espigado del plantel. También era rápido, pero a veces sobregirado. Con él construimos el gol más bello que aún se recuerda en la cancha de la población Portales. Yo gozaba el fútbol dando pases. Mi placer estaba en ceder una asistencia para que un compañero mejor ubicado convirtiera. En ese gol controlé la pelota que venía muy alta. La anestesié, dejándola dormida junto a mi empeine derecho. Esquivé el Negro González que salió feroz a mi encuentro. La velocidad no estaba entre mis atributos. La habilidad, menos. La técnica atenuaba mis carencias. Eso me permitió asegurar una camiseta en el equipo titular. De reojo vi a Jean Paul corriendo por el costado derecho, marcando la opción de pase. Antes que llegara otro marcador a presionarme, lancé la bola, con una cucharita, directo a mi compañero, quien la tomó de volea y rompió el arco con un derechazo. Hasta los rivales nos aplaudieron.
Incluimos a Millar como lateral izquierdo. Cumplía su rol a cabalidad. Siempre jugaba con la misma ropa. Jamás lo vi con un atuendo distinto, aparte del uniforme escolar. Un pantalón grueso de cotelé, color café. Camisa de franela y un felpudo chaleco verde. Invierno o verano. Mañana o tarde, Millar siempre se vistió igual. Eso provocaba que su cuerpo expeliera un olor fétido, nauseabundo, que se impregnaba apenas te acercabas. Nos reíamos de su pestilencia con cierto disimulo. Después no camuflábamos, lo hacíamos con descaro. Millar respondía sólo con una mueca y seguía jugando.
Una vez enfrentamos a un equipo de la población Santa Fe. Mi papá, profesor de Estado pero también árbitro de vocación, consiguió que jugáramos en la cancha central del estadio ANFA, en las afueras de Curicó. Él sería el encargado de administrar justicia.
Tuvimos que conseguir un par de refuerzos para completar los once. Pese a que nadie me nominó como tal, asumí el rol de capitán del equipo y entrenador de la escuadra. Armar la formación titular era simple. Llegamos justo once. Era cosa de ordenarlos un poco en la cancha.
Convertí el primero. Tomé un rebote a la salida del área y le pegué de izquierda, mi pierna menos hábil. El remate ajustado se coló en la esquina del pórtico sur. Pronto nos empataron. Después se pusieron 2-1 arriba. En el arranque del segundo tiempo nos marcaron el tercero.
Mi papá siempre fue un árbitro justo. Pero, antes que todo, era un buen padre. Empezó a cobrar faltas inexistentes a favor nuestro. Amonestó a la mitad del equipo contrario. Le decía a nuestros defensores cuando avanzar las líneas y dejar a los adversarios en posición adelantada.
En una confusa maniobra Rolando marcó el 3-2. Cuando el partido estaba por terminar, Millar tomó la pelota en campo propio. Avanzó sin que nadie lo marcara. Adquirió velocidad. Cuando la retaguardia intentó detenerlo, ya era demasiado tarde. Mi amigo Francisco Javier Millar, el zurdo, el hediondo, el del suéter verde, iba lanzado. Entró al área y antes que reaccionara el arquero, definió con un toque sutil, borde externo, pegado al palo derecho.
Lo gritamos con todo. Olvidamos el hedor que brotaba de su cuerpo y nos lanzamos sobre él formando una pirámide humana con Millar en la base.
Apenas terminamos el festejo y quizás temiendo que el empate se nos escapara, mi papá pitó el final del pleito.
Maldonado fue a felicitar a Millar efusivamente.
-Grande Millar. Que golazo te mandaste-, le dijo mientras palmoteaba su grasienta espalda.
-Como los delanteros no servían, tuve que irme arriba y arreglar esto. No podíamos perder-, contestó con una sonrisa limpia y natural.
Juro que ese día vi feliz a mi amigo Francisco Javier Millar. Como nunca antes. Como nunca después.
Su vida se fue al barranco cuando terminó el colegio. Nuestra escuela sólo impartía educación básica. Terminado el octavo grado debíamos buscar otro establecimiento. Muchas alternativas no existían en ese tiempo. O te ibas a una institución privada, que mis padres no podían pagar o te ibas al Liceo.
Nos fuimos todos. La mayoría al Liceo, como yo. Nuestra historia terminó bien. Soy periodista. Mi hermano es fotógrafo. Rolando es abogado. El Negro González un reconocido agrónomo de la zona. El Chito Navarro es Ingeniero. Jean Paul trabaja en educación. Maldonado es profesor, novelista y poeta. Al mismo tiempo que se nos abría el mundo, a mi amigo Francisco Javier Millar se le cerró la única ventana de felicidad que tuvo alguna vez.
Su padre tenía una reparadora de calzado, pero nunca se hizo realmente cargo de su hijo. Jamás lo vi. Millar vivía con su madre y hermana, ambas con severos problemas siquiátricos. Cuando terminó la escuela comenzó a buscar trabajo, en cualquier cosa. Las ofició en una barraca. Duró poco. Postuló al servicio militar. Fue rechazado. Intentó laburar como auxiliar en un colegio. Fue despedido. Trató, pero las negativas fueron minando su optimismo.
Nos fuimos a estudiar en diferentes ciudades. Santiago, Talca, Chillán, Valparaíso, Temuco. Las pichangas desaparecieron. Millar se quedó sólo, sin nadie con quien jugar. Quizás por esa soledad o por su atormentado destino, se enredó pronto en las adicciones. Las drogas y sobre todo el alcohol, pasaron a dominarlo. De vez en cuando iba a mi casa, sabiendo que yo no estaba, a pedirle dinero a mi mamá. Para que no sintiera que era un regalo, ella le encomendaba algunas tareas de jardinería que siempre hizo mal, pero que le sirvieron para recibir algunas monedas que pronto cambiaba por licor barato.
La última vez que vi a mi amigo Francisco Javier Millar yo tenía 26. Cuando se acercó no lo reconocí. Vestía harapos y lucía una barba larga. Su aspecto asustó a mi hijo mayor, de seis años. Cuando le conté que ese señor era un antiguo compañero de colegio, no me creyó.
Millar me saludó feliz, sonriendo, insistente. Vivía en la más absoluta miseria, de la caridad. Pedía limosna junto al terminal de buses, frente a la estación de trenes. Bajo ese rostro sucio aún estaba nuestro lateral izquierdo.
Con memoria infalible me preguntó por los muchachos. Se acordaba de todos, sin distinción. Conocía sus destinos. En algunos casos estaba más enterado que yo. No pude disimular mi rostro desencajado al ver a mi amigo convertido en un pordiosero. No pudo escapar a un guion que parecía escrito de antemano. Me sentí culpable y se lo dije.
-Millar. Perdona si alguna vez se nos pasó la mano con las burlas. En serio.
Me miró sereno. Agregó un par de segundos de silencio.
-No te preocupes Arcos. Nunca fui tan feliz como en ese tiempo. Ustedes fueron mis únicos amigos.
Nos despedimos, sin abrazos, con premura. Me subí al auto de mi padre. Antes de partir sentí que Millar golpeaba mi ventaba. Bajé el vidrio.
-Oye. Nos podríamos jugar una pichanguita un día de estos-, me dijo.
-Seguro-, contesté.
Pocos meses después me enteré que había muerto en plena vía pública como un indigente. No supe si fue un infarto, un severo daño hepático, el crudo frío del invierno o simplemente falleció de pena. Ni siquiera sé dónde está enterrado. Ninguno de nosotros asistió a su funeral porque nos enteramos de su partida semanas más tarde.
Millar fue nuestro héroe en ese empate 3-3. Lo que para muchos es apenas una anécdota, un partido entre miles, para él fue la única hazaña de su vida. Recordaba ese zurdazo goleador en cada conversación que teníamos.
Este libro reúne historias de héroes. Pero no esos que todo el mundo conoce y admira, sino otros. Los que convivieron con la fama por algunas horas, unos pocos días, unas cuantas semanas y siguieron su camino. Los protagonistas de este libro transitaron con fuerza, pero sin las luces ni la fama. La gloria, para ellos, fue como un destello, un pestañeo, una luz que vacila. Historias de hombres a cara limpia y descubierta, que no bajan la vista. Reconocen errores y penurias. Dueños de una capacidad única para jamás rendirse y darle una vuelta al destino. Encontrarán personajes que no culpan al resto de sus errores.
Estos son héroes cuya historia merece ser contada. Para que no queden deudas pendientes como la que mantengo con mi amigo Francisco Javier Millar. Nunca jugamos esa pichanga que me pidió, desaliñado, andrajoso, soñando con ser feliz otra vez.
Este libro es para ti amigo mío, dónde quiera que estés.
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